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Hoy hablaré de una trilogía muy hermosa, tres películas que enamoran. Con el tiempo, se siente añoranza del cine que hacía Krzysztof Kieslowski (1941-1996), un director y guionista polaco lúcido y lírico a la vez que desasosegante. Añoro las atmósferas que creaba, su carnalidad y su espiritualidad.
Me referiré a los Tres colores: Azul (1993), Blanco (1994) y Rojo (1994)
TRES COLORES: AZUL (1993). Un fatal accidente de tráfico se produce al comienzo de la película. Julie (Juliette Binoche) pierde a su marido Patrice, un prestigioso compositor, y a su hija Anna de cinco años. Cuando se recupera, absolutamente hundida, decide comenzar una nueva vida en solitario, independiente y anónima, lejos de los privilegios que disfrutaba.
El ayudante de su esposo, Olivier (Benoit Regent), intenta verla, sacarla de su aislamiento, está enamorado de ella desde hace años. Finalmente, acabará convenciéndola para que termine el «Concierto para Europa», una ambiciosa obra de Patrice que quedó inconclusa.
En "Azul", de Kieslowski, la rehabilitación del espíritu humano tras una dolorosa tragedia adquiere una dimensión estética impresionante. Esta producción polaco-francesa, cuenta la historia de una mujer rota que ha perdido a su familia y sus ganas de vivir. Hace el filme, un despliegue espectral azul frío, escalofriante y hermoso.

Después de tamañas pérdidas, Julie intenta superar el trauma yéndose a un barrio parisino, sola. En su nuevo apartamento evita el contacto con sus conocidos y el estilo de vida acomodado anterior. Pero su búsqueda solo la lleva a encontrar nuevas dificultades, como vecinos indeseables, ratones y revelaciones impactantes sobre su difunto esposo.
También es pretendida por Olivier, el asistente musical de su marido, quien, además de amarla, quiere completar el concierto inconcluso dedicado a la unificación de Europa, del esposo. Julie acaba comprendiendo que su pasado es ineludible y que volver a aceptar las incertidumbres de la vida es, en sí mismo, una forma de libertad.
Emocionalmente, "Azul" es una experiencia sombría. Julie, aún hospitalizada recuperándose del accidente, intenta suicidarse y luego se sumerge en un duelo gélido y flotante.

Pero Kieslowski, el director de fotografía Slawomir Idziak, el diseñador de producción Claude Lenoir y el compositor Zbigniew Preisner impregnan la desgarradora atmósfera con una rapsodia estilística. Y el sufrimiento humano se transforma en una belleza abstracta.
«Azul», la primera de una trilogía inspirada en las franjas azul (libertad), blanca (igualdad) y roja (fraternidad) de la bandera francesa, es una sinfonía de significados codificados por colores.
Hay significado en los brillantes cristales azules que cuelgan de una lámpara en el apartamento de Julie. Hay una dimensión conmovedora en el agua azulada de la piscina en la que se sumerge con frecuencia.

A primera vista, los proyectos de Kieslowski parecen formidablemente ambiciosos, incluso pretenciosos. Su "Decálogo", una impresionante serie de 10 episodios para la televisión polaca aplicó los Diez Mandamientos a la vida moderna en Europa del Este.
Pero las películas de Kieslowski nunca son tan elitistas. Profundizan en la experiencia humana. "Azul" es sin duda un espectáculo para los estetas, pero su mayor virtud es Juliette Binoche, una actriz que está en el centro de todo. Dolorosa, hermosa y casi sin palabras, su presencia sostiene la película tanto como el ingenioso diseño de Kieslowski.
Sin ella, y sin su historia, "Azul" sería apenas un color más. Pero el resultado Kieslowski-Binoche es una auténtica, hermosa, intensa e inolvidable obra cinematográfica.
TRES COLORES: BLANCO (1994). «Blanco» es la segunda película de Kieslowski de la trilogía que incluyó «Azul» un año antes y a la que seguirá «Rojo», según el orden de estos comentarios. Una prueba más de la maestría poética del director polaco.
Como todas sus obras, «Blanco» articula un lenguaje de sensaciones, imágenes, ironía y misterio, e intriga con un mínimo de diálogos y un máximo de detalles y elementos que nos van llevando de la mano por la trama.
No se trata de un ejercicio abstracto y elitista. La película es sobre el peluquero Karol (Zbigniew Zamachowski), un polaco expatriado en París que lo ha perdido todo, película que rebosa humanidad y sentimientos.
Después de seis meses de matrimonio con la bella y taciturna Dominique (Julie Delpy), el peluquero Karol se enfrenta a un juicio por divorcio devastador. El testimonio judicial revela que no ha podido consumar el matrimonio.

Aunque la mayor parte de la película transcurre en Varsovia, comienza en un juzgado de París donde la cruel y bella francesa Dominique ultima el divorcio de su torpe marido polaco Karol, pues según ella su no se consumó.
Karol, que regenta una peluquería con su esposa, apenas sabe francés y necesita un intérprete. En un solo día, pierde a su esposa, su casa, su tarjeta de crédito y su negocio. Esto marcará su caída en desgracia. Dominique, con el respaldo de la justicia, le quita su dinero, su coche y su negocio.
En un punto en que Karol intenta dormir en el suelo de su antiguo salón, Dominique, completamente indiferente a su situación, prende fuego al local y declara a la policía que ha sido Karol el causante del incendio.
Convertido ahora en un fugitivo sin pasaporte, Karol toca un kazoo, un peine con un papel, tipo membranófono, improvisando en el metro para ganarse la vida. Al reconocer la canción polaca que toca, su compatriota Mikolaj (Janusz Gajos) se hace amigo suyo.

Karol recibirá una oferta de su compatriota Mikolaj para asesinar a un polaco anónimo. Karol se niega, pero ambos entablan amistad y Mikolaj accede a llevarlo de vuelta a casa como equipaje facturado, toda una epopeya que acaba más-menos bien.
Pasada una increíble llegada en la maleta robada por unos corruptos maleteros, Karol tiene una desagradable primera impresión de la nueva Polonia, donde todo se puede comprar y vender. Regresa a la peluquería, atendida por su hermano Jurek (Jerzy Stuhr), y, gracias a una mezcla de suerte y determinación, se convierte en un hombre rico y adinerado.
Después de sus propias maniobras turbias, Karol se enriquece comprando terrenos destinados a la implantación de IKEA. Ahora, con una posición económica acomodada, planea una elaborada venganza contra Dominique: fingirá su muerte y la inculpará de su asesinato. Pero cuando la francesa derrama lágrimas sinceras en su "funeral", Karol se lo piensa dos veces.
La excelente interpretación de Zbigniew Zamachowski da vida a una ingeniosa historia de superación personal y venganza, teñida de un amor inquebrantable. La fotografía y el montaje son excelentes, al igual que la banda sonora de Zbigniew Preisner.

Puede parecer un thriller, pero "Blanco" es sobre todo un enigma dramático: una tragicomedia plagada de preguntas explícitas, pero con respuestas implícitas. Nos preguntamos por qué estos personajes hacen lo que hacen; qué significado tienen ciertos gestos; por qué Karol era impotente en París. En cuanto al final, es conmovedor y desconcertante: algo se comunica entre Dominique y Karol, pero ¿qué fue ello?
Estos misterios no dejan frustrado al espectador, más bien son intrigantes. Las películas de Kieslowski están hechas para ser vistas de forma instintiva. Para ser escuchadas con los ojos.
TRES COLORES: ROJO (1994). Comienza la película con Auguste (Jean-Pierre Lorit), estudiante de derecho suizo y futuro juez, marcando un número de teléfono. La cámara se adentra entonces en las entrañas de la red telefónica, solo para encontrarse con una señal de ocupado.
Mientras tanto, Auguste vive enfrente de la modelo Valentine (Irene Jacob), quien se comunica por teléfono, a veces de forma un tanto torpe, con su novio en Inglaterra.
Auguste está enamorado de Karin (Frederique Feder), quien dirige un "servicio meteorológico personalizado" que ofrece pronósticos a medida por teléfono. Auguste y Valentine se cruzan innumerables veces, pero nunca se han percatado de su presencia.
En «Rojo» está, igualmente, la historia bellamente narrada e interpretada sobre el encuentro decisivo de una joven modelo con un juez jubilado, que es otra variación ingeniosa y conmovedora del tema recurrente de Krzysztof Kieslowski: que las personas están interconectadas de maneras que apenas pueden comprender.

El gran director captura personajes y situaciones de sus dos filmes anteriores y los incorpora en su película de cierre, sin perder ésta su autonomía, dando un sentido más completo e interesante a la trilogía.
La actriz Irène Jacob encarna a Valentine, una mujer de Ginebra que atropella con el coche a un perro de raza golden retriever. Lo cuida hasta que se recupera y se lo devuelve a su dueño, un juez jubilado (Jean-Louis Trintignant), quien le dice que puede quedárselo, que a él ya no le interesan los perros.
El señor pasa sus días interceptando las llamadas telefónicas de sus vecinos y los observa desde su ventana. Tras toda una vida dictando sentencias, quiere ahora ser un observador imparcial.
De joven, este juez estuvo enamorado, perdió ese amor y desde entonces vive en la incertidumbre. Casi acaricia sus heridas emocionales. Aunque al principio rechaza a Valentine con brusquedad, poco a poco comienza a contarle su historia.
Hay un momento en que Valentine se inclina para escuchar con tanta atención y compasión que parece que está rezando. Gradualmente descubrimos que la historia del juez y su amor perdido revela paralelismos con la historia de Valentine y su amante, siempre ausente, y con la vida de un joven estudiante de derecho que vive frente a su apartamento, un estudiante al que nunca ha conocido.

En otra línea temporal, en un universo paralelo, el juez y Valentine podrían haberse enamorado. Solo les faltaron unos 40 años para tener la misma edad. Aunque en realidad, no parece que haya sido una diferencia tan grande.
Aunque no se menciona de manera explícita, está la posibilidad de que el juez, empeñado en estudiar la vida de sus vecinos sin involucrarse, sirva de catalizador para que Valentine y el joven que vive frente a ella, contacten.
Joven que podría haber sido él, o, tratándose de Kieslowski, podría ser también él mismo, con sus líneas temporales ligeramente superpuestas. Pues nuestro director era un genio que siempre hizo películas sobre personajes con opciones. La mayoría de las películas parten de la premisa implícita de que sus personajes están definidos y limitados por sus historias.

La banda sonora de Zbigniew Preisner, realzada por unas voces sublimes, resulta una excelente aliada a lo largo de toda la película. El filme cuenta con el apoyo de un soporte técnico excepcional.
«Kieslowski amaba profundamente a sus personajes y nos invita a una conmovedora reflexión sobre nuestras limitaciones y nuestra capacidad de trascendencia», afirma el cinéfilo Insdorf, y eso se percibe en la ternura de cada fotograma.
El viejo juez de esta obra es duro y desdeñoso, pero tratar a Valentine con tanta crueldad le duele, no le divierte. Lo vemos, como a otros personajes de Kieslowski, nadando hacia arriba a través de una vida asfixiante, con la esperanza de flotar en algún lugar.
Tras finalizar esta cinta Kieslowski anunció su retiro. No se trataba de un hombre cansado, pero se contentaba con dejar de lado su arte para «leer y fumar». Falleció dos años después, con tan solo 56 años.
Recopilando
En la trilogía, «Azul» es la anti-tragedia, «Blanco» la anti comedia y «Rojo» la anti romanticidad. Las tres películas nos atrapan con un interés narrativo inmediato.
Son metafísicas a través del ejemplo, no de la teoría: Kieslowski cuenta la parábola, pero no predica la lección.
De manera esquiva, utilizando un simbolismo que parece útil, «Azul», «Blanco» y «Rojo» representan los tres colores de la bandera francesa: libertad, igualdad y fraternidad.

Juliette Binoche, en «Azul», tiene la libertad, tras la pérdida de su esposo e hijo, de rehacer su vida, o no hacerlo en absoluto. Zbigniew Zamachowski, en «Blanco», es abandonado por su esposa (Julie Delpy) y de vuelta en Polonia, quiere ganar millones para poder ser su igual y vengarse. Valentine y el viejo juez en «Rojo» comparten una fraternidad de almas que trasciende las barreras del tiempo y el género, aprecian lo que pudo haber sido.
Un vínculo entre las tres películas lo establece la breve escena de una anciana intentando depositar una botella en un contenedor de reciclaje en la calle. La ranura está alta para que la alcance.
Kieslowski:











