Nuestro chicharrón tiene sus peculiaridades. Se aleja de esa carne mechada que los sevillanos se empeñan en llamar auténtico chicharrón de Cádiz, pero que nada tiene que ver con esos pedacitos mantecosos que aquí nos comemos.

Lo mejor es que, ya sea en frío o en caliente, con un cacho de chusco recién hecho que absorba y derrita parte de su manteca, resulta un auténtico placer. Notar cómo los dientes se hunden suavemente en la pringue hasta alcanzar lo cucurrúo es una auténtica maravilla. Pero, como todo en la vida, el abuso puede resultar empalagoso y cansino.

Da igual acompañarlo con cerveza, fino o un buen oloroso. Cuando llevas varios —y el problema es que no puedes parar—, notas cómo toda la grasa se apodera de ti. Es como estar poseído de gratas y portuenses maneras, hasta que acabas ahíto y cansado.



Y eso mismo pasa con algunos portuenses. Sus afilados dardos, esas cansinas ocurrencias, la queja constante, la enfermiza obsesión por su ley y su orden, el anhelo del silencio y su paz, adobado todo con la continua queja del maltrato contra turistas y terrazas… son como nuestros chicharrones.

Para los que gustan tanto de una cosa como de la otra, cuando llevan muchos y se han deleitado con el «ahí, ahí… muy bien dicho», hundiendo sus estultas mentes en la manteca del morbo, comienzan a cansarse. A veces, ni la cerveza fresquita, ni el fino, ni el oloroso les hacen digerir los zurullos, y terminan hartos del cansino morbo quejumbroso y amargado que les gusta más que los chicharrones calentitos.

Todo en la vida cansa, hasta el kilo de chicharrones recién hecho. Y, como no podía ser menos, el amargado cansino portuense… cansa, y mucho.

Cansa que nos recuerde que vivimos rodeados de mierda, encerrados en casa porque las calles están tomadas por turistas borrachos, andando con cautela porque en cualquier momento una casa nos dejará aplastados como ratas en el asfalto. Cansa que nos recuerden que los conciertos son insoportables, los chiringuitos insufribles y los locales de ocio antros viciosos y depravados; que los ninis son un peligro; que los cayetanos —aunque lleven una camisa comprada al Jhony en la Placilla por cinco euros— son la cuarta plaga de Egipto; que las jóvenes son todas unas borrachas; los turistas, despreciables; y los alquileres turísticos, el fin del mundo.

Pero todo tiene solución, y esa puede ser que se compren un papelón, gordo, de chicharrones y un chusco calentito; se sienten al sol, en la Puntilla, a las tres de la tarde; se amanceben con la mezcla hasta hartarse de chicharrones, acompañados de su correspondiente bebida alcohólica o no alcohólica —no hay que ser tampoco cruel— y, tras eso y la siesta de rigor… seguro que ven la ciudad y su entorno de manera más mantecosa.

Ojo: no vale hacerlo con chicharrones de Cádiz.