Los manuales de Derecho romano enseñan que la potestas reside en quien ostenta el cargo y la auctoritas, en quien se ha ganado el respeto. En los toros y, en concreto, en la Plaza Real ocurre algo más entretenido. El presidente conserva toda la potestas: el palco, el pañuelo y el reglamento. Y se supone que la auctoritas la ostenta el equipo veterinario de la plaza. Aunque también podemos afirmar que la verdadera auctoritas reside en Morante de la Puebla. El presidente puede decidir cuántas orejas se cortan; Morante decide cuántas tardes merecen ser recordadas.

Dicen que el reconocimiento veterinario previo a las corridas de toros es una de las grandes garantías de la Fiesta. Y seguramente lo sea, aunque el aficionado, el verdadero aficionado y no el de modas sobrevenidas, acaba sorprendiéndose cuando la corrida llega al ruedo exactamente igual que salió de la finca, sin que el menor debate parezca haber alterado el criterio inicial. Es el diagnóstico unánime en un país donde dos médicos rara vez coinciden o donde tres abogados encuentran cinco interpretaciones distintas.

No es de extrañar, por tanto, que los veterinarios salieran de la plaza con toda la potestas intacta, porque el cargo nadie se lo discute. La auctoritas, en cambio, se quedó tendida sobre la arena al mismo tiempo que, durante la faena al cuarto de la tarde, resonaba desde el tendido un lacónico: «¡Morante, dale el biberón!». Hay ocasiones en las que una plaza entera redacta un informe técnico con solo cinco palabras. Ayer no hizo falta leer el acta del reconocimiento; bastó escuchar al tendido. Allí estaba, resumido con la crueldad castiza del aficionado, todo cuanto el palco, los corrales y los despachos habían preferido no advertir.

Ayer volvió a colgarse el cartel de «No hay billetes» en la Plaza Real. Otro más en lo que llevamos de ciclo, y otro más se ha colgado para hoy. El Puerto está viviendo un verano taurino en el que obtener un boleto empieza a resultar más complicado que encontrar un toro encastado. La empresa, naturalmente, puede sacar pecho. Cuatro llenos tienen mucho mérito. Otra cosa es que cuatro llenos equivalgan a cuatro grandes corridas, silogismo que algunos parecen dispuestos a defender incluso ante notario.

Se lidiaron toros de El Freixo, propiedad de Julián López «El Juli». La corrida fue desigual y, por momentos, desesperantemente desrazada. Noble, sí, porque hoy la nobleza se ha convertido en una especie de certificado ISO del toro comercial. Pero nobleza sin fuerza, sin fondo y sin emoción termina pareciéndose demasiado a la buena educación: se agradece mucho en una cena, pero sirve de poco cuando lo que uno ha pagado es una corrida de toros.

Morante de la Puebla tuvo una actuación aseada. Dejó detalles de esa tauromaquia que parece revivida de otro tiempo. El primero de la tarde tenía las fuerzas justas y se apagó pronto, pero Morante consiguió extraer algunos muletazos con su sello. Lo liquidó de estocada trasera y desprendida, y quien se supone que tiene la potestas no tardó en conceder una orejita de esas que solo valen para contentar al chiquillo de turno cuando el torero la lanza al tendido durante la vuelta al ruedo.

El cuarto fue poca cosa. El toro fue ligeramente protestado de salida porque, como ya se sabe, el público se lo traga todo, y la banda, tan asidua a innovar en sus piezas musicales, en vez de tocar un pasodoble bien pudo interpretar una nana, dada la escasa presencia del toro. Morante salió arrebatado, incluso con largas a una mano junto a la barrera, pero el animal no tenía fondo alguno. Hubo detalles porque Morante es capaz de encontrarlos donde otros apenas encuentran toro. Después llegaron la espada, el descabello y la ovación. Y a esperar al día de hoy, ya que Morante este año se ha empadronado en la plaza.

José María Manzanares se topó con el peor lote. Su primer oponente se rajó pronto y buscó deliberadamente las tablas al remate de las pocas series que pudo interpretar. Hizo todo lo posible por mantenerlo en la muleta, pero aquello no llegó a adquirir la mínima temperatura necesaria para cortar una oreja en El Puerto. Estocada recibiendo al segundo intento y descabello para despenar al astado de El Freixo.



En el quinto ocurrió algo más sencillo: no había toro. Manzanares probó por ambos pitones hasta que el respetable comenzó a pedirle que abreviara. Y llevaba razón. Hay faenas que terminan cuando muere el toro y otras que deberían terminar bastante antes. El público le obsequió con una cariñosa ovación que hizo saludar al torero desde el tercio. Y fue en ese momento cuando el matador alicantino corrió la mano con suavidad en la muñeca, acompasando el gesto. Lástima que semejante lentitud y temple no se dieran en ninguna de sus dos faenas.

Y entonces apareció Daniel Crespo, el torero portuense que sigue aporreando la puerta de los despachos, en manos de cuatro grandes casas que intercambian cromos como en las famosas quedadas de Panini. El torero de El Puerto, porque así se puede afirmar, recibió al tercero con categoría. Hubo tijerillas, verónicas, gaoneras y, después, una faena muy seria, asentada, de torero hecho y poderoso. Sin aspavientos ni alharacas. Sin necesidad de explicar al público lo que estaba haciendo ante el toro. Simplemente se puso delante y toreó. Que parece poco, pero últimamente esto empieza a ser revolucionario.

El tercero fue el mejor toro de la tarde y Crespo lo aprovechó. Toreó con mucha firmeza, bajó la mano, templó, mandó y sometió cuando había que someter. Remató con unas bernadinas muy ajustadas y, aunque la espada cayó baja, el público pidió con fuerza las dos orejas. No hay que dejar de mencionar el buen puyazo de Espartaco, algo en desuso en la Fiesta actual.

Daniel Crespo de espaldas saliendo por la puerta grande.

Con la Puerta Grande asegurada, Crespo podría haber levantado el pie del acelerador en el sexto, pero su ambición le impidió relajarse. El toro tuvo movilidad, aunque no terminaba siempre los viajes. Crespo volvió a llamar a la puerta. Inició de hinojos en los medios y dejó naturales de buen trazo y belleza. Hubo menos conexión que en el tercero, pero quizá más mérito por las dificultades que presentaba el de El Freixo. Pinchazo y estocada, y sexta Puerta Grande consecutiva para el torero portuense en su plaza.

Crespo pide sitio y ahora corresponde a quienes confeccionan las ferias decidir si lo han oído. Aunque muchos no lo vieron porque hubo «aficionados» que, cuando rodó el cuarto, cogieron las de Villadiego.

El Freixo no fue la corrida que algunos titulares necesitarán convertir hoy en «importante», «seria» o cualquiera de esos adjetivos que se guardan en el cajón de las crónicas para cuando los sustantivos no alcanzan. Fue una corrida desigual, noble y de escasa raza, con toros que ofrecieron posibilidades y otros que apenas permitieron construir nada. Y por eso el triunfo de Crespo adquiere mayor interés. No triunfó porque la corrida saliera de vacas de carreta. Triunfó porque aprovechó lo aprovechable y se impuso a lo que había.

Los romanos distinguían entre potestas y auctoritas. Ayer, la potestas del cartel la monopolizaban Morante y Manzanares, porque así lo dictan el escalafón y la taquilla. Pero la auctoritas de la corrida acabó ejerciéndola Daniel Crespo. Sin proclamas, sin campañas de promoción y sin necesidad de recordarle a nadie quién era.

Es una autoridad que no se imprime en los carteles, sino que se escribe con la muleta. Y esa, a diferencia de la otra, no admite nombramientos: únicamente la refrenda el toro y la ratifica el público. La auctoritas, que nunca entiende de escalafones, decidió mudarse de sitio.

FICHA DEL FESTEJO

Toros de El Freixo. Desiguales de presentación y juego. Nobles en general. El cuarto, un novillito rematado. No hay billetes.

MORANTE DE LA PUEBLA: Oreja; ovación tras aviso.

MANZANARES: Ovación tras aviso; ovación tras aviso.

PABLO AGUADO: Dos orejas; oreja.