Había cartel de «No hay billetes». El personal acudió vestido como para una boda y dispuesto a emocionarse antes incluso de que sonaran los clarines, aunque alguno sacó la guayabera colgada en aquel viejo ropero, con olor a naftalina y a rancio. Morante llegaba con la mano vendada; Talavante, con el crédito de sus grandes tardes; y Juan Ortega, con ese aire de pintor renacentista que parece pedir permiso hasta para coger el capote. Pero qué poquito transmite el buen torero sevillano. El escenario estaba servido. Solo faltaba que los toros quisieran discutir el guion.

Y no. Los Álvaro Núñez, debutantes en la Plaza Real, salieron con una nobleza tan exquisita que, por momentos, parecía que habían confundido la dehesa con una escuela de protocolo. Hubo calidad, clase y largura; también una alarmante ausencia de ese pequeño defecto llamado casta, que suele convertir el toreo en una profesión de riesgo, en un espectáculo incierto y emocionante, y no en una exhibición de bellas artes. Porque una cosa es embestir bien y otra muy distinta embestir demasiado de acuerdo con el torero. Ese es el toro que buscan los actuales ganaderos: el colaborador perfecto de un espectáculo muy previsible, donde a un toro que aguanta varias tandas ya hay que perdonarle la vida.

Morante asomó el primero por el patio de cuadrillas y media plaza ya estaba dispuesta a concederle dos orejas antes de que abriera el capote. El sevillano tiene ese privilegio reservado a muy pocos: antes de torear ya está toreando en la imaginación del público. Porque el público le sigue y está con él. Y luego ocurre que lo confirma.



En el conjunto de su actuación hubo gusto, torería, compás y ese desorden perfectamente organizado que solo él entiende. La espada, enemiga íntima desde hace años, volvió a recordarle que el acero no distingue entre genios y aprendices. Y, a pesar de los pesares, cortó la primera oreja de la tarde.

Pero llegó el cuarto. Y allí el viejo duende decidió presentarse sin invitación. No era precisamente un toro para bordar pañuelos de seda. Por el pitón izquierdo hizo cosas muy feas, pero el cigarrero hizo lo que ya no se estila y que tanto enfada al público: meter al toro en el caballo por tres veces e intentar corregirle los defectos, porque el de Núñez tenía sus teclas, sus dudas y su carácter.

Morante hizo lo que hacen los elegidos: convertir los problemas en estética. Cada natural parecía sacado de un cuadro de Zuloaga y cada pase de pecho sonaba en la plaza como una campana mayor. Hubo un pinchazo. Claro. Porque la perfección absoluta sería una grosería. Aun así, la plaza pidió con fuerza la oreja y el presidente la concedió.

Cuando media plaza parecía convencida de haber asistido a una aparición mariana, llegó el momento más pintoresco de la tarde. Talavante tomó el estoque de verdad con la misma parsimonia con la que un notario firma una escritura, ajeno al terremoto que empezaba a agitar los tendidos. El público, siempre dispuesto a elevar a los altares al último santo que haya embestido con nobleza, comenzó a reclamar el indulto.

Se acercó Ambel Posada y, por los gestos, cualquiera diría que le susurró: «Maestro, que quieren indultar al toro». Talavante, con esa expresión entre mística y distraída que luce desde hace años, pareció responder aquello del viejo anuncio de La Casera: «Pues si no hay indulto… yo me voy».

Afortunadamente, el presidente decidió que aquello seguía siendo una corrida de toros y no una asamblea popular. Bajó el telón a tiempo y evitó que la Plaza Real añadiera otra página al ya voluminoso tratado de los indultos precipitados. Porque conviene recordar que el toro fue muy bueno, nadie lo discute, pero de ahí a declararlo patrimonio de la bravura media un trecho.

Ni siquiera conoció el rigor del caballo: el picador cumplió el trámite con la delicadeza de quien teme arrugar un traje prestado. Pedir el indulto en semejantes condiciones habría sido como conceder un doctorado honoris causa a un alumno por asistir al primer día de clase. Olvidan algunos que el indulto nació para premiar la bravura excepcional, no la buena educación.

Y la tesis doctoral la ofreció ayer el señor presidente, ordenando por dos veces a Talavante que matara al toro y aguantando la bronca del respetable. Pero don Ignacio Vega hizo respetar a la Plaza Real. En cinco minutos borró de un plumazo el arrebato colectivo que solo el toreo moderno es capaz de fabricar.

Basta que un toro embista con nobleza y sin demasiadas malas intenciones para que media plaza quiera jubilarlo con pensión completa. Y de pensiones y paguitas sabe bastante este país. Como de tesis doctorales plagiadas.

Ojalá el señor Diosdado, que preside hoy, tome buena nota. No me importaría nada que, como en su día hizo nuestro presidente Pedro Sánchez, plagiase la tesis doctoral que ofreció magistralmente el señor Vega y en la que, seguro, tuvo mucho que ver el asesor taurino Marcos Cruz.

Por fortuna, el presidente tuvo un raro acceso de cordura y recordó que la emoción de una corrida no puede decidirse por aclamación popular, por muy ensordecedora que sea. Hay tardes en las que el palco parece un zoco; ayer, por una vez, ejerció de autoridad.

Y, ante tanta algarabía, la escena dejó una paradoja deliciosa. El toro, según el clamor popular, merecía seguir viviendo; el torero, por elevación, debía salir convertido en héroe nacional. Pero poco se insistió en la petición del rabo. Curioso entusiasmo, ese que se queda a medio camino cuando llega la hora de concretar.

Será que muchos de los nuevos aficionados conocen mejor el color de las pulseras «VIP» que el significado de los pañuelos del palco. No sería extraño que más de uno confundiera el azul de la vuelta al ruedo al toro con el premio máximo para el matador. Son los inevitables daños colaterales de esa afición de alquiler que aplaude antes de mirar y pide después de escuchar al vecino.

Y tras el «éxtasi», como diría el genio Rafael de Paula, apareció Juan Ortega. Si el toreo pudiera hacerse a cámara lenta, lo inventaría él. El recibo al sexto fue sencillamente una delicia: largas, verónicas, chicuelinas y un remate final que hizo levantarse a media plaza antes incluso de comenzar la faena de muleta.

Luego el toro decidió que hasta allí llegaba su colaboración. Porque tanta nobleza también cansa. Y el toro dijo: hasta aquí. Ortega dejó las pinceladas más puras con el capote y después comprobó que ni Miguel Ángel habría podido pintar la Capilla Sixtina con un rodillo. El sexto se vino abajo y la obra quedó en boceto.

Todo terminó con el arrastre del sexto por el tiro de mulillas. Y merecen capítulo aparte los mulilleros, convertidos desde hace años en una suerte de gabinete de protocolo de las figuras. El toro yace difunto y ellos administran el tiempo con una parsimonia que haría desesperar a un reloj de sol.

Entre que recorren lentamente el ruedo, saludan y colocan las mulillas, el enganche nunca se hace cuando debe; llega cuando conviene. Mientras tanto, el respetable dispone de esos preciosos segundos adicionales para convertir una oreja en dos, dos en un rabo y, si la demora se prolonga, casi pedir la vuelta al ruedo del mayoral.

El público ya ha tenido tiempo de olvidar el pinchazo, perdonar los enganchones y convencerse de que aquello fue una obra maestra. La psicología del tendido también se torea. No parece una cuadrilla de servicio de la plaza, sino el último departamento de relaciones públicas del matador.

Alguien debería plantearse plagiar, sin el menor rubor, al tiro de mulillas de Madrid. En cuestiones de puntualidad no existe propiedad intelectual. Allí el toro abandona el ruedo con diligencia; aquí parece que las mulillas vienen desde la dehesa haciendo el Camino de Santiago.

Y eso que el referente ya no es el AVE de otros tiempos, sino el de ahora, que ha conseguido el milagro de convertir el retraso en una costumbre. Pues bien, incluso con ese listón tan bajo, las mulillas portuenses siguen empeñadas en llegar después. Esa lentitud no es un detalle pintoresco; es un factor decisivo del espectáculo, una pillería muy propia de este rincón.

FICHA DEL FESTEJO

Toros de Álvaro Núñez, correctamente presentados, nobles hasta pedir perdón. El quinto premiado con la vuelta al ruedo. No hay billetes.

MORANTE DE LA PUEBLA: Oreja; oreja.

TALAVANTE: Ovación; dos orejas.

JUAN ORTEGA: Ovación; palmas.