Hace cuarenta y cuatro años, el indulto de Velador en la plaza de toros de Las Ventas dividió a la afición durante décadas, porque muchos entendían que aún no había demostrado suficiente bravura. Hoy basta con que un toro embista con nobleza durante cuatro o cinco tandas para que aparezcan pañuelos entre esos grandes aficionados capaces de indultar hasta a una cabra montesa.
Antes, el indulto provocaba debates, ya que era algo muy excepcional. Ahora parece formar parte del programa de festejos. La diferencia no está en los toros. Probablemente, tampoco en los presidentes. La diferencia está en que entonces la excepcionalidad había que demostrarla; hoy, con frecuencia, basta con proclamarla. Y no me cansaré de repetirlo.
Solo cuarenta y ocho horas después del mencionado indulto, la Corrida de la Prensa que lidiaron Ruiz Miguel, Luis Francisco Esplá y José Luis Palomar, con toros de Victorino Martín, fue proclamada «la corrida del siglo». Aunque solo hay que escuchar cada tarde al maestro de San Fernando en Canal Sur para comprobar su abducción por el taurinismo festivalero, pues cualquier detalle le parece algo excepcional. ¡Quién lo ha visto y quién lo ve! Todo sea por mantener el sueldo de la televisión pública, que está la cosa muy mala.
Ayer, la plaza volvió a registrar el cartel de «No hay billetes». El Puerto llevaba dos días convertido en una especie de santuario donde los fieles acudían más a confirmar su fe que a ponerla a prueba. Fe ciega, en muchos casos. Y eso explica que esos creyentes rara vez salgan decepcionados.
Y como parece que lo místico se ha instaurado en la plaza, ayer hasta hubo un milagro. Por un instante, pareció que el presidente, uno de los máximos representantes de la filantropía taurina, estaba a punto de cometer un auténtico atentado contra la literatura taurina contemporánea.

Bastaron unos tímidos pañuelos solicitando el indulto del tercer toro —un animal tan bondadoso como inofensivo, de esos que iban y venían con la misma determinación que un turista buscando aparcamiento en agosto— para que sobrevolara el temor de que el palco sucumbiera al entusiasmo ambiental. De haberlo hecho, no solo habría indultado al toro: habría obligado a revisar de urgencia buena parte de la bibliografía moderna sobre la bravura.
Afortunadamente, el presidente recordó que un toro puede ser dócil sin ser excepcional y que la misión del palco consiste, precisamente, en resistir cuando la plaza pierde el norte, algo que ocurre con frecuencia. O, simplemente, no durmió la siesta y no se percató de la indecente petición.
Los Núñez del Cuvillo salieron con esa exquisita educación que tanto entusiasma a la tauromaquia contemporánea. Nobles, largos, humilladores, obedientes… Hubo momentos en los que uno esperaba ver al toro pedir disculpas después de cada muletazo, por si había molestado al matador.
La bravura, sin embargo, es otra cosa. La bravura incomoda, discute, exige y, de vez en cuando, descompone la estética. La colaboración, en cambio, resulta mucho más fotogénica. Y eso es lo que se busca.

El valor, el clasicismo y la inflación de los adjetivos
Morante volvió a demostrar que posee un privilegio reservado únicamente a los elegidos: emociona incluso cuando está simplemente aseado. Hay toreros que necesitan enlazar diez naturales para convencer; él modifica el aire de la plaza con una media verónica.
Después llega el problema del cronista. ¿Cómo distinguir lo extraordinario de lo magnífico cuando el público ha decidido que todo será extraordinario antes incluso de que suenen los clarines? Porque el entusiasmo, cuando se convierte en costumbre, acaba depreciando la excelencia. Y ayer no fue su tarde. Tampoco tuvo material. Lo de la oreja lo dejamos para otro día.
Roca Rey compareció en su línea habitual. Lo suyo ya no admite discusión: se coloca donde los demás administran prudencia. Convierte cada embroque en un desafío a la lógica y hace creer al público que el valor puede medirse en centímetros.
Después habrá quien confunda el heroísmo con el toreo. Son conceptos distintos, aunque a veces coincidan. Y eso es lo que le funciona al torero peruano, pero, a la hora de ejecutar el toreo clásico, la obra no resulta tan redonda. Prima más el «¡uy!» del tendido que el olé espontáneo. Cosas del toreo moderno y de las modas.
Aguado dejó otra lección para minorías. Vino muy dispuesto, como el torero que se lo juega todo a una carta porque de esa tarde dependen sus contratos. ¡Quién lo diría, que un triunfo en El Puerto se valorara de esa manera! Incluso puso banderillas al tercero de la tarde.
Le faltó torear más despacito, con la naturalidad de quien conversa en voz baja en medio de una verbena. El problema es que las plazas modernas escuchan mejor los gritos que los susurros. Su faena necesitaba silencio; encontró entusiasmo. No siempre es lo mismo. Pero no hay que negarle las ganas y el valor demostrados en el coso portuense.
Las crónicas de los dos festejos mayores que llevamos anuncian una tarde histórica. Puede que tengan razón. Solo me asalta una duda: si cada día asistimos a la corrida del siglo, dentro de veinte años la historia del toreo tendrá más siglos que el calendario.
Convendría administrar los adjetivos con el mismo rigor con que antes se administraban las orejas. Porque hubo un tiempo en que una faena memorable necesitaba varios años para serlo. Hoy basta con que el cronista llegue antes que el cierre de edición. Que pulse la tecla de enviar antes de que haya un apagón.
Y en toda edición en papel que se precie existen las necrológicas. Algunas llegan a lo justo para anunciar las exequias. Esas páginas de esquelas que se pagan como un chalet en primera línea de playa.

Réquiem, pañuelos y figurantes en la Plaza Real
Puestos a hablar de esquelas, la banda pareció empeñada en ponerles música. Hubo un tiempo en que los aficionados al Carnaval juraban, con esa exageración tan gaditana que siempre encierra un pellizco de verdad, que Los Majaras —la famosa comparsa de El Puerto— llevaban todos los años un muerto en el repertorio.
Aquellas coplas tenían el raro don de emocionar en un certamen donde priman la guasa y la ironía. Pues algo parecido parece haber aprendido la banda de la Plaza Real. Se ha abonado a unas partituras que, más que anunciar una tanda de naturales, parecen acompañar el lento caminar de un cortejo por la calle Larga.
Ha decidido abandonar el pentagrama festivo para adentrarse en territorios de réquiem. Ayer, por momentos, la pieza interpretada en el cuarto de la suelta sonó a esquela con acompañamiento de metales.
Solo faltó que apareciera Penélope Cruz vestida de Lupe Sino en Manolete, cruzando el ruedo, precisamente con la Plaza Real de El Puerto como escenario cinematográfico.
Las antiguas plañideras, aquellas que lloraban por encargo con admirable profesionalidad, han sido sustituidas por una fauna mucho más contemporánea: los «agitanpañuelos». No sería extraño que a más de un espectador se le escapara una lágrima, aunque tampoco conviene descartar que alguno estuviera simplemente recordando el precio de la entrada.
Porque una cosa es subrayar la emoción del toreo y otra muy distinta convertir cada faena en un responso a golpe de bombo y platillo, buscando compartir ovaciones con quienes se juegan la vida en el ruedo. Incluso había dos curas en el palco de ganaderos.
Si seguimos por este camino, cualquier día habrá que pedirle a Berlanga que resucite. El reparto ya está hecho, los figurantes ocupan sus sitios y el guion se escribe solo. Solo falta que alguien grite: «¡Acción!».
FICHA DEL FESTEJO
Toros de Núñez del Cuvillo, desiguales de presentación y juego. Nobles en general. El tercero, premiado con la vuelta al ruedo. No hay billetes.
MORANTE DE LA PUEBLA: ovación; oreja.
ROCA REY: oreja; oreja.
PABLO AGUADO: dos orejas; palmas.











