Desde hace semanas se anuncia para el próximo miércoles un eclipse de sol y las autoridades, expertos y contertulios llevan semanas recomendando no mirarlo directamente, utilizar gafas homologadas y retirárselas inmediatamente después del fenómeno. Dicen que el acontecimiento dura noventa segundos, tiempo más que suficiente para quedarte medio ciego si no tomas precauciones. Pero en la Plaza Real ya hemos vivido la antesala o el aperitivo de lo que será el fenómeno astronómico.
Al señor presidente de la Plaza Real debieron de entregarle las gafas ayer por anticipado. Se las puso, miró al ruedo y ya no hubo manera de que se las quitara. Los buenos principios de la primera tarde, en la que aguantó el pañuelo, fueron premonitorios para que se cumpliera la superstición gitana. Aquella de los buenos principios para sus hijos. Ese día creímos haber asistido a una aparición insólita de autoridad presidencial, pero fue un espejismo o una alineación planetaria que difícilmente volverá a repetirse, porque algo ha quedado demostrado: los dos presidentes que ocupan el palco en la Plaza Real son nefastos.
Así se explica mejor lo ocurrido. Porque durante buena parte de la tarde pareció contemplar la corrida a través de un cristal tan oscuro que apenas distinguía los toros, las orejas ni, mucho menos, el criterio con que debían administrarse unas y otras. El palco administró los trofeos con la alegría de una tómbola de feria. Donde antiguamente una oreja necesitaba una faena, una estocada y una petición mayoritaria, ahora parece suficiente con que concurran dos de las tres circunstancias y, si la tarde viene animada, hasta una y media. El Reglamento continúa existiendo, naturalmente. Está impreso, encuadernado y ocupa muy poco sitio. El problema comienza cuando alguien pretende aplicarlo. Pues hay un artículo, el 54, que habla de la «suerte de varas», la cual ha sido suprimida con la connivencia de los señores del palco.
En el delantero de balcón de la grada del tendido cuatro apareció una pancarta que decía: «TORO Y CRITERIO». Magnífico programa. Breve, preciso y hasta revolucionario en los tiempos que corren. Lástima que la tarde terminara pareciéndose a un establecimiento que anuncia dos especialidades y se queda sin existencias de ambas. Ni toro ni criterio.
Tampoco debieron de quitarse las gafas oscuras los veterinarios durante los reconocimientos. Los toros de Hermanos García Jiménez habían sido anunciados para cerrar el abono y comparecieron en la Plaza Real dentro de esa concepción contemporánea del toro que procura evitar cualquier desagradable sobresalto a quienes han venido a verlo. El toro antiguo tenía la mala costumbre de imponer respeto. El moderno procura no estropear el traje. Y creo que, por este motivo, recurrente durante todo el ciclo, un grupo de aficionados se ha plantado y ha decidido pasar a la acción. Y aquí aparece inevitablemente la pancarta del tendido cuatro. Porque el problema de una plaza no comienza cuando sale un toro malo. Toros malos han salido siempre. El problema empieza cuando se pierde la exigencia necesaria para distinguir al toro del sucedáneo y el premio del regalo.
La corrida no fue mala. Borja Jiménez hizo probablemente el toreo más importante, especialmente con el quinto; David de Miranda puso verdad, valor y una entrega extraordinaria; Morante dejó detalles, pero estuvo condicionado por un lote de escaso fondo. Y la corrida de García Jiménez tuvo toros aprovechables, pero no parece sostener el relato de una corrida ganadera excepcional.
El primero de Morante tuvo querencia, embistió a media altura y no ofreció grandes posibilidades. Morante lo sostuvo y dejó detalles personales, pero la labor no fue como para ensalzarla. Mató de una estocada trasera y el palco atendió la petición concediendo la oreja.
El cuarto se desinfló rápidamente. Morante apenas pudo dejar un par de series, comprobó que aquello no tenía arreglo y abrevió. Recibió una ovación que también funcionó como reconocimiento a sus cuatro comparecencias en El Puerto. Y poco más. Se puede afirmar que Morante ha pasado por El Puerto sin pena ni gloria, a excepción de la primera tarde.
Borja Jiménez realizó a su primero una faena seria, especialmente buena al natural, sometiendo y toreando con mando. La espada —pinchazo y estocada defectuosa— redujo el premio a una oreja. Pero el acontecimiento llegó en el quinto. Borja se fue a portagayola y después armó un auténtico recital con el capote: verónicas, chicuelinas, capote a la espalda y una larguísima cordobesa. La plaza se puso en pie y la banda comenzó a tocar ya durante el recibo capotero. Después, con la muleta, construyó la faena de mayor entidad artística de la tarde. El toro terminó apagándose. El pinchazo y la media evitaron que le pusieran un monumento o un mosaico en la Plaza Real.
Y aquí debo detenerme en la banda de música, la cual tiene una calidad musical de primera, pero su director lleva años con las gafas puestas mirando el eclipse.
Hay que recordarle que la música acompaña al toreo y no lo sustituye. La banda toca cuando quiere, como quiere y, a este paso, lo que quiere. La ocurrencia de tocar después de un quite no es ninguna innovación. Es una burda copia de las ocasiones excepcionales de la Maestranza en las que el maestro Tristán sabe leer desde el atril que algo verdaderamente extraordinario acaba de suceder en el ruedo. Pero una cosa es interpretar el toreo y otra copiar sus efectos.
En Sevilla, la música surge porque el acontecimiento la reclama; aquí empieza a dar la impresión de que primero se arranca la banda y después ya veremos si aparece el acontecimiento. Es la diferencia entre tener oído y tener repertorio. A este paso, cualquier media verónica necesitará acompañamiento sinfónico y a la primera chicuelina habrá que llamar al Orfeón Donostiarra.
La música, como las orejas, tuvo un tiempo en que servía para distinguir lo excepcional. Ahora corre el peligro de convertirse en hilo musical. Otro eclipse: el del silencio, que también formaba parte del toreo hasta que alguien decidió que había que rellenarlo. Porque imitar a Tristán resulta sencillo si uno se limita a levantar la batuta. Lo complicado es poseer su criterio para saber cuándo hacerlo. La Maestranza no tiene música porque toque mucho; tiene música porque sabe cuándo callarse. Esa parte de la partitura, por lo visto, todavía no ha llegado a El Puerto.
David de Miranda fue el triunfador estadístico y dejó una actuación de enorme compromiso. En el tercero comenzó de rodillas, toreó largo y por abajo cuando el toro se lo permitió y terminó en terrenos muy comprometidos, con bernadinas ajustadísimas. La estocada desató la petición y recibió las dos orejas.
El sexto humillaba, pero reponía y tenía peligro. De Miranda volvió a meterse en terrenos muy cortos, se impuso y remató con manoletinas. Tras una estocada desprendida recibió otra oreja, para alegría de la legión de partidarios que lo acompañaban.
Especialmente contentos debieron de marcharse Enrique Ponce y Julián Guerra, mentores de David de Miranda y Borja Jiménez. Uno puede imaginar —solo imaginar, porque el cronista no estuvo presente— la conversación cuando apareció El Puerto en los contratos:
—¿El Puerto?
—El Puerto.
—Estupendo. Un tentadero con público antes de empezar lo serio.
Y allá fueron. A ponerse a punto. A comprobar distancias. A afinar muñecas. A coger sitio.
Porque después llegan Málaga, Bilbao y las ferias del norte, donde las cosas acostumbran a adquirir otro peso y el toro suele tener la desagradable costumbre de exigir credenciales.
El Puerto quedaba como trámite preparatorio. Un entrenamiento con banda de música. Un tentadero con localidades numeradas. Aunque en un tentadero las vacas se pican más que a los toros en la Plaza Real.
Esta plaza tiene un problema. No es que hayan triunfado mucho los toreros. Ojalá triunfen. No que el público se divierta. Para eso paga. Ni siquiera que los presidentes sean generosos. El verdadero problema comienza cuando una plaza termina aceptando como normal que su función sea preparar a los toreros para las plazas donde de verdad tendrán que demostrarlo.
El eclipse terminará en el cielo. En la Plaza Real, por ahora, continúa con vocación de perpetuarse.
FICHA DEL FESTEJO
Toros de Hermanos García Jiménez. Desiguales de presentación y juego. Justos de trapío. La mayoría se fueron sin picar. No hay billetes.
MORANTE DE LA PUEBLA: Oreja; ovación.
BORJA JIMÉNEZ: Oreja; oreja.
DAVID DE MIRANDA: Dos orejas; oreja.











