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Ya he escrito en esta sección críticas de películas relacionadas con la enfermedad de Alzheimer. Durante años impartí clases sobre la psicología de la vejez y, claro está, me tocó profundizar sobre el alzhéimer, una demencia progresiva que produce la pérdida de la propia identidad y del recuerdo en general.
Además de un mal muy extendido que provoca mucho sufrimiento, esta dolencia, descubierta por el psiquiatra Alois Alzheimer, tiene repercusiones familiares, sociales y económicas muy importantes, sin que aún se conozca una terapia eficiente.
Recuerdo entregas como: El mal de Alzheimer al cine, Asesinos sin memoria, Las consecuencias del olvido, El alzhéimer en la vida real; o, Música contra el alzhéimer.
Hoy comento los títulos: Yo no moriré de amor (2026), de M. Matute; y, Siempre Alice (2014), de R. Glatzer y W. Westmoreland.
YO NO MORIRÉ DE AMOR (2026). La protagonista, Claudia, con sus 18 años no ambiciona ser una chica heroica cuando su familia aparece el alzhéimer en su madre. Un dramático acontecimiento penetra que exige redefinir los papeles de cada cual en una familia que ya venía desconectada.
Se le plantea, a Claudia, la disyuntiva entre cuidar a su madre y el anhelo de vivir como lo hacen las muchachas de su edad. Claudia busca la forma de habitar la nueva y dolorosa realidad, sin prescindir de su ser adolescente.
Triunfadora en Málaga: aspectos técnicos
Esta película fue la gran triunfadora del último Festival de Cine de Málaga (Mejor película: Biznaga de oro. Mejor actriz: Júlia Mascort. Mejor actor de reparto: Tomás del Estal, además del Premio Feroz Puerta Oscura). Ópera prima de Marta Matute, ha sido una sorpresa para nuestro cine.
El guion fue escrito por la propia directora, basado en su propia experiencia durante una década de su propia vida. Cuenta, con una óptica naturalista, lo que acaece en una familia que vive en las afueras de Madrid, cuando comienza la enfermedad de Alzheimer en la madre (Almarcha).

Con el transcurrir de los años, sus dos hijas, Inés, la mayor, que vive en Barcelona (Weissmahr) y la menor, Claudia (Mascort), junto con su padre (Esnal), deben adaptar su vida diaria para cuidar a la madre.
Gran Interpretación de Júlia Mascort, una trabajo intenso e impactante. Laura Weissmahr, gran interpretación para una chica cuyas emociones hierven bajo la piel. Sonia Almarcha, una actuación conmovedora; muestra la dolencia mental de su personaje sin artificios. Y Tomás del Esnal superlativo como el padre.
Acompaña una estupenda fotografía de Sara Gallego y las notas de Simon Fransquet, que envuelven la historia. Laura Weissmahr convence en sus diálogos con su hermana, llenos de reproches, pero con un amor fraternal enternecedor.
No se trata de una familia extraña. Al revés, es un hogar común, como hay tantos, poco dado a mostrar sus sentimientos, con unos recursos medidos para contratar especialistas, y que se ven en la obligación moral de hacerse cargo del cuidado de un ser querido.

Sobre el filme
Hay en la cinta la intención de denunciar o desvelar la manifiesta falta de apoyo de las administraciones para el cuidado de los enfermos crónicos, sobre todo de los trastornos que afectan a la lucidez y a la cognición. Y cómo, la atención de estos pacientes corre por cuenta de sus seres queridos, con consecuencias devastadoras.
Pues esta carga suele provocar lo que se denomina el “síndrome del quemado”, estado de agotamiento físico, emocional y mental crónico provocado por el estrés severo y sostenido, el burnout, descrito por Bradley en 1960 por vez primera.
Pues bien, esta casuística es expuesta por la Matute a través de una dirección madura, contenida y mesurada, donde los silencios, los gestos y las miradas tienen más peso que los diálogos.
Los miembros de la familia acaban uniéndose, dejan las diferencias de lado y aciertan a demostrar su capacidad de sintonía y entrega, incluso a medida que el desgaste emocional y físico se hace más duro. Esto es particularmente lacerante para Claudia, joven que está descubriendo el mundo y descubriéndose a sí misma.
No es una película sobre la enfermedad; es una película sobre el cuidado. Y amplifica la necesidad y el deseo, y alza la voz para exigir una ley de cuidados que apoye y ayude a estos pacientes que precisan atención personalizada. También para cuantos asumen la responsabilidad de cuidarlos las veinticuatro horas del día.

El cuidado de pacientes crónicos
El cuidado continuado de pacientes crónicos es asumido en gran medida por familiares y allegados, esta es una realidad para muchos españoles y se plasma en esta película como una realidad social más común de lo puede parecer.
Es una labor que tiene una importante carga emocional, algo que el filme no obvio, al revés, lo trata con intensidad. El síndrome de burnout o sobrecarga del cuidador es una problemática que afecta a la salud mental de miles de personas, provocando estrés sostenido, ansiedad y agotamiento psicofísico.
Pues el síndrome de burnout habla de una forma específica de agotamiento relacionada con el cuidado continuado en el entorno familiar o personal. Afecta a personas que cuidan de familiares dependientes que, con el tiempo, sufren un desgaste físico y emocional.
En España hay 1.644.073 personas con una situación de dependencia reconocida y uno de cada cinco españoles de 50 años o más se encarga de cuidar a estas personas de forma particular y no profesional, siendo mujeres la mayoría.
Según estudios, más del ochenta por ciento de los/las cuidadores informales presenta síntomas de ansiedad, mientras que el sesenta y cinco, muestra síntomas depresivos.

Se hace necesaria una mayor atención a este colectivo, cuidar también implica cuidarse. Es fundamental identificar de forma precoz los signos de sobrecarga y actuar cuanto antes con medios que mejoren el bienestar emocional del cuidador/a.
Cerrando
Un relato descarnado, duro, pero a la vez, conmovedor, cruel, pero esperanzador. Está hecho con una cámara que cuando puede, sabe ir libre, una cinta sutil que en todo momento atisba una luz de esperanza.
Es una película que suscitará el interés de personas que tienen a su cargo algún paciente crónico en casa, con alzhéimer, con movilidad reducida, retraso mental y que precisan de una atención personalizada.
SIEMPRE ALICE (2014). Alice Howland (Moore) está orgullosa de la vida de trabajo y éxito que tiene. A los cincuenta, es profesora de psicología en Harvard y una conocida lingüista, tiene un matrimonio estable y tres hijos adultos. Pero empieza a sentirse desorientada. Un fatal diagnóstico cambia su vida y su relación con su familia y con el mundo.
Película que aborda el alzhéimer desde el punto de vista de la víctima, no desde los cuidadores. La enfermedad deja de ser algo triste que les sucede a otros, para convertirse en una condición con la que podemos identificarnos de primera mano.
Julianne Moore nos guía a través de lo que debe sentirse al desaparecer ante los propios ojos, logrando una de sus interpretaciones más poderosas al representar la situación de demente con sutileza.

Basada en la novela de la neurocientífica Lisa Genova, «Still Alice» le da un nuevo significado a la frase «Nos pasa a todos». La profesora Howland es el tipo de personaje que es talentoso e interesante, y merece su propia película.
No hay ninguna razón de peso para que la enfermedad de Alzheimer afecte ahora a la protagonista, con tanta antelación. Como señala su médico, la enfermedad es más difícil de diagnosticar en personas inteligentes, ya que despliegan estrategias para disimular el problema.
El libro de Genova resultó conmovedor para los directores Richard Glatzer y Wash Westmoreland, marido y mujer, puesto que Glatzer padece ELA, otra enfermedad degenerativa que ataca sistemáticamente la autoestima.
La cosa, al principio, es simplemente una palabra que se le escapa en medio de una de las clases de lingüística a Alice. Pero la situación se complica cuando pierde la noción del tiempo.
Olvidar cosas no es inusual, ni siquiera entre adultos sanos, lo que facilita la identificación con Moore, que interpreta sus preocupaciones iniciales con bastante naturalidad, como algo normal.

Hasta que Alice descubre la gravedad de su situación, pues en un punto no reconoce a sus propios hijos. Esto es una tragedia pura y simple, pero los directores no explotan la situación familiar plan lágrima fácil. Su idea es meternos en la mente de Alice.
El diagnóstico de Alice la obliga a pasar por un proceso de duelo, durante el cual intenta aceptar que su vida, tal como la conocía, ha terminado. Le cuenta a la jefa de departamento de la Universidad de Columbia, sobre su alzhéimer y es despedida de inmediato.
Se pierde en su propia casa y se siente abrumada cada vez que sale de ella. Aunque su esposo John (Alec Balwin) intenta apoyarla, no quiere que su enfermedad afecte su vida profesional. Alice le ruega que se tome un año libre para que puedan estar juntos antes de que sea demasiado tarde, para poder vivir plenamente.

Visita residencias y elabora planes de contingencia (un frasco de pastillas para dormir escondido al fondo de un cajón) para el día en que ya no pueda responder a una serie de preguntas personales sobre su vida.
Los directores optaron por mantener un tono sobrio, encargando una banda sonora al compositor británico Ilan Eshkeri que no pretende transmitir emociones, sino más bien describir las de Alice: perdida, emotiva y ansiosa la mayor parte del tiempo.
Claramente, Glatzer aún no se ha rendido, y la Alice del filme tampoco, a pesar de su rápida degeneración. Pero es devastador ver cómo el reconocimiento se desvanece en sus ojos, ver cómo la conferenciante segura que era se ha convertido en una mujer asustada en un último discurso en una conferencia de la sociedad de Alzheimer.
Una película serena, hermosa y humanista que enseña mucho.










