[Lee aquí los capítulos anteriores] Nunca fui persona de asentarme durante mucho tiempo en ningún lugar, mi tierra no me aportaba nada últimamente, y mis recuerdos de esta tierra me atraían. Me atraían sus gentes, sus costumbres, todo.

A veces incluso pensaba que esta era una ciudad en donde cada cual vivía su vida de forma libre, sin meterse en la vida de nadie. Pero últimamente veo comentarios que me demuestran que El Puerto es como cualquier otra ciudad, y eso me lleva a plantearme mi forma de vida.

Siempre existirán los amargados faltones, los que quieren imponer su visión, los puros de corazón que se creen en posesión de su verdad más absoluta y única, y que consideran que todo lo que a ellos no les gusta es algo sucio.

Curiosamente, a lo largo de mis años, y por vivirlo en mi patria, los comunistas siempre han pensado que Dios bajó a la tierra y los dotó de la clarividencia más absoluta. A estas alturas de la vida no son más que payasos caducos que solo representan a unos cuantos.



Todos creemos en un estado que nos asista y ampare, y ahora los únicos molestos son quienes intentan imponernos una moral hecha a medida y que a casi nadie nos gusta. Ya no nos emocionamos con la simbología, las banderas nos dan igual, y tan solo queremos vivir.

Quiero sentarme tranquilo a tomar café por las mañanas, sonreír ante quien me parezca gracioso, ignorar a quien me cae mal, y por supuesto, criticar lo menos posible. Solo quiero vivir, fumarme mi cigarro tranquilo, cobrar mi pensión, y si puedo, hacer algún negocio que me permita vivir mejor. Aplaudo a quien está mejor que yo, y veo pasar la vida sin odiar a nadie.

De momento esta ciudad me sigue pareciendo ideal para mis propósitos, la amplia mayoría de sus ciudadanos viven y dejan vivir, porque la vida apena tiene más. Los viejos ideales hace mucho que cayeron, sobre todo porque, no existe ninguna ideología que esté inmaculada.

Siempre existieron los soberbios, los listos, los amargados, los iluminados, los sinvergüenzas, los ladrones de guante blanco, y los sin escrúpulos, pero nosotros, las personas normales, somos más.

Acabo mi taza de café, hoy a solas, me siento diferente, quizás sea porque esta ciudad empieza a dolerme, y decido dejar de leer los comentarios derrotistas de cuatro gatos, pues siempre son los mismos, tratando de hacernos participes de una absurda lucha de colores ya demasiado antiguos.

Tengo mis ideas, y desde hace mucho no tenía miedo de ser sincero, hoy decido no hacer caso, pero quiero estar tranquilo, y mis ideas me las guardo, solo quiero mi taza de café, sonreír a quien me cae bien, e ignorar a los que me importunan o quieren hacen comentarios que no me atraen.

Esta ciudad no es tan distinta a otras, pero me sigue gustando, como dice mi amigo, capullos hay en todas partes, aunque no se bien que significa.