Corrían otros tiempos y, llegando junio, ya el olor a goma de borrar Milán, mezclado con el agradable aroma del lapicero recién afilado, no producía placer alguno. El calor y los interminables meses de clase eran insoportables. Eran tiempos de jornada partida, una locura que hoy sería impensable y que, sin embargo, pasó como si nada.

No había aula matinal, sino abuelos, y mucho menos comedor escolar; para eso estaban los de antes, la casa de los abuelos. Comparar es impensable, absurdo, y tratar de entender con la mentalidad de hoy cómo era un fin de curso en los años 70 es la mayor de las ridiculeces. Tampoco es de recibo decir que hoy es mejor, ni que lo de antes nos hizo más fuertes.



Cada generación tiene sus cosas, su entorno, sus circunstancias, su tecnología y su enfoque. Y yo soy un niño de EGB, de los que después de comer volvían a clase hasta las cinco de la tarde; un niño que, cuando tocaba merendar, tomaba pan con manteca colorá y azúcar, tocaba las palmas mientras esperaba que la carta de ajuste diera paso a Un globo, dos globos, tres globos. Uno de tantos que no decía que le apetecía comer, sino que, en todo caso, preguntaba qué habían preparado como método de tortura.

En aquellos tiempos no hacíamos fiesta por haber terminado el curso. Nos limitábamos a un chimpún y hasta el año siguiente, que al final era el mismo año, pero tres meses después. No es que fueran malos tiempos o buenos, pues, como hoy, cada caso y cada casa son un mundo. Pero fueron nuestros tiempos: los años sin mando a distancia, sin canales, ni Caminos ni Puertos; la Primera y, con los años, la Segunda Cadena.

Pero fue nuestro momento, y quiero pensar que fue incluso menos crispante que estos años. Y dado que la historia se repite como un ciclo infinito, nosotros terminamos y otros empiezan.

Ahora, con nostalgia, miro a quienes acaban el curso. Me pongo en sus zapatos y entiendo que tienen la misma angustia ante las notas y la misma ilusión porque todo acabe; la misma ansia, absurda e inocente, de empezar a trabajar para no tener que estudiar más.

Y es que, por mucho que cambien los tiempos, por mucha tecnología y experiencia que tratemos de aplicar para hacerlo todo más sencillo, el ciclo siempre será el ciclo. Y los niños, los que fuimos, los que son y los que serán, siempre compartiremos ese torrijazo inocente y cándido que a veces nos apretará el corazón y otras nos hará soñar con una realidad inexistente; sueños de los que despertaremos a base de una vida real que no tendrá misericordia con nosotros.

Y aun así, cuando llegan mediados de junio, todos volvemos a nuestra EGB. Tengamos la edad que tengamos, seguimos alegrándonos de que acabaron las clases y empiezan las vacaciones. Soñar sigue siendo, de momento, gratis.