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Desde sus orígenes, el cine llenó las salas con películas bélicas. En muchas ocasiones, estas películas tenían un carácter propagandístico. Por ejemplo, en 1925 el cineasta soviético Serguéi Eisenstein rodó El acorazado Potemkin, basada en hechos reales de 1905, cuando la tripulación del acorazado Príncipe Potemkin de Táurida se amotina, siendo el detonante de la revolución bolchevique en Rusia (propaganda comunista).

En 1942 William Wyler rodó La señora Miniver, que relata los bombardeos alemanes sobre Inglaterra y cómo una madre espera angustiada el regreso de su esposo e hijo. Al final un sacerdote exclama desde el púlpito: "Esta no es solo una guerra de soldados en uniforme, es una guerra del pueblo y debe ser peleada no solo en el campo de batalla, sino en las ciudades y los pueblos; en las fábricas y las granjas; en la casa y el corazón, de cada hombre, mujer y niño que ama la libertad" (propaganda bélica del “mundo libre”).

No me olvido de la superproducción El día más largo (1962), que con un extenso reparto de lujo ofrece una panorámica del desembarco de las tropas americanas y aliadas en las playas de Normandía el 6 de junio de 1944 (propaganda USA).

España no se libró del cine propagandístico y recuerdo Raza (1941), representativa de la dictadura española, basada en una novela homónima de Francisco Franco que la firmó con el seudónimo de Jaime de Andrade (propaganda franquista).

Sin embargo, este listado olvida la parte trágica y calamitosa de cada contienda (dimensión humana). A continuación, propongo un listado de películas bélicas, en las cuales se exponen las perversas y dolientes consecuencias de la guerra, aquí no hay propagandas, sólo dolor.

Recordando películas antimilitaristas, antibelicistas y de nuestra guerra civil

Ya escribí sobre títulos críticos con la guerra. Como Cine Antimilitarista, Películas Antibelicistas o Películas sobre nuestra guerra civil y no me quiero olvidar de una obra magna de William Welman: También somos seres humanos (1945), antibélica y uno de los retratos más realistas de la II GM.

No hay guerra buena, todas acarrean infinitud de drama y dolor (lo acaba de decir León XIV). Las guerras son siempre una pérdida y consecuencia de un fracaso social por solucionar las desavenencias y los intereses por medio del diálogo y el acuerdo (solución civilizada).

Las películas de las que habló a continuación son duras, buenas y aleccionadoras. La primera es Stalingrado (1993), de J. Vilsmaier; la segunda es Apocalipse now (1971), de FF Coppola; y por último, Adiós a las armas (1932), de F. Borzage.

STALINGRADO (1993). Stalingrado sufrió en 1942 un asedio brutal por parte de las tropas del III Reich de Hitler. Esta película habla de aquellos jóvenes teutones, enviados al horror por el despropósito de sus mandos militares y políticos.

Joseph Vilsmaier, un director alemán con una filmografía excelente (“The Harmonists”, 1997; o, “El último tren a Auschwitz”, 2006), retomó en 1992 un proyecto de película de nombre Stalingrado que iba a haber rodado Sergio Leone en 1989, año en el cual falleció dejándola en suspenso.

Vilsmaier se alejó del enfoque de guerras entre países, decidiéndose por un relato de guerra social y de jerarquías donde los contrarios para la tropa alemana son sus superiores y no los rusos.

Gran guion de Johannes Heide, Jürgen Büsche y el propio Vilsmaier, que cuenta además con magníficas ambientaciones, buena fotografía y excelente música de Norbert J. Schneider.

Los actores hacen mayormente de soldados alemanes, en un trabajo coral conjuntado. El filme muestra al máximo el horror de la guerra, narrándonos los sucesos de un grupo de soldados germanos que llegan a Stalingrado tras un período vacacional en Italia.

En pocas películas como en esta podremos ver cierta rehabilitación del honor del ejército alemán, pues en ella se aclara que una cosa era la tropa que sirvió a su país con valentía y honor, y otra cosa, los mandos perversos que buscaban sus propios intereses.

Me parece muy bien este enfoque, pues como seres humanos no debemos confundir a quienes sirvieron, con los ideólogos y oficiales funestos que ordenaban a los soldados lo que debían hacer en aras del ideal Nazi.

Joseph Vilsmaier deja claro el rechazo a las guerras, tanto para los acosados como para los que atacan. No todos en el ejército nazi eran crueles, como suele pintarse; una gran parte eran jóvenes de buena condición que meramente obedecían.

Obra cruda, sangrienta, terrorífica, que muestra la guerra tal como es en toda su crudeza: brutal y despiadada. Se sufre en ambas partes; una confrontación que muestra el lado más humano del combatiente, donde los soldados lloran y se aterran ante su fatal destino.

Película soberbia, de las que dejan huella y dan que pensar, con unas escenas finales de la retirada de unos soldados alemanes a punto de la congelación, cuyas imágenes terribles lo dicen todo.

Revista Encadenados

 

APOCALYPSE NOW (1979). La película comienza con una escena de bombardeo de Napalm, sonando de fondo el tema The End de The Doors.

Gran película de Francis Ford Coppola que cuenta la misión del Capitán Willard (Sheen), individuo con sus propios problemas, que inicia un peligroso viaje río arriba al interior de la selva de Camboya.

Willard es un oficial de los servicios de inteligencia del ejército de EE. UU. y su objetivo es matar a Kurtz (Brando), un coronel renegado que ya no obedece las órdenes del alto mando y que ha perdido al parecer la razón.

Así, como se verá al final de 153 minutos de metraje, en un tétrico campamento sembrado de cadáveres mutilados y putrefactos, Kurtz, una figura enigmática con una enorme ascendencia en su feudo, reina con total despotismo sobre los miembros de la tribu Montagnard, que le adoran como si fuera un dios.

Ver esta película puede acarrear pensamientos oscuros y pesadillas durante una temporada. No es un filme para cualquiera, a no ser que quien la vea se quede en la anécdota de la “guerrita” o la juerga que a veces montan los “valerosos” marines.

Este filme se sitúa en el centro del horror de la guerra, puro “instinto de muerte” (Freud), sin posibilidad de redención. Kurtz es el diablo, es el loco sanguinario que se guía por el olor a sangre, que lo convierte en un demente maligno.

El trayecto del Capitán Willard está cargado de peligros y desolación, y Willard comienza a sentir fascinación por el historial de Kurtz, al tiempo que empieza a conocer los aspectos más sórdidos de la contienda, lo cual le acerca a entender las razones que han llevado a Kurtz a perder el juicio.

A medida que avanza jungla adentro, en su viaje por el río, Willard se ve afectado con gran intensidad por los dominios de la naturaleza, por los enfrentamientos bélicos, por las infecciones y enfermedades, y se va convirtiendo en un hombre similar a aquel que tiene que matar.

En este punto surge la ambivalencia, sentimientos encontrados de Willard hacia Kurtz, de encanto/repulsión, atracción/repugnancia. Esa indefinición del Capitán da a la historia de Coppola una ambigüedad que se acrecienta con ciertas reflexiones morales y filosóficas que construyen una obra irrepetible.

Pero la cinta es sobre todo una lección magistral sobre el sinsentido de la guerra, para lo cual Coppola puso su dinero, ambición y capacidad, y bajó a los infiernos de Vietnam-Camboya, una de las guerras más controvertidas y sanguinarias de la reciente historia.

La dirección de Coppola es intachable, con un guion genial del propio Coppola junto a John Milius, adaptación libre de la novela de Conrad, que finalmente se convierte en un mensaje antibelicista, con inolvidables secuencias, como esa en que los helicópteros vuelan al son de la música de Wagner: La cabalgata de las valquirias.

Hablando de música, brilla con luz propia la música de Carmine Coppola, junto a una gran fotografía de Vittorio Storaro que le da más entidad dramática a la cinta, si cabe.

Las interpretaciones son todas buenas, empezando por un joven Martin Sheen, culminando con un tremendo Marlon Brando en plena madurez que no puede dar más credibilidad a un ser desquiciado y malévolo; escalofriante personaje, encarnación de la crueldad. Acompañan otros actores como el mítico Dennis Hopper, el muy brillante Robert Duvall o Laurence Fishburne.

Una de las obras más dramáticas, peliagudas, complejas, atrevidas y cardinales en la historia del cine, que lleva a los límites de lo insuperable, una de las obras medulares del cine moderno.

 

ADIÓS A LAS ARMAS (1932). Primera Guerra Mundial (1914-1918), la primera adaptación de la novela homónima de Ernest Hemingway. Los acontecimientos se suceden antes de que los Estados Unidos se decidan a entrar en la I Gran Guerra. Frederick, un periodista norteamericano (Cooper), decide alistarse como voluntario en el Cuerpo de Ambulancias italiano, para seguir los sucesos bélicos.

Mas cae herido y lo ingresan en un hospital. En su estancia, Frederick se enamora de una enfermera británica (Hayes). A partir de aquí los acontecimientos derivan en una espiral romántica y dramática con consecuencias nada positivas para la pareja.

Frank Borzage, el director de esta obra fue un veterano cineasta que consiguió una obra antibélica y romántica. Buen guion de Benjamin Glazer y Oliver H.P. Garrett (novela de Hemingway).

El libreto lleva muy bien la historia, dotándola de un enorme dramatismo. Un guion convincente, con un conflicto sustancial que deriva de cultivar y salvar el romance dentro de un encuadre hostil.

Buena la música de Ralph Rainger y una gran fotografía en blanco y negro de Charles Lang, merecedora del Oscar; además, esta película se destaca por ciertas características técnicas y planos complicados, lo cual era difícil de hacer con los pesados equipos de entonces.

En cuanto al reparto, la actriz angloamericana Helen Hayes hace un espléndido papel con gran capacidad para el lirismo, la pasión y la tragedia. A su lado tenemos a Gary Cooper, todo un icono, llenando pantalla y haciendo de contraparte. Sensacional elenco de secundarios.

Un valor de este filme es el que aporta Hemingway con su novela, pues el escritor relata una parte real de su vida como conductor de ambulancias en la I GM, con una carga emocional de primer orden y la tragedia servida desde el primer renglón.

La época en que se rodó este filme fue el momento de transición del cine mudo al sonoro. Por ello, esta película puede resultar a la vez que entrañable, algo tosca, dado los limitados medios de los que disponía aquel cine que aún gateaba.

Hay un fuerte atractivo entre los dos protagonistas y las grandes dificultades con las que viven su apasionado amor. Este extremo no es sólo romántico, sino que además tiene un evidente mensaje antibelicista.

La película noes muestra una guerra donde nadie mereció morir por unos ideales siempre manipulados. Se dice que las guerras, lo primero que matan es el amor. Lo cual que, en esta historia, la guerra no consigue.

En la parte final, todo destruido, Borzage nos ofrece la penosa imagen del anonimato de los derrotados, mostrando a los soldados amontonados. Sólo vemos los cascos y el reflejo que la luz hace destellar sobre su superficie mojada, donde emerge la figura del desertor, Frederic Henry (Cooper), auténtica lección de cine.