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Hay un cine, a veces sórdido, que nos pone por delante la realidad de los mundos marginales donde habita gente de descarte, jóvenes toxicómanos o entornos de una pobreza y miseria que nos tropieza en los ojos y en la boca del estómago. Cine social. Recuerda a Ken Loach o Mike Leigth.

Escribo hoy de: Urchin (2025), de H. Dickinson; y Mi soledad tiene alas (2023), de M. Casas.

URCHIN (2025). En las calles de Londres, Mike, un joven sin hogar y drodadicto, lucha por sobrevivir mientras enfrenta su pasado y busca una salida a su situación. Su vida transcurre entre la marginalidad y breves destellos de esperanza.

A medida que se adentra en un camino de autodescubrimiento, surgen oportunidades inesperadas que podrían marcar un nuevo comienzo. Pero finalmente, de nuevo cae en la desorganización y la droga.

Harris Dickinson, director de esta cinta (su primera obra) es conocido como actor (“Babygirl”, 2024) pero da la nota (alta) con esta interesante película que puede recordar a Ken Loach o Mike Leigth por su interesante contenido social.

El personaje lleva cinco años viviendo en las calles de Londres y no le cae bien la predicadora callejera cuyos gritos ("¿Has oído hablar de Jesús?") lo sacan de su último “mono” por las drogas. Ya es bastante malo que grite, piensa, pero es peor que intente salvar a la gente.

Es que la generosidad de espíritu de sus prójimos, más que atemperar o ayudar a Mike, resulta ser un detonante para la mala leche; es como un niño perdido que no sabe aceptar las ayudas que le ofrecen. Es amable con algunas personas que reconoce de diversos refugios, pero cuando un buen samaritano se ofrece a comprarle comida o similar, el joven le devuelve el favor asaltándolo.

En este punto comienza otra temporada en prisión, la siguiente etapa de un ciclo en el cual Mike parece ambivalente en escapar. La película muestra también el poco interés en salir a flote después de la cárcel. Tras una desintoxicación de siete meses, consigue trabajo como cocinero en un hotel de tercera a las afueras de la ciudad.

Allí se hace amigo de dos compañeras de trabajo con las que va al karaoke y canta "Whole Again" de Atomic Kitten; incluso asiste a una reunión de reconciliación supervisada, con el hombre al que golpeó.

Guion ágil y susceptible de Dickinson que inicialmente parece una bonita historia sobre un niño en recuperación, pero que se convierte en algo mucho menos digestivo o instructivo (recuerdo aquí "Indefenso", 1993, de Mike Leigh).

El filme habla del desajuste de Mike, un joven que ni siquiera puede comprenderse a sí mismo. La película refleja una valoración sagaz de cómo las personas pueden verse cautivas por la fuerza centrípeta de sus patrones anómalos de comportamiento. 

En esta historia esos patrones remiten a la infancia, y Frank Dillane interpreta a Mike como un niño crecido, sepultado por la indiferencia y que nunca comprendió la conexión entre las acciones y sus consecuencias.

Con expresión vacía, Mike vive el momento presente y se mantiene impávido sobre sus circunstancias. Fantasea sobre su loco futuro (él quiere ser conductor de limusinas) con igual naturalidad con que reflexiona sobre su pasado turbulento.

Mike es una persona capaz de tener una explosión de cólera o lo contrario, motivado únicamente por un tipo de evasión emocional. Tampoco parece diferenciar entre ir a trabajar o esnifar ketamina en la playa.

Magnética interpretación de Dillane, que siempre se acerca más a la necesidad que a la sociopatía, y nunca se inclina hacia la compasión barata ni la ira demostrativa. Mike es un alma atormentada, si bien siempre toma la decisión más autodestructiva que se le presenta, aunque a veces vemos, no sin temor, acercarse a tomar una opción para su vida.

Pero como a veces ocurre en estos casos, la vida de Mike no se inclina a salir, Dickinson no lo guía hacia ningún tipo de salvación narrativa. Por el contrario, el teleobjetivo de Josée Deshaies aplana a Mike, lo reintroduce en su anómala realidad.

Hay varios viajes a los recovecos de la conciencia del personaje, pues Dickinson evita el falso realismo inicial de la película en favor de una gama más compleja de modos y sentimientos, una decisión que hace que "Urchin" sea tan difícil de definir como su protagonista. También le permite al director encuadrar un papel pequeño pero crucial, propiamente de docudrama. 

Dickinson espera que esta historia dificulte la deshumanización de las personas sin hogar, pero el poder de su película reside en que reconoce cómo un retrato de tolerancia a la ambivalencia podría lograr mejor ese objetivo que las simples muestras de empatía. 

A Mike le atormenta la sensación de que nadie lo dejará entrar en una casa; de que la felicidad brilla al otro lado de una ventana con un cartel que dice "esto no es para ti". Puede que eso no justifique su complejo de persecución y autodestrucción, pero el magnífico debut de Dickinson nos hace ver que la óptica desde el lado del espectador es tan trasparente como la de Mike.

MI SOLEDAD TIENE ALAS (2023). El Mario Casas actor inicia aquí su carrera como director de largometrajes, con esta obra que en principio hay que valorar en su medida justa. No es una película importante, pero tiene aspectos valorables y de interés para el amante al cine español y a los nuevos directores españoles.

Se sitúa la historia en un barrio humilde a las afueras de Barcelona. Allí viven Dan (O. Casas) y sus dos amigos, Vio (González) y Reno (Bechara). Viven al día, sin pensar demasiado en el futuro, entre fiestas, chupitos y porros. Roban joyerías llevándose piezas de valor de las vitrinas y estanterías. Luego huyen en moto los tres y la policía pisándoles los talones.

Uno de ellos, Dan, tras su apariencia de joven delincuente, esconde alma y habilidades, propias de un artista con talento. Dibuja y pinta en su cuaderno y es un grafitero interesante. Dan vive con su abuela pues su padre, delincuente y drogadicto, está en la cárcel.

Al poco de morir la abuela su padre sale de la cárcel, un psicópata en toda regla que pretende someter al hijo, lo cual despierta en Dan sus viejos demonios. Es el momento en que huye y pone a prueba la amistad entre los tres amigos. La cosa acaba con un robo fallido que obliga a Dan y a Vio a escapar a Madrid.

Eficaz aparato impresionista en términos de efectos de sonido y banda sonora de Zeltia Montes (selección de canciones inteligente). Excelente fotografía de Edu Canet, que reviste sobriamente pero también con intensidad, la película.

La historia de un joven acosado por todos los lados, un muchacho dolido y desgarrado interiormente por un padre que es puro peligro.

Óscar Casas, hermano de Mario, hace un excelente y riguroso trabajo del personaje Dan; portentoso, capturando los destellos del fin de la inocencia, un adolescente de barrio pobre viviendo con su amorosa abuela en un extrarradio de Barcelona.

Sus dos colegas son encarnados con enorme intensidad y energía por una genial y debutante Candela González y un eficiente Farid Bechara, también actor nuevo y no profesional; acompañando Fran Boira (un poco excesivo como el padre psicópata), Marta Bayarri o Gerard Oms.

En esta película Casa hace un extraño salto mortal queriendo hacer una peli heredera de lo quinqui, pero no lo es de manera genuina, sino convirtiendo el espíritu de aquellas obras en mercancía consumible medio light, medio inocente. Por empezar, Casas es guapo y la tragedia del protagonista no es de callejón sin salida social, más bien de predestinación trágica personal como hijo de un padre maltratador.

Sí es una historia de amantes perseguidos y en fuga, teñidos de desamparo, donde hay dolor y una visión oscura de sus vidas. También mucho interior y amenaza que acecha en cada esquina, angustia, fatalismo, incluso nihilismo por incapacidad para sobrevivir a unas circunstancias adversas. Sólo el amor los mantiene.

Casas hace un seguimiento de la pareja, poniendo su nerviosa cámara prácticamente encima de los jóvenes (excesivo). La forma en que aprehende sus rostros, sus gestos, sus cuerpos habla de cómo se relacionan con el medio físico y con el entorno social, la forma mirarse.

En sus caras se acumulan historias difíciles, huellas de violencia y reacciones llamativas, como cuando Dan agrede brutalmente al dueño de un supermercado porque le está pegando a su hijo pequeño. Biografías terribles, a pesar de su juventud.

Interesante mixtura de amistad, cariño y comprensión que nos aproxima a estos jóvenes tan enamorados como desdichados. Un lenguaje físico que funciona, aunque no fluya siempre igual el lenguaje verbal. Otras partes son en exceso esquemáticas, fruto de un libreto de Dévora François y el propio Casas al que le falta un hervor.

Con las deficiencias de una ópera prima, entretiene y posee cualidades formales interesantes. Se ve que el Mario Casas director ha aprendido mucho de su trayectoria como actor y ahora ha querido dar un salto valiente, a la vez que le hace un regalo a su hermano Óscar.

Publicada en revista de cine ENCADENADOS