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Hay películas encantadoras con las que uno se tropieza casi por casualidad. Este es el caso de los dos estrenos que comento: La tarta del presidente (2025), de Hasan Hadi; y la taiwanesa: La chica zurda (2025), de S. Ch. Tsou. En ambas, las protagonistas son unas asombrosas niñas.
LA TARTA DEL PRESIDENTE (2025). Primera película iraquí en competir en Cannes, dirigida por el realizador Hasan Hadi. Se estrenó en la sección Quincena de los Realizadores, donde destacó como un interesante descubrimiento, antes de ganar el Premio del Público y la Cámara de Oro en la ceremonia de clausura. Y en 2025 Irak presentó esta obra como candidata oficial a los Oscar.
Hadi escribe y dirige el filme ambientado en el Irak de los años noventa bajo el régimen de Hussein, durante un brutal período de sanciones económicas y bombardeos aéreos que provocaron escasez de alimentos y medicinas.
Un poco de Historia
Aquellos años noventa fueron una época dura para el Partido Baaz Árabe Socialista y el gobierno de Sadam, definido por su desastrosa invasión a Kuwait en 1990, la Guerra del Golfo y una severa crisis humanitaria y económica provocada por sanciones internacionales.
En ese período se desarrolla la hermosa y tragicómica historia de Hadi, basada en sus propios recuerdos de infancia. Habla de una realidad más extraña que la ficción, de cómo era la vida bajo el gobierno del dictador Hussein.

Durante su tiránico régimen, cada año, los niños que salían elegidos debían cocinar un pastel de cumpleaños en honor al autócrata. A menudo, esta operación implicaba un gran esfuerzo para encontrar con dificultad, los ingredientes necesarios.
El director de fotografía Tudor Vladimir Panduru alza su cámara sobre marismas de una belleza desconcertante. La gente común busca comida en tiempos difíciles. Los padres de Lamia han fallecido, ha sido criada por su abuela Bibi (Waheed Thabet Khreibat). Es una película que se configura como un cuento de hadas contemporáneo.
El cuento… real
Es la historia de una niña de nueve años que sale elegida en su clase y debe reunir los ingredientes para el tal pastel de cumpleaños del presidente: harina, azúcar, huevos, levadura y otros que, o bien no había, o eran carísimos.
Pero Lamia (Banin Ahmad Nayef) y su abuela —junto con su querido gallo Hindi— se dirigen a la ciudad en busca de los ingredientes, pero la nena se da cuenta de que su abuela ha hecho el viaje con otras intenciones. Presa del pánico, sale corriendo a buscar los ingredientes por su cuenta.
La acompaña su mejor amigo y compañerito, Saeed (Sajad Mohamad Qasem), a quien le han encargado en la Escuela recolectar fruta fresca para la celebración del cumpleaños.
La historia se centra en la pequeña, que vive en la Mesopotamia con su abuela Bibi, una mujer independiente. Pero Bibi es ya una mujer mayor, con dificultades de salud, y se ve incapaz de mantener a su nieta. Aprovecha el viaje para dejar a Lamia a unos familiares.

La huida
Al enterarse del plan la niña huye y emprende una aventura que cambiará su vida. En su huida se reencuentra con Saeed, que está robando carteras. Mientras, Bibi corre frenéticamente y grita a la policía y a los viandantes para denunciar el caso de la su nieta desaparecida.
Con valentía, Lamia logra eludir a sus perseguidores, conseguir el material para el pastel y llegar al parque de diversiones, todo eso con el gallo Hindi a cuestas. Una aventura que los espectadores no olvidarán.
Las personas con las que se encuentran los niños son, por turnos, amables, crueles, intrigantes y oportunistas; pero los nenes —y su gallo— capotean cada caso con una inocencia que se habla de su fortaleza interior.
La guerra y otros
Pero la aventura, los azares e inconvenientes, en última instancia no borran la realidad de que estamos en un país en guerra y bajo los severos apremios del presidente americano George H. W. Bush, como represalia al expansionismo iraquí.
Un Saddan Hussein omnipresente, su foto en todas partes, un sujeto cegado de poder y autocomplacencia, un ser digno de estudio, con un partido Baas que fue casi una religión.

Reparto (infantil, sobre todo)
Lamia, precoz, ingeniosa y perspicaz, cobra vida gracias a la interpretación de Banin Ahmad Nayef; la joven actriz sostiene la película con su espíritu tenaz y cada vez más desesperado. La nena se nos presenta cómo era sobrevivir a la penuria.
Nayef, es un descubrimiento que cautiva de principio a fin. El niño Sajad Mohamad también está extraordinario, al igual que Waheed Thabet Khreibat, como la abuela.
Lecturas ideológicas y calidad técnica
La evolución de la historia tiene una emotividad importante, realzada por los ritmos y las rápidas y abiertas florituras de los instrumentos de cuerda tradicionales en la banda sonora, así como por la decisión de Hadi de filmar en exteriores en Irak: antiguos humedales o calles de la ciudad.

Hadi deja entrever la constante presencia estadounidense en la región, sobre todo en los impactantes momentos finales de la película. El problema de Hadi en la historia es que parece olvidar las responsabilidades que han hecho que Irak nunca se haya recuperado.
Sin este conocimiento, la cinta puede ser un retrato disfrutable del heroísmo y la resiliencia infantiles.
Las imágenes finales de la película impactan, pueden dar hasta miedo y se quedan en la retina durante días.
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LA CHICA ZURDA (2025). Visión de Taipéi en la ópera prima en solitario de la directora Shih-Ching Tsou, una oleada de luz y rascacielos vista a través de un caleidoscopio infantil, un encuadre perfecto para la estructura de la película.
Personajes y situaciones se fragmentarán y recombinarán en simetrías siempre cambiantes, el eje de la simpatía y el resentimiento girará una y otra vez mientras varias generaciones de mujeres de la misma familia taiwanesa atraviesan un par de meses turbulentos.
Rodada con cuatro iPhone, la obra es un retrato seguro y hermoso de la difícil maternidad y la dolorosa condición de hija, pero quizás sea más cautivador por su visión caleidoscópica de la ciudad natal de la directora, donde los personajes parecen rebotar; Taipéi es brillo y es resplandor.
Tras una ausencia gradual de varios años, Shu-Fen (Janet Tsai) regresa a la ciudad con sus dos hijas: la huraña y ágil I-Ann (Shih-Yuan Ma), estudiante universitaria y la encantadora y curiosa nena I-Jing (Nina Ye), un pequeño espíritu en permanente movimiento.
I-Jing está fascinada con su nuevo hogar, sobre todo con el llamativo y vibrante mercado nocturno que se convertirá en su patio de juegos cuando su madre, agotada por las preocupaciones, instale un puesto de fideos en uno de los locales vacíos.
La adolescente I-Ann, entretenida con su teléfono, se queja de que el nuevo apartamento «parece mucho más pequeño que en la foto»; pero se lamenta casi de todo, o sea, está insoportable. Hay que aguantarla y sólo parece amainar cuando se hace cargo de su pequeña hermanita.

La trama se pone en marcha desde el principio: Shu-Fen, siempre con problemas económicos, se verá más que apurada, pues ha tenido que pagar el costoso funeral de su exmarido, del cual estaba separada. En tanto, atrae las atenciones amorosas de un ingenuo bonachón que tiene un puesto de baratijas al lado.
Sin mostrar mucho interés ni fe en el futuro del restaurante de fideos, I-Ann consigue un trabajo como "vendedora de nuez de betel", algo típicamente taiwanés en el que chicas lindas se visten de forma provocativa para vender el suave estimulante en puestos con luces chillonas.
Es la cosa que tiene un romance con su jefe, mientras que la niñita I-Jing se dedica a merodear por el mercado nocturno, un paraíso para los estafadores, y en una de esas adopta una mascota, un suricato.
Más allá del círculo familiar inmediato, existe otro conflicto: la madre de Shu-Fen, vanidosa y moralista, está involucrada en una red de tráfico de personas. Mientras, su marido, le suelta a bocajarro a la pequeña I-Jing que ser zurda es una maldición, ya que la mano izquierda "pertenece al diablo" (de ahí el título).
I-Jing absorbe esta superstición popular, como hacen los niños con los mensajes de los adultos, y comienza a robar baratijas llamativas de los puestos del mercado cercano, utilizando siempre su diabólica mano izquierda.

La trama se desarrolla en múltiples planos, y se requiere una dirección muy diestra para mantener cada hilo argumental atractivo, como lo vamos viendo. Tsou alterna entre las distintas perspectivas con la gracia de un malabarista, mostrando una profunda compasión por sus personajes (excepto por la abuela, retratada con dureza), incluso cuando ellos no sienten compasión el uno por el otro.
Un episodio hacia el final es realmente dramático. Es en la celebración del cumpleaños de la abuela, cuando en una discusión de I-Ann bajo los efectos del alcohol, declara que la niña I-Jing no es su hermana menor sino su hija y que, por lo tanto, su abuela es bisabuela de esta. Esta revelación abrupta es una afrenta en Taiwan, una revelación llena de resentimiento durante una serie de enfrentamientos socialmente embarazosos.
En todo momento el pulso de la película late con firmeza gracias a su deslumbrante fotografía realizada con iPhone, obra de Ko-Chin Chen y Tzu-Hao Kao. La lente panorámica se abre cada vez más, como si intentara devorar las vistas nocturnas de la ciudad iluminada por neón en grandes bocanadas.
Es una historia atractiva, en una bulliciosa metrópolis de decadencia y esperanza, y a veces, simplemente la cámara recorre a toda velocidad en scooter las calles de Taipéi, intensamente iluminada contra un cielo oscuro, genial y desenfrenada actividad cinematográfica.

Hay una escena de montaje rápido, la niña corre de vuelta al puesto de fideos a través del mercado mientras suena música percusiva, rebosante de miedo y emoción por su nuevo pasatiempo ilícito de hurtar pequeños objetos.
Ejemplo de inmersión sensorial, el montaje entrecortado imita la descarga de adrenalina de la novata ladrona que recorre sus venas infantiles. Estas imágenes junto con escenas de patinetes y las tomas deslumbrantes de la vida callejera de Taipéi, hace muy especial esta entrañable película.
De vez en cuando, por un instante fugaz y conmovedor, la imagen fragmentaria se resuelve en una simple expresión de amor recuperado por el primer lugar al que llamaste hogar.
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