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“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

Estamos pasando por una época sin precedentes en lo sanitario, en lo social, lo político y lo económico. El COVID-19 ha venido a trastocar nuestras burguesas existencias europeas y a cantarnos al oído nuestra fragilidad y otros…

Claro que muchos pensamos, no sin razón, que la fragilidad no afecta por igual a todos los ciudadanos. Como dice la famosa sentencia contenida en el libro “Rebelión en la Granja”, escrito por George Orwell en 1945: “Todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros”, lo que dicho de otro modo quiere decir que aunque sobre el papel todos somos hijos de la patria, siempre están los favorecidos, que siéndolo también, sin embargo gozan de mayores privilegios. Esta frase la utilizo Orwell de forma sarcástica para criticar a los mandatarios comunistas de la ex Unión Soviética.

Pero en nuestro caso, concretamente en nuestra España, lo podemos trasladar a los pudientes y muy ricos (pocos) “versus” los de media y baja clase social (mayoría). Es muy probable, por no decir más que probable, que mientras esa minoría sacará tajada del CV-19, los menesterosos e incluso la clase media, nos podemos ir preparando para la que se nos viene encima. El virus pasará, pero sus secuelas quedarán entre nosotros. Por eso traigo hoy a colación, por su actualidad de siempre y singularmente de este tiempo, al gran director de cine británico Ken Loach, quien en sus películas habla de personajes marginados que pueden ser nuestro padre, la abuela, nuestro vecino de toda la vida. Individuos relegados, enajenados y tratados como números o meros peones. Estos retratos los dibuja Loach en forma de historias sencillas narradas con el corazón, historias penosas que nos pueden servir para aplicarnos el cuento.

Además, es digno de destacar la enorme delicadeza con que Loach trata estos temas y dando voz a los que no la tienen. Los relatos que voy a comentar nos enervan y nos incitan interiormente a rebelarnos. Si habitualmente las películas se hacen sobre gente de clase alta o directamente rica, o personas de vidas importantes o metidas en dramas o comedias, el cine de Loach siempre introduce al Pepito Grillo de la conciencia social, pues se ocupa de que se escuche la voz de la gente común, que son quienes lo pasan mal o muy mal.

Este cine puede servir para que el ciudadano honesto, tal vez acabe entendiendo y compadeciendo definitivamente a esta gente del “descarte”, como la califica el Papa Francisco. A la vez, puede ocurrir que acabemos sintiendo ese enfado que viene de lo que James Tedeschi llamó “la percepción de injusticias”. En su obra “Perspectivas sobre el poder social”, este psicólogo social previno de una razón poderosa y causa importante de malestar y violencia social: la percepción de acciones injustas, el sentimiento de que la iniquidad y la desvergüenza imperan y campan por sus fueros. A las personas nos indigna y nos vuelve agresivos ser testigos de injusticias.

La crítica social de Loach

El cine de Loach tiene la capacidad de movilizarnos interiormente, porque cuenta historias veraces, muy creíbles e inmorales. Pone en pantalla a personajes y situaciones que podemos identificar en nuestra realidad cotidiana y que provoca la irritación del espectador; también suscitan un sentimiento de piedad por esa gente sencilla que apenas aspira a una vida decorosa y a cambio no recibe más que ostias y varapalos. Historias muy humanas con las que Loach nos ha obsequiado en películas como Kes (1969), Family Life (1971), Agenda oculta (1990), Riff-Raff (1991), Lloviendo piedras (1993), Mi nombre es Joe (1998), Yo, Daniel Blake (2016) o más recientemente con Sorry we missed you (2019), que comentaré en otra entrega. Casi medio siglo azotando el pensamiento social y político de los ciudadanos del mundo y particularmente de la Europa Occidental.

SORRY WE MISSED YOU (2019). Loach ha declarado que estamos ante una gran lucha y “una película sólo puede muy hacer poco (…) creo que el público quiere recuperar ese sentimiento de lucha, y espero que al salir del cine digan: basta, esto es intolerable.”

Este film cuenta la historia de Ricky (Kris Hitchen) y su familia. Son una familia que ha luchado duro para salir adelante. El padre ve una nueva oportunidad de trabajo como “falso trabajador autónomo” repartiendo paquetes con una furgoneta de su propiedad, para una empresa externa. Su esposa cuida ancianos y enfermos, y sus hijos, uno adolescente y conflictivo y una niña precozmente madura, se resienten de la ausencia de padre tantas horas al día. Esta situación hace que los lazos familiares se vayan resquebrajando.

Loach plantea un auténtico drama social sustentado en actores estupendos como Kris Hitchen y Debbie Honeywood, actores desconocidos que parecen personas comunes. Fiel a sus principios de viejo marxista, Loach hace un análisis de los servicios de paquetería, servicio urgente y estresante que cuando llegan al domicilio y no está el receptor del paquete dejan ese escrito que da título a la película: “Sorry, we missed you” (“Lo siento, te hemos echado en falta”).

Gran guion de Paul Laverty que utiliza escenas rápidas con una presurosa cámara, diálogos al límite, bordeando el melodrama. Un cine vivo, urgente, para levantar conciencias y rebelarse contra el consumo voraz a domicilio. Una denuncia a la denominada “nueva economía colaborativa”, concepto engañoso tras el cual están los crueles ambages del capitalismo salvaje; donde los trabajadores son tratados peor que en tiempo de los señores feudales. Loach ha dicho: “Según el proyecto neoliberal, la mano de obra debe ser vulnerable, porque así aceptará salarios bajos, contratos basura y trabajos temporales. Y para que el trabajador siga siendo vulnerable hay que hacerle creer que tiene lo que merece. Ese es el secreto: recordar a los humillados que la culpa es suya”.

Esta es la idea del film, la enorme dificultad para frenar la injusticia, dado el fenómeno tan actual en que cada vez más trabajadores se convierten en “emprendedores de su propio infortunio”. Entonces, como dice Loach, es el trabajador quien se labra su propia desgracia, no el sistema. Pero cualquiera que tenga algo de inteligencia y buena voluntad, concluirá seguro que estamos hablando de una farsa, la del “falso autónomo”.

LLOVIENDO PIEDRAS (1993). Vi esta película el año de su estreno. Cada vez que la vuelvo a ver experimentó un sentimiento de solidaridad y simpatía por toda la pobre gente a las que el mundo liberal y furioso arroja a los pies de los caballos del paro, la necesidad, el hambre y otros males mayores de tipo sociales y psicológicos.

Esta película retrata con gran acierto el drama del desempleo durante la época de la autoritaria y pragmática Margareth Tatcher en Inglaterra, cuando el mercado se impuso por encima del hombre, y las bestias del rédito aullaban por callejones oscuros.

El director Ken Loach hace lo que sabe: denunciar la injusticia. Y lo hace de manera excelente, apoyado en un gran guion de Jim Allen que narra con el pulso debido, una historia que cautiva, que engancha, que además, dentro de su dramatismo tiene sentido del humor e incluso hace reír, pero que deriva por la pendiente de la tragedia, emocionando pero sin sentimentalismo de saldo, con la dosis justa de fatalidad, y también de entretenimiento, sin que parezca un sainete ni un melodrama.

El reparto es muy bueno, aunque el reparto no sea muy conocido entre nosotros. En sus papeles principales Bruce Jones hace una interpretación de altura y empática, que deja traslucir la situación difícil que vive él, su familia y sus amistades. Julie Brown hace a las mil maravillas el rol de amante esposa acuciada por las necesidades domésticas.

Estamos ante un film que cuenta historias cotidianas, historias sencillas. Un padre dispuesto a lo imposible para conseguir un traje de comunión para su hija; parados que roban cesped para revenderlo; o un borrego para vender su carne. Y no hay que dar más vueltas, pues esta es toda la historia. El mérito estriba en su capacidad de denuncia y en que en su narración, Loach insiste en un drama urbano de humor desnudo y agrio, de sincera denuncia social. Además. Loach no se las da de intelectual dogmático con un credo de verdades inamovibles; más bien hace una propuesta ética y también cinematográfica, despojada de artificios, para así conseguir la autenticidad del instante; y lo logra.

Resumiendo, cinta cargada de escenas realistas y amargas. Sin embargo, en ningún momento cae en la ñoñería ni en la tendencia lacrimógena. Es una película excelente y además tiene un final complejo y muy acertado.

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