El último acontecimiento sociodeportivo de la ciudad, con tintes taurinos, ha sido la mayor muestra de cómo no siempre llueve a gusto de todos. La ciudad quedó paralizada, entrar en ella era una odisea y los aparcamientos sufrieron una merma parecida a la de un fin de semana de agosto en plena corrida de toros. Sin embargo, sin saber si el precio mereció la pena, la ciudad, a vista de pájaro, ocupó amplias franjas de la televisión durante la etapa portuense.

La salida, jalonada con las cabezas de los ensabanaos, recorrió miles de hogares y la proyección turística de la ciudad quedó patente. Creo que nadie permaneció indiferente, y hasta quienes, como yo mismo, no nos montamos en bicicleta desde que abandonamos los ruedines sentimos ese ridículo y absurdo orgullo que aparece cuando vemos que nuestra ciudad es el centro de atención de casi toda España.

Es de suponer que, detrás de aquellas pocas horas de evento, hubo miles de horas de trabajo que hicieron posible la jornada, y entiendo que el resultado nos fue provechoso. Los frutos, ni idea de qué ganaremos con todo esto, porque, si de turismo se trata, la ciudad anda, si no sobrada, sí a casi pleno rendimiento. Pero algo sí me queda claro: las imágenes a vista de pájaro, la senda tomada por la Vuelta, los paisajes, el entorno y la promesa de un fin de fiesta, a modo de tercer tiempo, seguro que no dejaron indiferentes a miles de aficionados al medio de transporte más clásico.

El Puerto ahora también puede convertirse, al igual que Cantabria o Asturias, en un destino para venir con la familia a disfrutar de la campiña y de rutas interminables entre viñedos. Mientras unos se fríen al sol de agosto, el resto de la familia puede quedarse en la playa. Quién sabe, quizá este nuevo evento sirva para impulsar ese turismo deportivo que tanto atrae a algunos, de esos que tienen un remolque para bicicletas que valen más que una Harley-Davidson.

Porque de algo no tengo ninguna duda: desde que la Vuelta Ciclista o el Tour de Francia ocupan la sobremesa, las carreteras se llenan de pelotones dándolo todo, hasta por culo, en las estrechas carreteras de la sierra. Al menos, por los senderos o rutas de aquí a Lomopardo solo los tábanos y los mosquitos pueden ser importunados, porque la fiebre ciclista es algo que, bien sabemos, no desaparecerá. En algunos dura desde que consiguen sostenerse sobre dos ruedas hasta que se compran la eléctrica con ayuda para las cuestas.