“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

Estas dos películas que ahora abordo tienen elementos en común. Por empezar, y dada la reciente pérdida de nuestro actor Manolo Solo, la relación más clara entre ambas es la presencia de Solo.

La relación temática entre las dos es también profunda: ambas exploran la violencia como herida social, la culpa, la impunidad y la imposibilidad de cerrar el pasado. Desde estilos distintos, hablan de un país marcado por traumas que vuelven una y otra vez.

La culpa como motor narrativo

Ambas historias avanzan porque sus protagonistas cargan con culpas que no pueden resolver: policías que participaron en prácticas represivas; un hombre que no supera un crimen pasado. La culpa no se verbaliza, se oculta, se paga.

En las dos está presente la violencia estructural. Un país que intenta modernizarse, pero arrastra viejas sombras. Un entorno social donde la justicia oficial es insuficiente y la justicia personal se vuelve tentadora. Películas que muestran la violencia como síntoma de algo más profundo.

De otra parte, también hay “masculinidad herida”, hombres atrapados en modelos de masculinidad que les impiden pedir ayuda, reconocer su fragilidad. Los conflictos se resuelven con furia, no saben gestionarlos de otro modo.

Finalmente, es común la idea de España como espacio moral. Aunque una transcurre en las marismas del Guadalquivir y la otra en la periferia urbana, ambas construyen un paisaje moral donde la tensión es constante, la verdad siempre incompleta y donde el pasado pesa más que el presente: España como país que no ha terminado de mirar de frente sus heridas.

TARDE PARA LA IRA (2016). Película que trata sobre un robo cometido en Agosto de 2007 en Madrid en una joyería. Los ladrones, tras saltar la alarma, escaparon con el botín dejando un reguero de sangre, pero el conductor que los esperaba fuera, Curro (Luis Callejo) fue atrapado y metido en la cárcel donde pasó ocho años de su vida.

En tanto, mantiene una relación con su pareja Ana (Ruth Díaz), con la que tiene un hijo fruto de sus relaciones en prisión con ella.

José (Antonio de la Torre), cuya novia muere en el atraco, es un hombre huraño y callado que frecuenta el Bar de la novia de Curro, al punto que la seduce y mantiene relaciones con ella. Cuando Curro sale de la cárcel deseoso de iniciar una vida nueva con su novia y su hijo, se topará como con una situación inesperada.

A la vez a un desconocido José, que en el atraco perpetrado por Curro y sus colegas lo perdió casi todo: familia, novia, dinero, etc., en él anida en la venganza que le ha acompañado durante años. José monta a Curro en su coche e inician un periplo extraño donde ambos enfrentan los fantasmas del pasado, lo cual acabará en una venganza descomunal que sólo un perturbado puede incubar tan largo tiempo y con tanta saña.

El director Raúl Arévalo hace un trabajo sin alardes ni planos accesorios, centrándose en la ira de José tras todo ese tiempo largamente esperando que los culpables del robo y de la muerte afloren, den la cara.

Es una cinta que trata sobre la gestación lenta y paciente de la ira, y el abismo que la separa de la reconciliación y el perdón. Venganza en estado puro rodada a golpe de furia, ímpetu y malignidad.

El guion de Raúl Arévalo y David Pulido ha sido escrito concienzudamente, con el tesón y la perseverancia de cinco o seis años de serio trabajo y en él se está muy pendiente de hacer que todo encaje, que cada línea de guion explote.

La música de Lucio Godoy del tipo flamenquito y similar. La fotografía de Arnau Valls Colomer es bastante buena y la cámara se pega literalmente a los personajes tensando la mirada del espectador hasta llegar por momentos al desasosiego. Sin olvidar el Súper 16 mm que aporta grano y suciedad a la propuesta. La puesta en escena es acorde con la concisión de los personajes.

Reparto muy bueno, con dos actores en plenitud, Antonio de la Torre y Luis Callejo, y un descubrimiento inesperado en su momento que actúa como si anduviera por su casa que es Ruth Díaz, amén un Manolo Solo sensacional (Goya).

Es una obra que a Arévalo le sale bien, aún con su dureza y esa atmósfera incomprensible y turbia, en la que los personajes huelen a calle y a supervivencia, los diálogos y las situaciones son creíbles. Es una película con olor y sabor.

Pues la violencia existe en cada uno de nosotros, pero la ira es un pecado capital y tal vez el peor de todos, como se advertía en la magistral película Seven (1995) de David Fincher. Científicos y filósofos (Lorenz, Freud, Fromm, etc.) lo afirman: en nuestro interior habita la violencia.

Y Arévalo lo retrata con la fuerza exponencial del furor largamente anidado, describiendo una historia de intento de regeneración y de venganza trabajando muy bien las características de los personajes, perdedores con un destino adverso.

Arévalo abreva en otras fuentes como el costumbrismo cañí con tonos noir y en el western crepuscular, y además tiene intuición a la hora de construir atmósferas viciadas, consiguiendo trazar un itinerario de odio a ritmo de road movie para componer una tragedia en que los personajes se encuentran atrapados en sus propias miserias.

 

LA ISLA MÍNIMA (2014). Esta película comenzó, según contó su director Alberto Rodríguez, en una exposición de fotos del fotógrafo sevillano Atín Aya, que capturaba los últimos vestigios de una forma de vida en las marismas del Guadalquivir. Fotografías que eran retratos de los lugareños y desprendían desconfianza y dureza, rostros anclados en el pasado; parecían dentro del decorado de un western.

Se trata de una obra que habla de una época que se remonta a 1980, los inicios de la democracia, cuando aún se mantenían el retrato de Franco junto al del Rey Juan Carlos I en los organismos oficiales como la Policía o la Guardia Civil.

Lugares recónditos de la geografía sevillana, marismas duras, lugares misteriosos, donde la riqueza y el poder conviven con el dolor y la miseria de unos personajes fruto del pasado político y social del país.

El filme se desarrolla en un año de gran tensión entre las dos Españas tras el reciente advenimiento de la democracia. Era una tensión que rechinaba, que latía por debajo de las cosas y las personas. Luego vendrían Tejero, Armada y todo eso.

Las marismas eran parte agrícola, sobre todo arrozales, y otra parte cotos de caza, donde abundaban cazadores furtivos que mataban de todo. Un lugar poco evolucionado de donde todos querían salir para encontrar una vida más digna, en el extranjero, en la Costa del Sol, Cataluña, etc.

El rodaje fue muy duro. Para el equipo de dirección, la marisma era un territorio inmenso muy severo, magnético y a la vez inhóspito y cruel. Una película difícil de rodar, muy física para todos los miembros del equipo.

Es un thriller en toda regla, de perfecta factura, con paisajes inquietantes, película densa y potente, cine negro que aporta muchos matices: sociales, políticos, culturales, históricos, y cómo no, policiales; unos hábitos de investigación hoy impensables.

Todo un drama reflejado en la vida de dos policías, una dirección artística de primer orden y una trabada narrativa que nos atrapa. Estamos en una época en la que aún conviven los fantasmas del pasado franquista, con un futuro esperanzado en los españoles que inauguraban la democracia.

La película, cuenta la historia de dos policías, con ideologías antagónicas, uno, Pedro, de la expolicía política de Franco, el otro, Juan, más progresista, joven y con otra forma de enfocar su trabajo.

El joven ha sido expedientado por protestar la actitud de algunos militares golpistas del momento. Ambos son enviados a un remoto pueblo a investigar la desaparición de dos chicas adolescentes. Nadie echa de menos a las chicas, pues todos los jóvenes quieren irse lejos y a veces se escapan para conseguirlo.

Rocío, madre de las niñas, consigue que el juez de la comarca se interese por ellas. Es en este punto donde Madrid envía a los policías Juan y Pedro. Una vez en marcha los detectives, una huelga de jornaleros pone en riesgo la investigación.

Pero los policías descubren que en los últimos años han desaparecido varias jóvenes más y que aparte del arroz, hay otra fuente de riqueza: el tráfico de drogas.

Los policías de esos entonces poseían escasos recursos, y poco presupuesto. Además, nada es lo que parece en una comunidad aislada y opaca. Las pesquisas de los detectives no llevan a ningún lado.

Es la España profunda del sur, unas gentes que no obstante su miedo y su cautela, tendrán que enfrentarse a un asesino cruel, pues son sus hijas y vecinas las víctimas.

El encuadre son lugares que parecen el final del mundo, terrenos laberínticos y de marisma, sitios que uno no querría frecuentar. En ese entorno se desarrolla la trama que en ocasiones llega a producir auténtica angustia.

Película donde desaparecen dos adolescentes que luego aparecen violadas y mutiladas, donde la Guardia Civil, el juez, y la gente del lugar, defienden a los poderosos terratenientes o los temen. Nadie habla. Un relato que se hunde en nuestra incipiente democracia y en las mentiras, medias verdades y pactos, algunos vergonzantes.

Es una de las más inteligentes revisiones del pasado próximo que ha visto el cine. De hecho, toda la película hace pie en la certeza de que el pasado es en realidad el presente y que todos los errores de antes no son más que las heridas de ahora.

Es el tiempo antiguo que se amontona como el polvo en los vallados y que se cuela por las rendijas de la Historia y de las historias por doquier, en la actualidad, hoy mismo, sin dar tregua.

La incertidumbre, el horror sin nombre, la vida de señoritos aburridos que se pasan de la raya, pero también la pasividad de las clases subalternas, los sueños de adolescentes que se mueren de aburrimiento y aspiran a un mundo mejor, esos son los elementos del puzle.

Dirección magistral de Alberto Rodríguez; un guion inteligente y muy trabajado del propio Rodríguez junto a Rafael Cobos. Música inquietante de Julio de la Rosa; la fotografía parda y excelente de Alex Catalán. Y para redondear: gran puesta en escena, vestuario y coches, decorados, etc., de la época; y buen montaje.

En lo que toca al reparto un magnífico Javier Gutiérrez, que encarna con intensidad todo el conflicto latente entre dos mundos, un papel en el que pone rectitud a lo deshonesto, a pesar de su turbio pasado. Raúl Arévalo es el otro pilar, el joven policía movido por los sentimientos inocentes de quien se cree un brazo de la Ley.

También son meritorios Nerea Barros (que sortea los obstáculos de la brutalidad de su marido); el malagueño Antonio de la Torre, que sintoniza con los demás; y Jesús Castro, que vuelve a interpretar a un individuo de dudosa catadura moral. Pero hay mucha tela. Entre los 44 actores y actrices que participan, destaco a Manolo Soto o Jesús Carroza.

Película realista e inteligente que no pierde interés en ningún momento. Una denuncia sutil que no resulta pesada. El director respeta a su espectador, y éste sale gratificado de la sala. Más que suficiente.