
“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.
Hay películas que tratan con gran dureza las dictaduras comunistas, lo cual me parece bien y acorde al enorme daño que hicieron e incluso hacen, estos regímenes sobre la población sometida.
Pero hay otras que hacen crítica y sarcasmo, pero tirando de humor. Al fin, el humor es muy importante para templar gaitas, calmar los ánimos, conciliar voluntades y hacer la vida mejor.
En línea con esta premisa traigo tres películas geniales: Good bye, Lenin! (2003), de W. Becker; Un, dos, tres (1961), de B. Wilder; y Ninotchka (1939), de E. Lubitsch.
GOOD BYE, LENIN! (2003). Esta película se sitúa en el Berlín de 1989, a pocos días de que caiga el Muro. Justo cuando la madre de Alex, una mujer orgullosa y apasionada del comunismo, en esos mismos días había entrado en coma por un accidente cerebro vascular.
Ocho meses después, tras despertar de su letargo, su amantísimo hijo hará lo imposible para esconderle la realidad de la caída del comunismo, y que no se entere de que ya se está viviendo la reunificación alemana. Que no sepa que el capitalismo altivo se ha apoderado al fin de la Alemania comunista.
Todo el empeño del amoroso joven se vuelca en convertir el apartamento que habitan, con su madre reposando en la cama, en una especie de isla anclada en el pasado comunista, que todos los detalles: la comida, las celebraciones, incluso los programas de TV que él mismo graba de forma casera con un amigo (incluidas las noticias trucadas del líder Honecker); todo al detalle para que no se note el gran cambio en el país. Las idas y venidas de su hijo son un ejercicio de amor y comicidad a partes iguales.

Toda esta parodia, todas estas cómicas y delicadas escenas del amor de un hijo, de la añorante madre, hace agradable y tierno el filme, sin restar su carga de sátira, el retrato de la realidad de un mundo que cayó hecho pedazos en pocas horas, dejando a un lado a convencidos o nostálgicos del pasado.
La película está bien dirigida por Wolfgang Becker, que construye una caricatura cordial de la época y del contexto de aquel Berlín recién reconvertido e invadido de curiosos occidentales. Becker logra continuas situaciones cómicas que contrastan con otras llenas de emoción, y al mismo tiempo, se permite criticar y mostrarnos las taras de ambos sistemas: el capitalista y el comunista, aunque a este último le da más fuerte.
Gran guion del propio Becker junto a Bernd Lichtenberg, un libreto cargado de chispa y encanto. Buena música de Yann Tiersen y una excelente fotografía de Martin Kukula, que sigue con la cámara a sus hiperactivos personajes.
Reparto de los buenos, destacando el genial y convincente Daniel Brühl, a quien acompañan Katrin Saß, Chulpan Khamatova, Maria Simon, y otros actores de reparto de gran calidad.

La película no es un tratado sociológico o político sobre la caída del muro o de los comunismos, tampoco pretende hacer un análisis histórico en profundidad. El filme es ante todo una comedia entretenida y original, que aporta una visión amable de la caída del muro.
Una historia que cuenta cómo evolucionan sus protagonistas, los cambios y alternativas que se abren con el advenimiento de la democracia y el libre mercado. Una visión también respetuosa para con los antiguos habitantes de la República Democrática Alemana.
Cinta didáctica para quienes no conocieron el comunismo, y, además, una lección simpática de esta forma de gobierno, sin acritud ni causticidad excesiva. Se cuenta la caída del muro de Berlín y la reunificación alemana a finales del siglo XX. Se muestra la inutilidad de quedar anclado en el pasado y la necesidad de evolucionar.
UNO, DOS, TRES (1961). Esta película de Billy Wilder es un paradigma del cine de humor, un humor de gran sutileza, un humor irónico, cáustico y veraz sobre aquel experimento tan cruel que fue el comunismo de la URSS, sin excluir el nazismo o el capitalismo feroz a quienes también da un repasito bueno.
Wilder trata estos temas con un afilado guion escrito por él mismo junto a I.A.L. Diamond, basado en la comedia en un acto "One, Two, Three" (1930), del húngaro Ferenc Molnár (1878-1952), gran intelectual de la primera mitad de siglo pasado.
Sus aceradas escenas, su mordiente, su comicidad de hondo calado y a veces la carcajada que suscita, hacen de este filme una obra imperdible y un análisis muy agudo del comunismo y también del mundo empresarial norteamericano. Esta aguda humorada, está ambientada en el Berlín de la Guerra Fría.
La película tiene una gran música de André Previn, que incluye fragmentos de la "Danza del sable" de Khachaturian, "Las Walkyrias" de Wagner, e incluso del rock: "Itsy-Bitsy Teeny-Weeny". Y excelente fotografía en blanco y negro de Daniel L. Fapp, que además mueve la cámara con "gags" visuales y subrayando la trama.

El reparto es genial, con otro grande, el actor James Cagney que borda el papel de empresario ambicioso, jefe de ventas de Coca-Cola en Berlín que vislumbra por fin su meteórico ascenso en la empresa, dando el salto al otro lado del Telón de Acero.
Igualmente de lujo están el resto de actores y actrices de primer orden como Pamela Tiffin, Horst Buchholz, Arlene Francis y otros. Un auténtico coro de intérpretes con vis cómica y enorme ingenio.
Cuenta la vida en Berlín del ambicioso, astuto y típico norteamericano C.R. MacNamara (Cagney), quien desde el occidente berlinés pretende abrirse paso hacia la URSS con su incuestionable Coca-Cola.
Sueña con con la llegada de ese día, mientras se entretiene con su secretaria y procura pasar por alto las excentricidades de su plantilla que sigue actuando con las mañas del recién extinto nazismo.

Pero lo que su jefe supremo le encarga desde los EE. UU. es que cuide a su hija Scarlett, que llega a Berlín de visita temporal. Scarlett es una enredante e impetuosa joven que, con dieciocho años, ya ha estado prometida en cuatro ocasiones.
Pero lo peor viene cuando tras saltarse la vigilancia de MacNamara, conoce y se enamora perdidamente de Otto Piffl, un joven comunista cargado de ideas estereotipadas y consignas, que vive en la Alemania Oriental. A partir de aquí todos los planes del ambicioso jefe de ventas peligran. MacNamara hará lo imposible por deshacer el noviazgo.
Wilder destaca y luego ridiculiza los tópicos del nazismo, del comunismo –al que le dedica grandes dosis de sátira- y del capitalismo, pues desvela los aspectos más deficitarios del mundo americano (recordemos que Wilder es de origen húngaro).

De manera que delata, siempre en clave de humor, la disciplinariedad estúpida de las reminiscencias hitlerianas en los taconazos y forma de cuadrarse de los empleados berlineses, se ríe de las consignas y el colectivismo comunista, ataca la enfermiza obsesión por ganar dinero de los americanos, y denuncia la ambición social por el ascenso y el reconocimiento.
Humor más que inteligente, ritmo trepidante, montaje perfecto, interpretaciones admirables, escenas a toda velocidad con persecuciones alocadas, James Cagney magistral, enérgico y chillón, representante de ese capitalismo maquiavélico típicamente americano, con sinuosa secretaria y chistes en tropel.
NINOTCHKA (1939). La genialidad del director Ernst Lubitsch es palmaria desde los primeros momentos del filme, una obra producida y dirigida magistralmente por él. Tiene un guion superlativo de Charles Brackett, Billy Wilder y Walter Reisch, basado en una historia de Melchior Lengyel e inspirado en un musical de Broadway titulado Silk Stocking.
La historia es así. Tres representantes del gobierno soviético (Sig Ruman, Félix Bressart y Alexander Granach) llegan a París para vender unas joyas que habían pertenecido a la antigua aristocracia rusa: La Gran Duquesa Swana (Ina Claire).
La Gran Duquesa envía a su amante Leon Dolga, el conde d´Algou (Melvyn Douglas), un locuaz bon vivant, para intentar mover hilos legales y recuperar las susodichas joyas. Para lograrlo, Leon atrapa al trío de comunistas bajo los encantos sexuales y festivos de la ciudad de la luz y del capitalismo en general.

Como quiera que los comisionados se retrasan, Moscú decide enviar un nuevo y férreo representante de su gobierno: Nina 'Ninotchka' Ivanovna Yakushova (Greta Garbo). Ninotchka es una convencida comunista pragmática y analítica. Pero casualmente, una tarde conoce al conde, el cual se siente fascinado por ella, sin saber aún que es una agente soviética.
Con sus artes y encantos Leon ablanda el corazón de Ninotchka, su frialdad comunista cede y ambos se enamoran. Cuando se entera la Gran Duquesa, celosa y con artimañas fuerza que Ninotchka vuelva apresuradamente a la URSS. Una vez allí, Ninotchka queda prácticamente aislada sin apenas recibir noticias de su amado Leon.
Pero en un viaje que debe hacer a Constantinopla por otro asunto de trabajo, se encuentra de nuevo con su amado caballero. En la historia el trío de agentes bolcheviques aporta uno de los motivos principales de risa, que se completa con la figura hierática de Ninotchka, sus justificaciones ideológicas y su inicial falta de sentido del humor.

Estamos en el año 1939, o sea, antes de la Segunda Gran Guerra, pero ya el nazismo apuntaba maneras. Billy Wilder, defensor a ultranza de las libertades, cuando presintió el peligro de Hitler, se fue para EE. UU.
Otro régimen que atentaba contra la libertad era el comunismo de Stalin. Fue así como adaptó esta sátira de la vida, hábitos y costumbres en la Unión Soviética, filme que dirigió su maestro Ernst Lubitsch con su magisterio mezcla de cinismo, picardía y elegancia.
Este filme goza además de una excelente música de Werner R. Heymann que combina antiguas melodías vienesas de cuerda con modernos fragmentos de viento y percusión; y una “colorista” fotografía en blanco y negro igualmente magnífica de William Daniels, que mueve la cámara con agilidad, haciendo giros soberbios y travellings extraordinarios.
En cuanto al reparto es de lujo. Greta Garbo bellísima, brillante, elegante y cuyo rostro posee gran intensidad ante la cámara; Melvyn Douglas inspirado, genial, simpático: todo un dandi; y acompañan otros artistas como Bela Lugosi, Ina Claire, Sig. Ruman y otros, todos de diez.
Quiero subrayar la importancia que este filme otorga a la libertad, aun con socarronería y sátira, pero con decisión. Con este filme, Lubitsch-Wilder nos previenen de los peligros con el mensaje: amor y libertad versus odio y dictadura.

Me permito recordar que la visión del psicoanalista Erich Fromm en su obra El miedo a la libertad donde refiere la importancia de una libertad positiva, que no es meramente una emancipación de restricciones sociales, que ha de venir acompañada de un elemento creativo y la implicación con los otros.
Según Fromm, un Sistema Autoritario puede reemplazar el orden anterior con una apariencia exterior diferente. Entonces, la genuina manera de ser libre como persona, es ser espontáneo en la autoexpresión, siendo necesario estar vinculados con las personas que nos rodean y buscar todas las oportunidades de amor y de solidaridad. La película habla también de esto y muy a las claras.
Es un filme que hace un profundo y apasionado análisis del ser humano. Nos presenta a personajes que lejos de doblegarse a consignas o ideologías, se conducen por el humor y la amistad, pero sobre todo por el amor que rompe reglas y convenciones; el amor que moviliza energías de manera incontenible.













