El tiempo pasa, algunas personas… no. Y Lorca no es una excepción. Forma parte de esos privilegiados con nombre propio que vuelan por encima de muchos, o de todos.
Su muerte, prematura, llegó en el momento justo, cuando llegó, de forma injusta, como la de otros muchos. Y aunque no lo conocí, como es natural, hay algo en él que me atrae de manera sobrenatural. Su figura, al menos para mí, me transmite paz, bondad; se aleja del odio que le rodeaba.
Sus obras se adentran en mis pensamientos y me hacen reflexionar, y su poesía me lleva a mundos imaginarios, inmaculados, duros, pacíficos y amargos; mundos reales que él vio desde unos ojos que no sentían pena, ni odio, ni amargura, solo transmitían esperanza y un claro deseo de vida.
Su poesía nunca me hizo sentir odio ni amargura y, aun rezando a la muerte, la paz se deja ver entre sus versos. Su muerte ni me duele ni me alegra y, sin embargo, me sobrecoge leerle más vivo que nunca. Y me duele cómo lo usan, cómo lo analizan para sacar lo peor del ser humano: el odio y la lucha.
Pues si tengo algo claro es que Lorca luchó, de forma tan valiente que dio su vida por ello. Luchó por la amistad, la amistad universal, de abajo arriba, de un lado al otro de todo el ámbito aterrador que lo rodeaba. Luchó por el amor, ese amor con mayúsculas que une a un hombre con una mujer, a un amigo con otro amigo, a un ser querido con otro ser querido, de forma sincera y limpia, pero apasionada y sin filtros.
Luchó por desterrar el odio, la injusticia, los abusos. Luchó contra las imposiciones encorsetadas, ya vinieran de su lado derecho o de su lado izquierdo. Y sonrió, sonrió a una vida, a sus amigos, a sus amores y a su cielo.
Hoy no tengo la menor duda de que sigue sonriendo, sonriendo al ver tanto parapolla escupiendo odio en su nombre. Pero, conociendo su poesía, no se enfadaría, no sentiría asco, no se ofendería ni se lamentaría de los unos o de los otros.
No. Lorca no clamaría venganza. El genio, el humano e inmortal poeta, se limitaría a sonreír y, abriendo sus brazos, diría simplemente que el mar recoge naranjas y, acariciando la orilla, con besos de frío acero, hace el amor a una Luna que cabalga en negra plata.












