La ciudad, durante el siglo XIX y hasta principios del XX, llegaba hasta donde llegaba y, como era natural, con una floreciente industria vinatera en auge, se hizo necesario dotarla de infraestructuras adecuadas. Para ello se buscó un sitio alejado de la ciudad, pero lo suficientemente cerca como para que fuera accesible. Nació así lo que todos conocemos como el Campo de Guía, y más allá de él, el campo dominaba el horizonte.

La ciudad fue creciendo y creciendo, hasta que llegó un momento en el que la misma fagocitó aquel polígono industrial, creándose una gran cicatriz que atraviesa buena parte de la ciudad. Pasados los años ochenta, aquel polígono, por razones obvias, se fue desmantelando: desapareció el romántico olor a vino, así como la suciedad de los grandes camiones cisterna; se acabó el trasiego y empezó el abandono.

La cicatriz, cada vez más podrida, lejos de integrarse en el entorno urbano, se convirtió en un manchón abandonado y ahora, en pleno siglo XXI, se reclama como espacio identitario de la cultura bodeguera portuense —vamos, que ahora no dormimos añorando tiempos pasados—, como ejemplo de una arquitectura bella y elegante digna de ser admirada —como si nos agradara pasear entre sus arcos viendo las panarras revolotear entre sus vigas—.



Miles de metros cuadrados abandonados, refugio ideal para ratas, maleza y ocupas, potencial peligro de incendios en lo que actualmente es el centro de la ciudad. Entre los mejores argumentos para la defensa del entorno, y el furibundo ataque al derribo de La Pastora, que parece un preludio para la construcción de viviendas, está el de quien se pregunta si es normal que se construya un bloque de pisos en alguno de nuestros polígonos industriales.

Y entonces me entró el pánico… cuando la ciudad se coma lo que queda del viejo polígono que hay al lado de Bahía Mar, ¿qué ocurrirá? ¿Saldrán las fuerzas vivas de la ciudad a defender las naves de los cuatro talleres que quedan allí? ¿Se harán campañas en defensa de las bellas estructuras de chapas oxidadas? ¿Se luchará por la defensa y conservación del entorno industrial clásico de la ciudad?

Pues claro que sí, porque el objetivo será el mismo: la envidia y el dar por culo; el evitar que los dueños de los terrenos hagan negocio con los mismos. Porque el objetivo de estas defensas identitarias y politizadas, lo que en realidad esconden, es evitar la especulación y la recalificación de terrenos, porque para algunos es más importante evitar que se hagan negocios donde algunos ganen dinero que conservar cuatro cascos abandonados.

Campo de Guía tiene nombre y apellidos, y al final el fin último no es que se conserven enormes naves, propias de la época, inservibles hoy día, que a casi todas las personas normales les importan una mierda. El fin último es joder a quienes las tienen, ya sean firmas bodegueras, bancos o fondos buitre.

Quizás alcancemos sensatez y se luche para obligar a que en esa cicatriz, que araña la ciudad, se destinen espacios para viviendas de protección oficial, para zonas verdes que generen un nuevo pulmón; que se obligue a revertir un porcentaje para dotaciones públicas y, en todo caso, que se respete un determinado entorno arquitectónico que recuerde sus antiguas funciones.

Pero eso… eso sería pensar en positivo y con visión de futuro; sería olvidarse de que algunos, y no todos, ganarían mucho dinero, y eso… con una actual clase política que busca más la confrontación que la evolución sería demasiado pedir.