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Las películas que hoy comento tienen como protagonistas a personas que son (representan ser) Presidentes de alguna nación del mundo. Hombres sometidos a sus conciencias y enfrentados a sus dudas y limitaciones como primeros mandatarios.

Comento: La Grazia (2025), de P. Sorrentino; La cordillera (2017), de S. Mitre; Lincoln (2012), de S. Spielberg; o, El despertar de una nación (1933), de G. La Cava.

LA GRAZIA (2025). Esta obra parece una vuelta a lo que Sorrentino ya expuso en La gran belleza (2013), donde de nuevo un espectador del mundo que le rodea, se convierte en la razón de ser de la historia. En esta cinta hay una meditación sobre el poder y las edades postreras a través de un presidente italiano que debe afrontar decisiones irreversibles, y buscar la inalcanzable verdad.

Toni Servillo encarna a Mariano De Santis, presidente de la República Italiana, un veterano político demócrata, humanista, católico, y jurista egregio, que enfrenta los últimos días de su mandato. Momento de cambio existencial en el cual empieza a dudar sobre tres decisiones que ha de tomar.

Dos de ellas relativas a conceder un indulto a personas que han cometido un homicidio de forma consciente, y la tercera es referida a la aprobación de una Ley de Eutanasia en la que cree firmemente su hija.

Desde una postura de silencio y minuciosa observación nuestro protagonista delibera y dictará sentencia sobre su propia vida, sobre el poder de la memoria y la importancia de la verdad en sí. Estas disyuntivas, debe encarar el presidente. Flotando el dicho de que la “grazia” es la belleza de la duda.

Para Mariano la cosa se revelará con la gracia, no solo la gracia del indulto presidencial ni la gracia divina vaticana. Según sus palabras: según «la belleza de la duda». En un momento de edad y político donde las certezas son débiles, Sorrentino reivindica la dignidad de quien admite no saber. Y reivindica la melancolía, la memoria, el recuerdo, y hace un elogio del pasado.

El director napolitano experimenta consigo mismo y vemos a un Sorrentino fiel a sí mismo, y a la vez alejado de sus tópicos. Cinta sobria dentro de su obra, centrada en la duda moral y en la importancia discutible de la verdad.

Todo ello está hecho con contención expresiva, diálogos y una depuración formal que redelinea algunos de rasgos distintivos del cine Sorrentino. Hay afán y voluntad en unos diálogos inteligentes y en el encadenamiento de secuencias en pos de una exactitud limpia y transparente; igual que le sucede al protagonista.

En lo estético opta por una concatenación excelente de planos en la composición, pero sin grandilocuencia, al revés, los planos buscan el vacío, el absurdo y la soledad del individuo.

Sorrentino filma una geometría más pura, racional, más austera que otras veces. También se vuelca en planos largos, pocos movimientos de cámara y una música magnífica de Lele Marchitelli. Con ello acentúa la gravedad del momento vital del personaje que deambula por pasillos inacabables y amplias estancias vacías.

En cuanto al reparto, su gran actor fetiche, Toni Servillo, está genial, y engrandece el mensaje, encarnando a un político honesto que se interroga por la verdad y el buen hacer, una interpretación más silenciosa y fría que otras veces, a tono con la economía formal del realizador.

Claro está que Mariano De Santis terminará por emitir su dictamen y ejecutará las tres decisiones que finalmente ha tomado, basado en su análisis minucioso, sereno y observador.

La película deviene meditación pausada, intelectual y un tanto filosófica, que rechaza el drama al uso para apostar por la formulación de ideas y preguntas. El cine como espacio para la reflexión, dando la espalda a la emoción.

Una obra donde todo sale bien, especialmente el retrato del presidente.

 

LA CORDILLERA (2017). En una Cumbre de presidentes latinoamericanos en Chile, Hernán Blanco (Ricardo Darín), Presidente argentino, vive un drama político y familiar que le enfrenta a sus propios demonios. Ha de tomar dos decisiones que podrían cambiar su vida pública y privada: una complicada situación con su hija y  una decisión política crucial.

Aparece el “mal” en esta obra de tintes mefistofélicos, como cuando Blanco responde a una periodista española: "El mal existe y uno no llega a presidente sin haberlo visto un par de veces al menos".

La película tiene ramalazos a lo Polanski (La semilla del diablo, 1968) o de Kubrick (El resplandor, 1980), en esa mansión a tres mil metros y rodeada de nieve que resulta claustrofóbica.

Aunque el director Mitre no llega transmite gran desazón, no quita la cosa para que sea una obra de denuncia de los entresijos cavernosos y sucios que montan de los políticos, sin que la ciudadanía se entere de nada.

El guion (Mitre y Mariano Llinás), tiene sus claroscuros, pues a la trama añade otras derivaciones que acercan esta cinta a un thriller no sólo político, sino psicológico. Lo cual hace que pierda un tanto el hilo principal del relato y quede en las temáticas añadidas.

Buena música de Alberto Iglesias y gran fotografía de Javier Juliá que subraya la potencia visual del paisaje, de las curvas de la comitiva de coches oficiales, cual visualización de la mente retorcida del protagonista.

El peso de la historia lo lleva Ricardo Darín y éste responde más que bien pues es un actor con mayúsculas que en este caso borda de manera convincente la complejidad su personaje.

Hay otros actores y actrices que aportan bien hacer a la obra. El mexicano Daniel Giménez Cacho como desvergonzado presidente de su país; solemne Leonardo Franco; el yanqui que interpreta Christian Slater; Elena Anaya sintónica como periodista española audaz; el papel trágico de Dolores Fonzi, que abre la puerta a un universo incómodo.

El encuentro de conflictos que vive el protagonista explota una trama a lo Hitchcock, con sesión de hipnosis incluida. Esto puede servir para animar al espectador con algo casi fantástico: vivimos bajo el hechizo de quienes rigen nuestros destinos.

Pero también, al final, la impresión es que la película ha terminado inesperadamente dejándonos in albis sobre flecos y otros matices poco aclarados.

Revista Encadenados

 

LINCOLN (2012). En 1865, la Guerra Civil Americana se acerca a su fin. El presidente Abraham Lincoln propone una enmienda para prohibir la esclavitud en los EE. UU. Pero si la paz llega antes de que se apruebe la enmienda, el Sur podría rechazarla y seguiría la esclavitud; si la paz llega después, miles de personas seguirán cayendo en el frente.

Es una carrera contrarreloj para conseguir los votos necesarios, y el presidente Lincoln enfrenta una importante crisis de conciencia.

Steven Spielberg nos cuenta en esta película la imagen de un Lincoln que carecía de refinamiento social, pero que tenía una gran inteligencia y un profundo conocimiento de la naturaleza humana. El rasgo distintivo de este hombre (magistralmente interpretado por Daniel Day-Lewis), era una serena confianza en sí mismo, paciencia y una disposición a desenvolverse en la política con realismo.

La película se centra en los últimos meses de la vida de Lincoln, incluyendo la aprobación de la 13.ª Enmienda que abolió la esclavitud, la rendición de la Confederación y su asesinato, poniendo especial atención a los detalles políticos.

En la película, la aprobación de la enmienda está guiada por William Seward (David Strahaim), su secretario de Estado, y por el representante Thaddeus Stevens (Tommy Lee Jones), el abolicionista más influyente de la Cámara. Interpretaciones excelentes.

La capital, Washington, es punto de encuentro de políticos ambiciosos. La fotografía de Janusz Kaminski, utiliza tonos tierra e iluminación tenue en interiores. La Casa Blanca es un lugar de reunión para intrigantes y negociadores.

Este ambiente refleja las descripciones de la novela histórica "Lincoln" y no trata sobre un icono de la historia, sino sobre un presidente que fue despreciado por sus oponentes políticos como un simple paleto de pueblo.

El personaje de Lincoln (Day-Lewis) habla en voz baja, algo encorvado y exhausto por una guerra que desea parar. A su lado está su esposa, Mary Todd Lincoln (Saly Field), como esposa y madre. Ya ha perdido a un hijo en la guerra y teme perder al otro. Este niño, Robert Todd Lincoln (Joseph Gordon-Levitt), rechaza los privilegios familiares.

Aunque en la cinta aparecen algunos campos de batalla, la única escena de guerra se sitúa al principio. La película termina poco después del asesinato de Lincoln. En una escena anterior, el presidente Lincoln se aleja de la cámara tras la aprobación de su 13.ª Enmienda. El resto es historia.

 

EL DESPERTAR DE UNA NACIÓN (1933). Estamos ante una de las obras más valiosas del director Gregory La Cava, referida al “cine político” norteamericano, en previsión a la elección de Theodore Roosevelt como presidente USA, lo que se produjo en 1933.

Recupera la presencia del actor Walter Huston, que ya había encarnado a Abraham Lincoln, que aglutinó la presencia de conocidas personalidades de la izquierda en el mundo de Hollywood, como Franchot Tone y Karen Morley.

El resultado es una película controvertida que formula una reflexión políticamente incorrecta, sobre la débil frontera que existe en el ejercicio del poder. En medio de sus imágenes, hay una sensación de desasosiego, con líneas argumentales que se abandonan inesperadamente, un producto tan inclasificable como lúcido, con aguda intuición cinematográfica.

 Comienza con la toma de posesión de Jud Hammond (Huston) como nuevo presidente de los Estados Unidos de América, en un contexto de Gran Depresión. En la toma de posesión se detectará la hipocresía de la política, y un presidente que desprecia la prensa e ignora a los pobres ciudadanos.

Cuenta la confianza de su secretario Beekman (Franchot Tone) y su ayudante Pendie Molloy (Karen Morley). En un desplazamiento el presidente conduce el coche que lo lleva a su destino en un acto, sufriendo un accidente que le dejará en estado comatoso.

Esto marca un punto de inflexión y tras el choque aparecerá un nuevo Hammond, un presidente transfigurado que, de la noche a la mañana, se torna sensible con los obreros, propiciando medidas de apoyo económico.

Además, hará recortes y se mete en un terreno que vulnera el sistema de libertades, aunque sus resultados sean valiosos para el futuro del país y de la humanidad entera.

 La pregunta de la película es si el fin justifica los medios, con una visión premonitoria de los totalitarismos que en breve azotarían países europeos como Alemania e Italia.

La Cava logra entrelazar un insólito rompecabezas, una mirada sin concesiones, que se adelanta a su época en obras como la brindada por Robert Rossen en El político (1949), sobre la corrupción; o la de Capra (Caballero sin espada, 1939), igual sobre la política podrida.

Pero al mismo tiempo, la película plantea una vertiente fantástica y sensible cuando se produce la transformación de Hammond en una nueva persona donde se luce Huston. Esta cinta deviene confusa que desconcierta ante los excesos del poder.

La Cava aporta un estilo desigual y fragmentado, una propuesta reveladora y premonitoria que llega incluso a plantear la ineficacia de cualquier injerencia celestial en la vida de los seres humanos. O sea, además de su dimensión política, también tiene la parte mística que ofrece sus momentos más sensibles y admirables.

En fin, el bagaje ofrecido por esta insólita producción de la Metro Goldwyn Mayer es una de las obras más valiosas legadas por La Cava en toda su filmografía.