Puede que se pierda en el olvido cómo olía nuestra ciudad, pero somos muchos los que seguimos recordando aquel penetrante aroma a vino fino que inundaba las calles, el aroma que nos vio crecer.

En el corazón más escondido de los viejos cascos bodegueros dormían tranquilamente las madres, mientras los vinos crecían entre las sombras, acunados por los vientos de poniente y de levante, los mismos que vestían la ciudad con un aroma penetrante e inconfundible: el dorado aroma de la vendimia.

Las bodegas salpicaban casi toda la ciudad, siempre buscando los vientos que refrescaban el río. Pero pasaron los años. Los edificios fueron cortando el libre deambular de los levantes y los ponientes, y el asfalto comenzó a recalentarse. Las afueras se hicieron más cómodas; las carretas con los cestos llenos de uva ya no repicaban sobre los adoquines; los camiones procedentes de las viñas dejaron de teñir el suelo con el pegajoso fruto. Y nosotros mismos fuimos viendo cómo el progreso sacaba las industrias de la ciudad para hacerla más funcional.



Perdimos los aromas de la infancia, la esencia de una ciudad vinculada al vino y al mar. Perdimos aquel ambiente de septiembre que sabía a Patrona y a viñas. Y, a pesar de ello, sigue viva en mi memoria aquella pergaña, aquel sabor a fino que creció con nosotros.

La ciudad creció, los aromas se perdieron y, desde entonces, los vientos se pierden en las esquinas buscando fundirse con las maderas preñadas de campo. La ciudad creció y, en nombre del progreso, renegamos de las molestias y de sus aromas.

Ahora solo nos queda el recuerdo. Las viejas bodegas, vacías y abandonadas, testigos mudos de un pasado que se resiste a desaparecer, se sientan a esperar mientras se discute su futuro. Hoy no son más que un mueble desvencijado que nadie quiere en su casa, un trasto viejo que solo desea ser útil; útil, pero no un cascarón vacío sin función alguna.

Todo es posible, y nuestro pasado puede compaginarse con nuestro futuro. No volverán los aromas a llenar el tiempo, pero sí es posible preservar algo para que no se pierdan del todo. Aunque surge una pregunta inevitable: ¿a costa de quién? ¿Quién asume la tarea de llenar al menos un casco bodeguero de sabor a El Puerto?

Es fácil hacer la guerra con la pólvora del rey. Y aun así, cuánto añoro aquel aroma inconfundible.