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“Por mucho que madrugues, antes se habrá levantado tu destino”.

Leí esta frase en una de mis novelas favoritas de los últimos años: PALMERAS EN LA NIEVE de Luz Gabas.

Como siempre, doblé la esquinita del libro y la apunté entre mis notas, simplemente porque me gustó.

Algunos años después, revisando mis cachitos guardados, la encontré y entendí porqué me pareció tan especial.

NUESTRO DESTINO.

Algo que se supone que llevamos tatuado en la frente y que no podremos eludir jamás.

Una cuerda a la que estamos amarrados y que se encuentra llena de acontecimientos inevitables para nosotros.

Tengo que reconocer, que en ciertos episodios que esa cuerda me tenía marcados con un nudito, he pensado si tal vez podría haber hecho algo para esquivarlos.

Tal vez el problema sea precisamente ése.

Porque resulta que soy muy madrugadora. Y quizá mi destino se burla de mí levantándose antes que yo.

Y es que parece que nuestro destino no descansa, no duerme, no da tregua. Precisamente para que nadie pueda cambiarlo.

No vaya a ser que algún insensato lo sorprenda dando una cabezadita, y lo desvíe hacia otro nódulo de la cuerda. Un nudito que no estaba hilado aún, y que sería capaz de cambiar la cuerda entera.

Aunque alguna que otra vez sucede. Y conseguimos cambiar el futuro con un golpe de suerte.

O eso pensamos nosotros.

Porque la realidad, seguramente, es que ése golpe de suerte no era más que otro enlace escondido entre los nudos. Y que lo único que consigue es acercarnos más al siguiente lazo.

Pero seguimos tirando, seguimos intentando eludir los nudos que nos depara ese destino tan madrugador.

Hasta que llegamos a un doble enredo. Uno que ha madrugado más que la humanidad entera y que nos tiene escondidos detrás de mascarillas para intentar al menos, rodearlo y evitarlo.

Un destino común y tempranero, que nos convence por completo de que esa frase que leí hace ya algunos años era verdad verdadera.

Y es que:

POR MUCHO QUE MADRUGUES, ANTES SE HABRÁ LEVANTADO TU DESTINO.

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