Pablo Rueda.- Un año más, en El Puerto hemos vivido la llamada Motorada. Un año más, titulares, cifras y fotos que intentan vendernos el éxito de un modelo de ciudad que, sin embargo, cada vez genera más dudas entre quienes la habitamos durante todo el año.
Porque conviene hacerse una pregunta sencilla: ¿dónde van a parar los beneficios que nos son prometidos año a año de la Motorada?
Desde luego, no parecen quedarse en los barrios que más la sufren. No vemos a las vecinas y vecinos de El Tejar, El Juncal, Pinillo Chico, Los Madrileños,... nadando en dinero tras días de ruido, suciedad, y caos. Tampoco vemos a camareras, cocineros o trabajadores de la hostelería en general experimentando una mejora real en sus condiciones. Lo que sí vemos es cómo determinados negocios concentran los beneficios mientras el resto de la ciudad asume los costes.

Y me refiero a cómo el espacio público se pone al servicio de intereses privados. Macrofiestas organizadas por el grupo BanBan, vinculado estrechamente con el entorno del alcalde, ocupando calles que son de todas y todos. Ese es el modelo: privatizar beneficios y socializar las consecuencias.
El balance de este año es difícil de maquillar: más de 200 incidencias, atropellos, agresiones machistas, centenares de multas y, lo más grave, una persona fallecida... A esto hay que sumar un despliegue policial que convirtió barrios populares en escenarios prácticamente militarizados, como si se tratara del GTA, mientras una minoría incívica actuaba con una sensación de impunidad difícil de justificar. Todo ello bajo la coartada de que “vienen a dejar dinero”.
Pero, de nuevo, cabe otra pregunta: ¿a qué precio?
Porque alguien tendrá que pagar todo esto. ¿Quién paga las vallas colocadas en la mediana de la carretera, que no duraron ni dos días y terminaron siendo utilizadas como gradas y saltos improvisados? ¿Quién asume el coste del operativo extraordinario de limpieza? ¿Quién paga el despliegue policial? ¿Quién paga el mobiliario urbano destrozado, las calles, las aceras, las señales, los repintados,...?
Y mientras tanto, el gobierno local parece más preocupado por los titulares, por las fotos y por el engagement en redes sociales que por afrontar el debate de fondo. Un gobierno que, en pleno desarrollo de la Motorada, prefiere tomarse unos rebujitos en Sevilla y dejar pasar los días, mientras los problemas se acumulan en nuestros barrios.
Cada vez son más las voces que, en la calle, plantean una reflexión necesaria: ¿de verdad este es el modelo de ciudad que queremos? ¿Una ciudad donde todo se puede comprar y vender, donde el espacio público se privatiza y donde la convivencia queda en segundo plano?
El Puerto necesita otro camino. Un modelo que ponga en el centro a quienes vivimos aquí, a las familias trabajadoras, a quienes necesitan descanso, un techo digno y respeto. Un modelo que entienda el turismo como una oportunidad, sí, pero no a cualquier precio.
Porque una ciudad no puede construirse solo para unos días. Tiene que poder vivirse todo el año.
Y cada vez somos más quienes tenemos claro que El Puerto merece ser una ciudad para vivirla, no para venderla.












