La Motorada vuelve a llenar El Puerto de ambiente, visitantes y actividad económica, con calles repletas de público, terrazas a pleno rendimiento y una ciudad que respira movimiento durante todo el fin de semana. Una imagen que confirma, un año más, el peso real de esta cita para la economía local.
Sin embargo, junto a esa escena, se repite otra que empaña el conjunto: la presencia masiva de motos sin matrícula realizando maniobras peligrosas en plena vía pública. Caballitos, acelerones y acrobacias, además de algún atropello, que se producen en calles abiertas, donde circulan otros vehículos y hay presencia de peatones, elevando de forma evidente el riesgo para terceros.
A esta situación se suma un elemento especialmente preocupante. Vecinos aseguran haber observado en numerosas ocasiones a motoristas que circulan sin casco, sin matrícula y con el rostro oculto, lo que dificulta su identificación y agrava la sensación de impunidad. Estos testimonios, repetidos en distintos puntos, refuerzan la idea de que no se trata de hechos aislados, sino de un comportamiento reiterado durante estos días.
El contraste es claro. Mientras la mayoría de motoristas participa dentro de la normalidad, generando ambiente y consumo, una parte (que no se puede definir ni como "moteros") actúa al margen de las normas y termina condicionando la percepción global del evento. No es un fenómeno nuevo, sino un patrón que se repite y que cada año vuelve a situar el foco en el mismo punto, aunque este año con especial fuerza.
Infracción grave o muy grave
Desde el punto de vista legal, no hay margen de interpretación. Circular sin matrícula, sin casco o realizar este tipo de maniobras en vía pública constituye una infracción grave o muy grave, con posibilidad de inmovilización del vehículo, y en los casos más extremos puede derivar en delito por conducción temeraria si se pone en peligro a otras personas, tal y como recoge la Ley sobre Tráfico, Circulación de Vehículos a Motor y Seguridad Vial y el Código Penal.
El problema, por tanto, no es normativo, sino de aplicación y enfoque. La Motorada ha demostrado que puede desarrollarse con relativa normalidad en gran parte de la ciudad, pero estas conductas siguen generando un punto de tensión que reabre cada año el debate.
En este contexto, cobra especial relevancia la capacidad operativa de los cuerpos de seguridad. La reiteración de estos comportamientos y su dispersión por distintos puntos hacen evidente la necesidad de reforzar la plantilla de la Policía Local, no solo para este tipo de eventos puntuales, sino como medida estructural que permita una respuesta más eficaz y sostenida en el tiempo.

Caballitos en la antigua Nacional IV.
Ante esta situación, las soluciones pasan por ordenar sin perjudicar al conjunto. Entre algunas de las opciones que se plantean está la creación de espacios acotados, fuera del tráfico abierto, donde este tipo de motos puedan concentrar su actividad sin poner en riesgo a terceros. Una medida que permitiría canalizar el problema en lugar de dispersarlo por distintas zonas.
Otra vía es el rediseño de determinados tramos urbanos, sustituyendo los elementos actuales por soluciones más eficaces desde el punto de vista de la seguridad vial. Los badenes tradicionales han demostrado ser poco disuasorios en estos casos, mientras que trazados en zig-zag o chicanes obligarían a reducir la velocidad de forma real, dificultando este tipo de maniobras.
A todo ello se suma la necesidad de una aplicación efectiva de la norma, con identificación de los vehículos implicados, sanción inmediata e inmovilización cuando proceda. Medidas que no afectan a la mayoría, pero sí actúan directamente sobre quienes generan el problema.
La conclusión es evidente. La Motorada funciona como motor económico y evento de gran atractivo, pero su imagen vuelve a verse condicionada por conductas concretas que nada tienen que ver con el conjunto. El reto no es cuestionar la cita, sino evitar que una minoría siga marcando el relato de toda la ciudad.












