Ayer, mas de cien años desde que Rafael Alberti viera aquella salada claridad por primera vez, en concreto ciento y un años. El tiempo es el que crea la historia, el que despoja a los hombres de sus sentimientos, quedando solo lo que pasó, lo que hizo y lo que nos legó.

Inútil el juzgar, y como siempre, nos vamos quedando solo con lo mejor, despojando al hombre de sus sombras, y recordando solo su brillo. Para mí, con igual grandeza con la que recuerdo a Don Pedro Muñoz Seca, recuerdo a Don Rafael Alberti, sintiéndome orgulloso de poder decir que compartimos patria chica.



En el corazón solo poemas, y esa mirada, que sin rencor quiso dejar aquí, en su tierra, en donde tras largos años, terminó descansando, que, no muriendo, pues difícilmente aquel que deje legado morirá, permanecerá entre nosotros, será recordado, mientras eso ocurra, seguirá vagando entre nosotros con la misma fuerza y vida que desarrollo a lo largo de los años. Y El Puerto, ciudad ingrata para con los suyos, más allá de una fundación recuerda en pasivo su legado, ajena a otros eventos que tendrían cabida, que tuvieron cabida en otros tiempos, y que poco a poco se fueron olvidando.

Quizás un centro de estudios, compartido, porqué no, en donde Teatro y Poesía se den la mano, y tengan cabida no solo los timoneles, que son Pedro y Rafael, El Puerto, nuestro Puerto no es que, de la espalda, sino que, en ocasiones, desaprovecha la riqueza cultural que tenemos, pues muchos siguen los pasos de quienes les precedieron, tomándolos como ejemplo o tomando sendas propias que vuelan solas.

Quizás sea el mar, quizás... La Mar, quizás los pinos solo sean un Astracán que juega con las olas, pero al final, hemos de reconocer que esta ciudad se llena de claridad y está en boca de muchos gracias a los que fueron, son y serán.

Hoy, más que nunca podemos decir que cien años no son nada ante la inmortalidad de una versos.