“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

El mundo de la pesca encierra un inusitado interés por sus características, por la lucha con el mar, los tiempos de soledad y sus particulares costumbres.

La entrega de hoy la dedico a esta temática: Rose of Nevada (2025), de M. Jenkin; La pesca del salmón en Yemen (2011), de L. Hallström; y, El viejo y el mar (1958), de L. Hayward.

ROSE OF NEVADA (2025). Los marineros en peligro en el mar son el tema central de esta historia impactante de fantasmas y lirismo, del cineasta Mark Jenkin. Ambientada en un pueblo pesquero, explora la presencia íntima de la muerte y la inquietante claustrofobia de la familia y la comunidad.

Jenkin se atribuye en solitario el guion, la dirección, el montaje, la fotografía, la música y el diseño de sonido: un completo.

Su técnica y su estética casi primitivista favorecen lo turbador y lo misterioso. Películas con la textura del cine arcaico, filmada en 16 mm, y revelada a mano de tal manera que crea arañazos en la copia, con diálogos y sonido ambiente superpuestos.

El barco que volvió

Primerísimos planos de óxido, roca y cuerda desgastada, con una textura tan palpable que uno siente que podría tocar la pantalla y llevarse las yemas de los dedos húmedas y manchadas de algas.

La maleza brota entre las grietas del pavimento, tejas de pizarra barnizadas por la lluvia, puertas de entrada desconchadas, deformadas y descoloridas por el sol hasta parecer madera a la deriva. La cámara de Jenkins atesora todos los detalles decadentes de su entorno, un pueblo pesquero anónimo en declive, visitado por pocos y abandonado por muchos.

Pero algo ha regresado: el barco que da nombre a la historia. Una embarcación maltrecha y tosca, evocadora del desierto de Nevada, que fue declarada perdida en el mar hace 30 años y, supuestamente, su tripulación de pescadores locales había sido engullida por la mar.

Cuando milagrosamente aparece una mañana en el puerto del pueblo el Rose of Nevada, sin tripulación, pero intacta, presagia fortuna para una comunidad que atraviesa tiempos difíciles.

Unos hombres se ofrecen voluntarios para volver a navegar la embarcación. Las aguas están llenas de peces y pronto la bodega del barco también lo estará. Les espera una mayor riqueza y comodidades para el hogar.

El eje de tiempo

La película es un viaje en el tiempo, que regresa sobre sí mismo de maneras vertiginosas y desconcertantes, y que se basa en sutiles diferencias de ambiente y época.

No tardamos en darnos cuenta de que la presencia del barco hace que exteriormente la aldea, aunque no cambia mucho a lo largo de las décadas, tiene diferencias en el estilo de vida y el espíritu comunitario se perciben con intensidad. Se ve más animada y rica.

Expone la historia una sutil tensión entre los dos personajes principales, ya que uno anhela el presente y el otro se adapta inmediatamente, imperturbable, al pasado.

Onirismo y realidad

Todo lo que vamos viendo en pantalla hace a un drama que se siente como un sueño que ya se ha soñado antes, como un déjà vu o pertinaz recuerdo, y cuando hay secuencias oníricas propiamente dichas, la brecha entre la ilusión y la realidad es mínima.

En esta cinta, nos encontramos con una visión y una actitud contra la gentrificación, sobre los urbanitas de clase media que cierran los negocios y locales de larga tradición.

También parece extenderse el tema, alegóricamente, contra una industria cinematográfica empeñada en adoptar métodos modernos, sofisticados y comerciales para triunfar.

Terror/fantasía

No hace mucho, nadie habría apostado por una película de terror/fantástica, con actores de renombre, pero seis años y dos largometrajes después, aquí está Jenkins con este filme, una película que aparentemente encaja con esa descripción, con un resultado iridiscente y extrañamente hermoso. Sin concesiones por parte de Jenkins.

Un pescador local de un pueblo pesquero deprimido, interpretado por Edward Rowe, se asombra una mañana al ver un arrastrero flotando tranquilamente en el puerto: el Rose of Nevada. Este barco se perdió 30 años antes en una fuerte tormenta. El barco ha vuelto de entre los muertos.

Edward se acerca a la viuda de uno de los pescadores ahogados (Rosalind Eleazar), mujer con dos hijas adultas, y le dice, sencillamente, que el barco ha regresado, respondiendo ella con el mismo temor aturdiente que él tiene.

Lo que siente al poco es que el barco debe ponerse a trabajar; contrata a un capitán curtido (Francis Magee), junto con dos jóvenes tripulantes del pueblo: el reflexivo Nick (George MacKay) y el vagabundo bebedor Liam (Callum Turner). Este último coquetea con la hija del pescador desaparecido en un pub; ella le regala la vieja gorra roja de su difunto padre, la que él usaba a bordo.

Nick se horroriza al ver las palabras «Bájense del barco ahora» grabadas en la madera del barco fantasma, bajo cubierta. Al regresar, con la embarcación repleta de pescado, descubren algo aún más extraño: el pueblo parece más animado, el pub luce mejor y se permite fumar en el interior.

Pasaje en el tiempo

La terrible verdad es que han viajado en el tiempo hasta 1993, tres años antes del nacimiento de Nick, y todos en el pueblo creen que Nick y Liam son los dos hombres desaparecidos. No saben si el destino les ha deparado un futuro más feliz que el que realmente tuvieron. O si era su realidad la que, en realidad, era irreal: una premonición de desastre y desolación de hace 30 años.

En cualquier caso, a Nick le perturba profundamente ver que Liam simplemente acepta la situación y con indiferencia, lo que parece ser una nueva y agradable realidad: vivir con la viuda —es decir, la madre de la mujer con la que había estado flirteando— como esposo y padre. Para él, es un resultado mucho mejor que cualquiera que hubiera imaginado.

Enigma, ironía y concisión

Tiene la cinta un equilibrio emocionante: explora con agilidad lo insólito mientras examina con honestidad un rincón olvidado de la clase trabajadora inglesa. También hace uso de un estilo irónico y conciso, con los actores George MacKay y Callum Turner integrándose a ese mundo ágil y granulado.

Acompañando actores secundarios que regresan, entre ellos Edward Rowe, protagonista de "Bait", y Mary Woodvine, socia de Jenkins (y colaboradora en la historia).

En manos de un cineasta convencional, esta sería una película de terror típica, como un cuento, que cumple con todos los clichés del género. Jenkin, en cambio, la convierte en algo más esquivo y complejo, con una extrañeza y un misterio presentes desde el principio.

Concluyendo

El paisaje sonoro, metálico y vibrante, construido íntegramente en posproducción, es una maravilla artesanal que sumerge al espectador tanto en el peligroso estruendo metálico de un barco que podría hundirse, como en el reconfortante artificio del cine analógico.

Pero, sea cual fuere el año al que se dirige «Rose of Nevada», permanecemos a bordo, satisfechos. En el muelle, un herrumbroso noray de amarre inconmovible observa cuanto ocurre.

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LA PESCA DEL SALMÓN EN YEMEN (2011). La película tiene un título casi loco y a la vez llamativo, pues es lo último que uno podría imaginar en ese país árido, sumido en la pobreza y la hambruna que es Yemen: pescar salmones.

El director Lasse Hallström hace una peliculita con su toque tierno e incluso lírico, amén de romántico, una obra con el tono, las situaciones, los diálogos y la atmósfera de las buenas comedias británicas.

El guion de Simon Beaufoy adapta la novela homónima del británico Paul Torday, y el libreto es bueno, bien construido, una trama simpática, en ocasiones sarcástica y en manos de Hallström concluye cinta con buenas trazas.

Interesante y bonita la música de Dario Marianelli, The Young Romans: “Where You Go”. Excelente la fotografía de Terry Stacey que aprhende los paisajes y avatares, con distinción y elegancia.

En el reparto tenemos a Ewan McGregor, que sabe rentabilizar su variedad de registros interpretativos, atractivo, estiradito, y entregado. Quizá por ello sintoniza bien con una bonita Emily Blunt, ésta en un trabajo más sobrio. Kristin Scott Thomas es la salsa exquisita del menú, la mejor del reparto.

Mantiene un ritmo progresivo, que se digiere bien y sin esfuerzo, con aire británico, interpretaciones dignas y sencillas, sin ornatos, los justos convencionalismos, no es comedia tópica y se disfruta.

De fondo, la pesca del salmon en las desiertas tierras yemeníes, una locura que hay que esperar para ver cómo acaba. Sólo hay que sentarse con tranquilidad y buena onda.

 

EL VIEJO Y EL MAR (1958). Es digno de felicitar a Leland Hayward por hacer algo poco convencional al adaptar al cine la novela homónima de Ernest Hemingway, y a Spencer Tracy por su valiente interpretación en el único papel importante del filme.

Brillante la música de Dimitri Tiomkin (Oscar), que prácticamente convierte a Tracy en un solista con una sinfonía. En realidad, es meritorio llevar al cine la epopeya de Hemingway sobre la solitaria batalla de un anciano con un pez.

Hayward y sus asociados, Peter Viertel, guionista, y John Sturges, director, acordaron hacer una recreación literal del cuento de Hemingway. Muestran la debilidad del pescador cubano, pues tiene la dependencia de un niño fiel antes de irse a pescar solo en un bote abierto, y allí lo dejan pasar por el largo trabajo de atrapar a un pez gigante.

Salvo algunos breves momentos de ensoñación y un repentino recuerdo de su juventud, la cámara se centra en la dura prueba del anciano en la barca. Y Tracy lo representa con admirable rudeza y tenacidad. Su aspecto, con el pelo blanco y la barba incipiente, es convincente.

Los movimientos dolorosos de un anciano cansado reflejan una conmovedora demostración de fortaleza primigenia, y se siente compasión por este hombre con sus manos laceradas por el sedal.

Una narración que se interrumpe ocasionalmente en los murmullos del anciano: "Ahora he matado al pez que era mi hermano", una frase con profundidad poética en el ritmo del relato.

Hay hermosas tomas largas de pueblos cubano, la colorida costa y una secuencia que desarrolla una breve magia: los pescadores yendo a sus barcas en un amanecer rosado.

Tracy es asistido brevemente por un joven cubano de aspecto sensible, Felipe Pazos, que ayuda a sugerir la irónica yuxtaposición de juventud y vejez. Pero su principal apoyo emocional proviene de la partitura de Tiomkin, que está llena de truenos dramáticos y conmovedora melodía, único elemento de elocuencia en este extraordinario espectáculo unipersonal.