Desde que los bares dejaron de ser centros culturales y de debate, donde las reinas eran tanto las tertulias frente al café como las clases magistrales de barra frente al chato de vino, para dejar paso a la exposición pública —algunas veces dirigida por la IA—, el número de bocachanclas ha crecido y campa a sus anchas, inundando la península… y más allá.
El último gran objeto de debate ha sido, y seguirá siendo, la masiva entrada de gente en Ceuta; a saber, si son de allí o del África del Cola Cao. Para algunos, no es más que una invasión encubierta; para otros, simple movilidad geográfica. Unos hablan de derechos fundamentales; otros, lanzan voces de alarma.
Para algunos, no es más que un fenómeno similar al que vivieron en primera persona y en sus propias carnes incorruptas y eternas, allá por los años del «vente pa Alemania, Pepe», como si hubieran recorrido media Europa a pie, se hubieran acercado a las puertas de las fábricas alemanas y les hubieran dado trabajo sin más. Ello genera una empatía similar a la del buen ambiente entre Espinete y Don Pimpón.
Según las corrientes más versadas, la regularización masiva, que nada tiene que ver con el moderno sistema de compra de votos, tampoco guarda relación alguna con la llegada de miles de jóvenes desnutridos y abandonados, la mayoría con teléfonos de última generación que, como son de lo más, ni siquiera se ven afectados por el agua.
En fin, que no solo tienen derecho a entrar cuando les dé la gana, sino que, además, tenemos la obligación de acogerlos, respetarlos, soportarlos y recogerlos —pero solo quienes se oponen a esa entrada— en nuestras casas.
Si esto es de traca y no tiene sentido, la otra corriente, amparada en la sacrosanta defensa de Occidente, de nuestros valores y de la integridad nacional, no se queda atrás. Tiene clarísimo, sin ningún género de dudas, que estamos ante una invasión encubierta, orquestada entre los reinos de Marruecos y España, fruto de la perversa mente del nuevo Príncipe de la Paz, endiosado, como Godoy, y empeñado en que la diversidad cultural, del mismo modo que lo era la modernización afrancesada de nuestro caótico y atrasado país, es el futuro de nuestra nación, que al parecer no le gusta nada.
Los comentarios en uno y otro sentido apenas tienen desperdicio, aunque lo que está ocurriendo, sencillamente, no tiene ni nombre.
Mal vamos, pues entre quienes están interesados en comprar votos, quienes ven esto como el culmen de la diversidad —pero solo aquí, porque diversidad, diversidad, lo que se llama diversidad, en los países islámicos brilla por su ausencia— y quienes se empeñan en tomar las armas y rezan para que Santiago Matamoros vuelva en su caballo blanco, vamos a terminar como el rosario de la aurora.
Solo espero que el parapollismo ilustrado que nos domina acabe por recuperar el sentido común, le devuelva a la Benemérita el tricornio de charol y deje a dos parejas sueltas por la frontera con orden expresa de pedir los pasaportes… Vamos, lo normal. El resto… imagínenselo.











