Arranca un nuevo ciclo taurino en nuestra siempre noble y leal ciudad de El Puerto, una plaza donde la expectación es de tal calibre que roza lo milagroso, fundamentalmente impulsada por las cuatro tardes de Morante de la Puebla, aunque con el percance sufrido ayer su actuación mañana y el domingo no está del todo clara. Cuatro comparecencias del autoproclamado mesías del toreo antiguo, cuya presencia hacía presagiar una apuesta tan arriesgada como el equilibrio financiero de un país en bancarrota, especialmente debido al altísimo caché que se supone que cobra el genio de la Puebla, bien secundado por el resto de figuras del escalafón.

Una apuesta “arriesgada”, sí, aunque jamás hayamos tenido el inmenso privilegio de escuchar a un solo empresario taurino entonar el mea culpa y confidenciarse que las cuentas le han salido redondas y boyantes. Eso sí, por mucho que lloren penurias, ninguno ha tenido jamás la decencia solidaria de entregar las llaves de la plaza en el ayuntamiento; al contrario, se aferran a ellas con uñas y dientes, moviendo hilos en oscuros despachos para encadenar prórrogas y nuevos contratos como si el coso fuera una herencia familiar.



Nadie discute que el elenco de toreros y ganaderías —estas últimas relegadas a la categoría de atrezzo, pues al aficionado moderno lo de menos es si el toro embiste, camina o se desintegra— resulta del agrado de la feligresía de la baja Andalucía. Lo que ya no ha hecho tanta gracia, ni siquiera con una sonrisa de cortesía, es el atraco a mano armada al que han sido sometidos los aficionados a la hora de pasar por caja digital para adquirir sus abonos a través de internet.

Ahí estaba la trampa del trilero moderno: penalizar al aficionado de toda la vida, y muy especialmente al local, empujándole sibilinamente a la compra online bajo la coartada de amarrar localidades apetecibles, mientras la taquilla física abría con la parsimonia de un funcionario en viernes víspera de puente. ¿El resultado? Un simpático recargo del diez por ciento en concepto de “gastos de gestión” que gravaba el lote entero de entradas. Es decir, lo comido por lo servido, porque comprar un abono digital ha tenido casi el mismo precio que comprar el lote en taquilla física sin la aplicación del descuento de entradas conjuntas.

Aunque el trasfondo de esta ingeniosa maniobra no es otro que engordar la recaudación para sufragar los costes del fastuoso espectáculo, la estudiada negativa a abrir la taquilla física y la virtual de manera simultánea invita, como mínimo, a maliciar de las aviesas intenciones del empresario. Uno, que ya está más de vuelta que los toros de desecho, ha tenido que escuchar un sinfín de quejas, especialmente de entrañables pensionistas para quienes conseguir un abono ha sido una odisea digna de Ulises, comprobando con amargura cómo los mejores sitios volaban cargados con el odioso sobreprecio.

Conviene recordar que, si el promotor del evento taurino decide añadir un jugoso “gasto de gestión” por despachar la entrada a través de su propia web, está obligado por la simple decencia legal a justificarlo de manera fehaciente. Si se trata de un recargo arbitrario, caprichoso y sin contraprestación real que lo ampare, no estamos ante otra cosa que ante un presunto abuso denunciable ante las autoridades de consumo por presuntamente vulnerar la Ley General para la Defensa de los Consumidores y Usuarios.

Llegados a este punto del expolio y vistas las clarividencias y sospechosas artes del empresario de guante blanco, a uno no le extrañaría lo más mínimo enterarse de que los pobres novilleros que se anuncian esta tarde hayan tenido que apoquinar el famoso peaje del 33%. Bueno, en este caso particular quizá se quede en un módico 25%, merced a la solidaria división matemática resultante de ser cuatro los chavales que se juegan la vida frente a los astados. ¡Que Dios reparta suerte!