
“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.
Hay películas que inquietan. Obras cuya trama cierra sin cerrar, que es como irse y no irse o póngame un café, no, no me lo ponga. Puede sonar a chiste, pero no lo es y las películas a las que me refiero nos dejan inquietos y en ningún momento indiferentes.
Estas películas que comento son: Espejos N.º 3 (2025) de Ch. Petzold; y Factores humanos (2021), de R. Trocker.
ESPEJOS N.º 3 (2025). Laura, una joven estudiante de música en Berlín (Beer), sufre un accidente automovilístico en el que muere su novio. Ella sale del golpe milagrosamente ilesa físicamente, pero está profundamente afectada y deprimida. Betty (muy bien Barbara Auer), es una vecina que presenció el accidente y la socorrió.
Laura, de forma inesperada, le pide a su salvadora, quedarse en su casa y esta le ofrece alojamiento para que pueda recuperarse. Betty es una mujer de edad mediana con un marido Richard (Matthias Brandt) y su hijo Max (Enno Trebs), ambos mecánicos de coches.
Tras pasar un tiempo con ellos, Laura 0encuentra consuelo y apoyo para volver a encarrilar su vida. Emplea su tiempo en la jardinería y en tareas domésticas como la cocina, lo que no quita para que observe detalles en la familia que no acaba de comprender. Lo cual le lleva a preguntarse quiénes son realmente y qué oscuros secretos esconden.
Se trata de un sutil drama psicológico del director y guionista Christian Petzold, que explora las maneras poco convencionales en que las personas traumatizadas encuentran la forma de sanar tras un trauma.

Esta es la cuarta colaboración entre Petzold y la actriz Paula Beer, en una cinta que es un ejercicio de economía, reducida a lo esencial. Aunque es una obra sutil, ofrece grandes recompensas.
Espejos No. 3 (que toma su título del tercer movimiento de una suite para piano de Ravel) es una elegante demostración de lo que se puede lograr con ingredientes limitados en manos de un equipo creativo y un reparto de primera categoría. La modesta escala de la película quizá explique su estreno en la Quincena de Realizadores de Cannes en lugar de en la Competencia principal, sin embargo, su enfoque discreto e íntimo ya parece haber cerrado acuerdos interesantes para la película.
Los temas de la pérdida y el duelo sugieren un paso a un terreno melancólico y reflexivo para Petzold. Pero la cinta maneja su carga emocional con ligereza. Y si bien esta enigmática película no es una comedia propiamente dicha, se vislumbra un humor sutil entre la historia de Betty y su familia, y su nuevo huésped.
Beer está brillante en su papel de Laura, que interpreta de manera magnética y con opaca calidez; el rol de una mujer segura de sí misma pero atormentada, a quien conocemos cuando al principio del metraje andaba mal vestida y mirando distraídamente un río, como si tuviera la intención de arrojarse a él.

El magnetismo personal de Beer, junto con la insinuación de una compleja vida interior, la convierten en un personaje fascinantemente enigmático: una persona en la que los demás proyectan sus propias necesidades.
De todos los personajes clave de la historia, Laura es quien menos sabe de su sufrimiento. Sin embargo, Beer transmite con convicción, desde el principio, incluso antes del accidente que acaba con la vida de su pareja, la sensación de que algo en ella anda profundamente mal.
Parte de la gestación y evolución de la crisis de salud mental de Laura se expresa a través del diseño de sonido de la película, a cargo de Dominik Schleier. En las escenas iniciales, en las que Laura deambula, desconectada y a la deriva, por las calles de Berlín, los sonidos de la ciudad son estridentes y abruptos, un asalto abrumador para una joven que encuentra el mundo demasiado difícil de sobrellevar.
Más tarde, en casa de Betty, los sonidos ambientales adquieren una cualidad melódica reconfortante: el canto de los pájaros cobra protagonismo, junto con el suave susurro de la brisa entre las hojas.

Por fortuna, la película no revela la naturaleza exacta del malestar de Laura. Sin embargo, el dolor de Betty se manifiesta con mayor claridad. Hay una profunda necesidad en sus ojos desde el momento en que ve a Laura por primera vez.
De hecho, hay un lapsus significativo cuando Betty llama a la joven Yelena por error, lo cual pone nombre a su hija perdida, la pérdida de su vida.
Las reacciones de desconcierto del esposo y su hijo Max al encontrarse con Laura por primera vez, dan una idea de la magnitud de la crisis que la familia ha estado afrontando hasta ese momento.
La presencia serena y misteriosa de Laura en la casa actúa como catalizador. Richard y Max, quienes habían estado viviendo fuera del hogar familiar, vuelven a ser visitantes habituales. Y los problemas en sus vidas —un grifo que gotea, un lavavajillas, un piano desafinado, una bicicleta, el mismo matrimonio de Betty y Richard— se van solucionando poco a poco.

Pero este oasis de armonía doméstica es precario. Finalmente, Max se siente obligado a revelarle la dolorosa verdad a Laura cuando le espeta que ella no es su hermana. Tras esta revelación, el enfoque minimalista de Petzold en la narrativa comienza a resultar evasivo.
Laura es un ángel caído que ha vuelto a la vida después de un accidente de coche para reencarnarse en una ausencia que había disuelto la unidad armónica de una familia de clase media.
La película gira alrededor de esta anécdota, que puede resultar exigua para algunos espectadores, pero que deja espacio para un fantasmagórico trabajo de atmósfera, donde la fascinación mutua entre dos mujeres, una de ellas siendo el duplicado de una imagen vacía, de un recuerdo, revierte en un elogio de los cuidados.
En mi opinión, esta es una de esas películas que se habrían beneficiado de unos minutos más, aunque solo fuera para darnos la oportunidad de pasar algo más de tiempo en compañía de estos personajes tan complejos y cautivadores.
Revista ENCADENADOS
HUMAN FACTORS (2021). Uno ve esta película y piensa cuán perdida está la clase media alta europea que se encuentra aturdida y confundida, lo cual vemos en esta cinta del director italiano Ronny Trocker, su segundo largometraje.
Esta película de ingeniosa construcción juega al gato y al ratón con el espectador, ofrece sutiles y desconcertantes reflexiones sobre las fisuras de la vida burguesa y cuenta con magníficas interpretaciones de Sabine Timoteo y Mark Waschke.
Sabine Timoteo y Mark Waschke interpretan a Nina y Mark, una pareja que dirige una agencia de publicidad en Alemania y que suele escapar de todo yendo a una casa que perteneció a la familia de Nina en la costa belga.

Al comienzo de la película, llegan para pasar el fin de semana con sus hijos, la adolescente Emma (Jule Hermann) y el preadolescente Max (Wanja Valentin Kube), quien ha traído a su querido roedor Zorro.
Pero la larga secuencia inicial, filmada con Steadicam, sugiere que ya hay alguien en la casa, y poco después, una angustiada Nina informa que unos intrusos han huido. Sea lo que sea que haya sucedido, una de sus consecuencias ha sido la desaparición de Zorro, un incidente menor, aunque no insignificante para Max, que provoca sus propias repercusiones.
Jan le dice a un policía local que el suceso podría estar relacionado con el hecho de que su empresa y la de Nina han sido contratadas para trabajar para un partido político (sin especificar), pero pronto se descubre que Jan aceptó el contrato sin avisarle.
Esto agravará la ya evidente brecha entre la pareja en el trabajo y en casa, y su relación se verá aún más afectada por la llegada del hermano menor de Nina, Flo (Daniel Séjourné), y su novio, agente inmobiliario, y por los asuntos sentimentales pendientes de Nina con un restaurador.

Mientras tanto, Emma se enfrenta a sus propios problemas al asistir a una fiesta de adolescentes donde la exuberancia testicular de los chicos del lugar tiene tintes siniestros.
La película tiene dos aspectos que colocan al espectador en un terreno inestable. Uno es la mezcla de idiomas, con Nina alternando impredeciblemente entre alemán y francés, lo que subraya la sensación de que el escenario principal de la película es una especie de territorio fronterizo.
El otro es una construcción narrativa compleja. La acción no solo transcurre entre la costa y la ciudad, sino que también regresa repetidamente a episodios clave, de modo que la llegada de la familia y el impacto inicial del allanamiento de morada se repiten desde diferentes ángulos, lo que a veces da la sensación de que el director nos toma a risa.
Hay algo inquietante en juego, como lo demuestran los indicios de amenaza y violencia, especialmente en un incidente donde la elegante sede de la empresa de la pareja sufre un misterioso ataque.

Pero las tensiones que más interesan a Trocker se encuentran entre la familia nuclear y la sociedad, y dentro de la propia familia. Estas tensiones se perciben claramente en el rostro y el lenguaje corporal de la actriz suiza Timoteo (una sensacional actriz), cuya Nina irradia tensión nerviosa y energías reprimidas.
Waschke, interpreta aquí un papel sobrio como un hombre de familia y empresario que intenta mantener su vida en orden y en secreto, pero que se ve frustrado a cada paso, sobre todo por su propia personalidad.
Jule Hermann interpreta un papel de adolescente introvertida que intenta encontrar su camino entre su rol familiar y la rebeldía, pero lo aprovecha al máximo de forma convincente, mientras que el joven Wanja Valentin Kube, hace que Max sea a la vez cautivador y desconcertante.
La sensación de peligro latente es transmitida por la etérea fotografía de Klemens Hufnagl y subrayada por sutiles vibraciones en la banda sonora de Anders Dixen. Ello en un drama familiar sutil y de ritmo lento que, a pesar de su falta de emociones fuertes, te mantendrá al borde del asiento con una mentalidad filosófica expectante.











