
“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.
Existe un tipo de cine en España que acumula títulos y éxitos en taquilla. Sin duda a la gente le gusta ver esta forma gamberra de hacer cine, pues amén de gamberra hace burla y humor de las penurias en las que muchos espectadores se ven reflejados.
También hay chistes políticamente incorrectos. Y humor negro, algo para lo que nuestros realizadores/as parecen bien dotados/as; aunque está también el antihéroe.
Me refiero a tres pelis, que incluye el estreno: Cada día nace un listo (2026), de A. Echevarría; Alimañas (2023), de J. Sánchez y P.A. Gómez; y Airbag (1997), de J. Bajo Ulloa.
CADA DÍA NACE UN LISTO (2026). En la película, un pobre Toni Lomas (Hugo Silva) es un incombustible joven, al cual le alcanzó la fama un poquito en un talent show. Pero ahora carece de recursos y vive prácticamente como un mendigo; o sea, no tiene donde caerse muerto.
Parece cambiar su sino cuando Malena (Dafne Fernández), un amor del pasado le hace conocer a Junior, el hijo de un rico empresario. El trabajito que este le propone será robar un valioso cuadro de la casa familiar.
Busca Toni, para llevar a cabo el golpe, a dos compinches: la Mari (Susi Sánchez) y el Gallego (Diego Anido), formando un equipo en el que cada uno persigue sus propios intereses y obtener la mayor cantidad de pasta posible. Donde todos engañan.
Arantxa Echevarría, conocida por La infiltrada, vuelve al cine con la historia de un listo, una propuesta distante de su anterior trabajo, con un tono diferente de comedia frenética y jocosa.

En esta obra abandona el clasicismo y la gravedad de su anterior relato para hacer inmersión en un ambiente disparatado, excesivo, el humor y una intención firme de descolocar al espectador.
Enrevesada trama (guion de Echevarría y Patricia Campo), especie de derivada del noir francés, que alberga una comedia negra gamberra y satírica que funciona como cáustico retrato de la sociedad actual. Donde se mezcla intriga, picaresca, humor y crítica social en un cuento coral presidido por la codicia y el desastre, lo cual se convierte en el motor de la acción.
El protagonista que centra la cinta es Toni, un vividor que parece sacado de la picaresca española. Un antihéroe que termina por ser un superviviente enredado en su propia realidad mísera y opaca, que se ve impelido a hacer trabajos raros y chapuzas de variado pelaje para la mera subsistencia.
Surge la posibilidad de robar una gran obra de arte, un Murillo o similar, lo cual lo encumbraría económicamente. Y a ello va con todas sus fuerzas hasta meterse en una loca aventura.
Este es el punto en que arranca un palpitante juego de persecuciones, trampas y personajes insólitos. En esta baraúnda, historias aparentemente inconexas acaban por confluir y dirigirse todas a la búsqueda del codiciado cuadro.

En torno a Toni Lomas orbita una galería de figuras secundarias que dotan de hondura y disposición a la película. Un extenso retrato que incorpora todos los estratos sociales, desde los lumpen que sobreviven en la periferia del sistema, hasta miembros de las élites económicas. Cada uno aporta matices al universo narrativo.
Deviene incisiva radiografía de la moral que preside parte de nuestra actual sociedad, basada la monomanía del éxito y la riqueza a cualquier precio. Hay que aprovechar las oportunidades, lo cual se convierte en motivo para infringir cualquier límite moral: el engaño, la estafa o la manipulación, incluso de los más desfavorecidos. Al ascenso social por la engañifa.
La directora establece una frontera entre los márgenes de la sociedad y quienes tienen el poder y la riqueza. Este discurso, más allá de los personajes, encuentra su expresión en el uso de las localizaciones.
Vemos en pantalla desde la parte más bonita y distinguida de San Sebastián, a aquellos escenarios menos transitados. La ciudad aparece retratada centrándose en sus rincones periféricos que no se suelen ver, “versus”, la imagen turística y privilegiada. Lo cual subraya el conflicto social y la crítica sobre las desigualdades.

Hay angulaciones de cámara y un montaje dinámico, el juego entre planos cerrados y generales contribuye a generar una energía visual que acompaña el ritmo de la cinta, con una cámara que sigue y persigue de cerca a los personajes más marginales, lo cual recalca lo excéntrico del universo retratado.
Hay ironía, absurdo, caricatura y un grado de complicidad dirigido ello al espectador. Echevarría apuesta por el divertimento y una mirada lúdica sobre los acontecimientos que gustará a quienes conecten con el juego.
Y bajo esa apariencia de desenfado y comicidad medio noir, la película modula una invectiva a ciertos valores dominantes de este mundo que nos toca, particularmente la obcecación por triunfar en lo económico, incluso el malsano convencimiento de que la riqueza es el patrón de la auténtica medida humana.
Pero como ya sabremos, al menos algunos, la pasta, en sí misma no hace a la realización personal ni a la genuina felicidad.
ALIMAÑAS (2023). Película protagonizada, escrita y dirigida por Jordi Sánchez y Pep Anton Gómez, en la cual dos hermanos de personalidades muy diferentes (Sánchez y Carlos Areces) luchan por heredar un edificio propiedad de su madre, una anciana a la que, erróneamente dan por muerta en la cama de su casa.
Sin embargo, tratar con la familia estos delicados asuntos nunca es sencillo, y menos con vecinas entrometidas de por medio haciéndolo todo aún más complicado.
Objetivamente la película tiene los ingredientes para ser una buena comedia de esas españolas, una “españolada”. Loles León, Carmina Barrios, Antonio Resines…

Aquellos que esperabas que acompañasen a Sánchez en la historia están ahí, y la trama destaca por su originalidad, el trabajo de sus protagonistas es impecable y las situaciones en las que se ven implicados son tan surrealistas o más de lo que uno espera.
Mas, hete aquí que, en su conjunto, la película no acaba de cuajar como comedia desternillante, lamentablemente. Los papeles de las vecinas se vuelven previsibles y, en ocasiones, un tanto cargantes.
Silvia Abril vuelve a hacer locuras de las suyas y al conjunto de la película parece costarle arrancarle la risa al espectador, con independencia de algunas interacciones entre los dos hermanos.
Pero para quienes gusten de este cine, esta es una apuesta segura y hay muchos espectadores para quienes va dirigida la peli. Pues, a la postre, se evidencia lo peor del ser humano, de la familia y de la cotilla y desquiciante comunidad de vecinos.
AIRBAG (1997). Filme que se propone ser frenético, divertido y atrevido, y prácticamente lo consigue. Fue el tercer largometraje de Juanma Bajo Ulloa, thriller de comedia posmoderno que muestra influencias tanto de John Woo como de Quentin Tarantino, más el kitsch de Almodóvar.
Extenso reparto (más de 50 actores), una película importante visual y conceptualmente, con un material nuevo para Ulloa. La trama es laberíntica y casi se desintegra bajo la presión de la imaginación de los guionistas.
Juantxo (Karra Elejalde), un chico nerd y consentido por su madre, es de esos que se enamoran de una prostituta en su despedida de soltero. Arrastrado a la fuerza a una fiesta por sus amigos Konradin (Fernando Guillen-Cuervo) y Paco (Alberto San Juan), pierde el costoso anillo de bodas dentro del cuerpo de una prostituta mulata.

Villambrosa (el veterano Francisco Rabal pone su toque) descubre la banda criminal. Se trata de un mafioso dueño de burdeles en la costa norte que trafica con drogas entre Portugal y España. Su rival, Souza (Luis Cuenca), vive en la parte trasera de un camión y le ordena a su cómplice, la levitadora femme fatale Fátima do Espírito Santo (María de Madeiros), que investigue el asunto.
El resto cuente el intento de tres días de Juantxo y sus amigos por recuperar el anillo mientras recorren a toda velocidad el norte de España. Pronto se ven envueltos en una guerra de bandas, y la persecución los lleva de burdel en burdel, hasta llegar a un casino lujoso en Santander. Todos vestidos con trajes negros y gafas de sol.
Las absurdidades de la trama dan pie a una sátira ingeniosa sobre los valores de la burguesía, la Iglesia y las películas de gánsteres, con muchos chistes buenos, algunas interpretaciones memorables y una fotografía siempre audaz por parte de Gonzalo Berridi.

Parte del encanto de Bajo Ulloa para el público español reside en la forma en que los actores interpretan papeles inesperados. Javier Bardem, breve cameo como estrella de telenovelas venezolanas. Santiago Segura es un político corrupto. El chef televisivo Karlos Arguiñano, es Serafín, el padre de Juantxo; y las frases más ingeniosas de Manuel Manquina, como delincuente gallego de poca monta.
La película se deleita con éxito en su ingenio de estilo independiente y en su desbordante sentido de la autoparodia, con Bajo reservando sus mejores momentos para los detalles reveladores en medio de una anarquía que mezcla géneros.











