Llega, como cada año, de nuevo el calor y, como cada año, el merecido homenaje a la playa de El Puerto de Santa María. La ciudad, que cuenta con muchos metros de playa en su término municipal, desde siempre ha tenido una playa privada: nuestra playa.
Quizás mi generación haya sido la última que se resistió a dejar el último baluarte, la última que pasó su infancia entre residenciales a pie de playa, literalmente. Fuimos los últimos vándalos con construcciones casi en la orilla. Luego comenzó el afán por ocupar otras playas que, para mí, estaban demasiado lejos, siendo, como es natural, las más demandadas aquellas en las que aún había barreras. Y es que da más morbo pelearse que disfrutar del verano.
Sin embargo, la ciudad siempre ha tenido y tendrá una playa: La Puntilla. Quizás no tenga el exotismo del Caribe, puede que sus aguas no sean siempre color esmeralda. La vista, hasta donde alcanza, tropieza con el espigón y las rocas, pero cada año, cuando paseo por ella, la nostalgia me lleva a aquel camino de tierra prensada, al inconfundible aroma a vida de las casetas. Me invade el olor a chiringuito y a SAVIN con Casera; me llena el sabor de una infancia perdida que nunca volverá, pero que, desgraciadamente, tampoco vivirán ni comprenderán quienes vienen detrás de nosotros.
Juzgar aquellos tiempos con la mentalidad actual, con las normativas y leyes que hacen la vida más controlada y complicada, resultaría ridículo. Mucho menos cabe en ninguna mente querer recuperar aquello, pero no porque no se pueda. La Puntilla, nuestra playa, no era solo una forma de vivir el verano; era el reflejo de otro tiempo, un sentimiento compartido, con turistas —que siempre los hubo—, con convivencia, pero, sobre todo, donde la principal apuesta era vivir el verano.
Claro que había problemas y alguna que otra pelea, pero también había tortilla de patatas, olor a menudo calentándose en un infernillo, alguna que otra cáscara de sandía enterrada en la arena y mucha arena, tanta, que llegar a la orilla era toda una excursión.
Cuantos más años pasan, más egoísta me vuelvo, y no añoro que vuelva La Puntilla a ser lo que era porque no sería lo mismo. Ahora, aquella Puntilla, como para muchísimos otros, se ha convertido en mi Puntilla, mi refugio cuando quiero acordarme de los que me faltan, cuando quiero huir de los años que se me echan encima.
Nuestra Puntilla morirá con nosotros, o quizás no, pero mientras me siente a verla, por mis ojos pasará toda una infancia y, al igual que le ocurre a miles de portuenses, un recuerdo adorable nos arrancará una sonrisa y un bello recuerdo.











