
“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.
El cine ha retratado la vida de deportistas legendarios y hazañas reales, algunos de los cuales ya he comentado en esta sección. Alcoholismo y deporte, Cine deportivo, Deporte y negocio, y libre en pantalla.
Películas que ofrecen dramas intensos sobre superación, rivalidad y el sacrificio necesario para alcanzar la cima. Hoy me referiré a deportes que califico de “singulares” por ser más minoritarios o, al menos, que tienen una menor difusión. Marty Supreme (2025), de J. Safdie (pimpón); La fiera (salto B), de S. Calvo; y Eddie el Águila (2016), de D. Fletcher (salto de esquí).
MARTY SUPREME (2025). Biopic de Marty Reisman, basado en el jugador profesional de tenis de mesa del mismo nombre, aunque "fuentes cercanas a la producción" han calificado la historia como "una historia original ficticia, "un buscavidas convertido en campeón de pimpón, desde que empezó a jugar por apuestas en Manhattan hasta ganar 22 títulos importantes y convertirse en el más veterano en ganar una competición nacional, con 67 años.
Si bien la película es ficticia, Safdie y su coguionista habitual Ronald Bronstein se inspiraron en la vida de Marty Reisman, un prodigio judío del tenis de mesa de Nueva York de los años 50 que se esforzó por hacer del pimpón un fenómeno mundial, con el mismo respeto que otros deportes.
Joshua Safdie dirige y escribe el guion junto a Ronald Bronstein. Safdie dirige un largometraje sin su hermano y colaborador de siempre, Benny, en un filme impulsado por un Timothée Chalamet desbordante, como arrogante joven que aspira a la gloria mundial del tenis de mesa.
Desde sus primeros momentos en pantalla, Chalamet transmite la sensación de un joven desvergonzado que anhela la grandeza con una combinación de descaro, amoralidad y una inquebrantable confianza en sí mismo.

Sin embargo, sus planes de viajar a Japón para participar en el campeonato mundial se verán parcialmente afectados debido a las estafas, robos y mentiras que irá cometiendo a lo largo de su camino.
Es una obra original que desafía el género, emocionante comedia deportiva, una vibrante evocación del Nueva York de principios de los años 50, además tener una excelente puesta en escena.
La dirección desprende una confianza elevada, a la altura del personaje principal, junto con unas imágenes llenas de intensidad, un diseño de producción minucioso y una atención escrupulosa a los actores.
Destaca Thimotée Chalamet, quien se ha elevado en los últimos tiempos a lo más alto de las estrellas rutilantes, con una trayectoria que lo ha convertido en un ídolo juvenil, de los pocos actores que ha suscitado de nuevo el fenómeno fan. Ello parece empujar a nuestro actor a representar al nuevo hombre, romántico y tierno, a distancia de la virilidad más de testosterona.

Tal es la cosa que Chalamet produce la película y aparece en casi el noventa por ciento de las escenas; por ello, la película se agota en la primera media hora, para un metraje de casi dos horas y media excesivo: el principal hándicap de la película.
Aunque, a decir verdad, algunas escenas escandalosas ilustran atisbos de la brillantez de Safdie para orquestar un caos trepidante, a la vez que le dan al material espacio para respirar. La más notable es un interludio que comienza en un hotel de mala muerte de Nueva York, donde Marty cae literalmente en la órbita de Ezra Mushkin, un delincuente interpretado con retorcida sordidez por Abel Ferrara que acabará en la frenética búsqueda del perro de este, no sin mil incidentes.
En el reparto, aparecen con oficio y profesionalidad artistas como la celebérrima y hermosa Gwyneth Paltrow como Kay Stone; una Paltrow que se aviene a interpretar a una mujer madura, a una actriz que ha sacrificado su carrera por el confort de un matrimonio burgués.
Con ella, el protagonista mantendrá una relación erótico sentimental que persigue llegar a su millonario marido, Milton Rockwell (estupendo Kevin O'Leary), un industrial que posee un imperio de lapiceros y de plumas estilográficas, al que Marty quiere convertir en su patrocinador privado.

El episodio del partido contra el contrincante nipón no tiene demasiada garra ni mucha tensión; ilustra más bien la ocupación del Japón por los EE. UU. y el hecho de que los propios japoneses necesiten vencer al rival yanki para compensar anímicamente su derrota militar.
Como prueba de que no estamos ante una fiel e histórica recreación, está la banda sonora con los sones del Forever young (1984), de Alphaville. O el Every body wants to rule the world (1985), de Tears for Fears, en palmario anacronismo que impone una lectura deshistorizada del cuento.
Concluye esta alargada historia cuando Marty gana el partido y firma cierta tregua interior. Paralelamente, reconoce sus errores y se avendrá a ser padre y a incardinarse en el entorno familiar judío. Concluye aceptándose a sí mismo del punto que reconoce entre lágrimas a su recién nacido hijo.
LA FIERA (2026). Salvador Calvo, que es un director que conocemos por dramas basados en hechos reales (1898: Los últimos de Filipinas, 2016, con esta película incursiona en el universo del salto Base, o sea, lanzarse a gran altura desde objetos fijos, usando un paracaídas, o, como en la película, un traje con alas, el famoso “wingsuit”.
El título “La Fiera” apunta a una idea central del filme: una pulsión que domina a quienes practican este deporte, especie de motor vital, personas que sienten el instinto y la necesidad de tirarse al vacío con sus membranas de poliéster.
La película viene a ser homenaje a un grupo de amigos pioneros de esta disciplina en España. Cuenta con un despliegue técnico óptimo para reproducir la experiencia del vuelo y su intrínseca relación con el riesgo.

La historia se centra en Carlos, Darío y Armando, personajes reales, junto a otros integrantes unidos por la práctica del mencionado deporte. La historia se entrelaza con escenarios naturales que no solo ambientan, sino que moldean y potencian el desarrollo dramático de la historia.
Expone la cinta la lógica interna de este mundo: la fraternidad que se construye en cada salto, la celebración compartida cuando se supera cada reto y la constante necesidad de repetir esa descarga física y mental.
Esta manera deportiva de volar con traje de alas (“Wingsuit flying”) es una de las disciplinas más arriesgadas dentro de los deportes extremos. Lanzamiento desde montañas, edificios o avionetas, con el traje que permite planear antes de abrir el paracaídas para aterrizar de manera segura.
El guion de Antonio Hernández profundiza en las motivaciones que empujan a este grupo a poner en riesgo su propia vida. Se puede decir que hay una pulsión de riesgo, lo cual es, según lo veo, instinto de muerte, pues como reza la Biblia: “Quien ama el peligro, en él perece” (Proverbios 22:3). O sea, cuando alguien se deleita en situaciones peligrosas, suele terminar sufriendo consecuencias negativas.

Mediante un relato construido como una espiral trágica, la narración explora cómo esas consecuencias no se limitan únicamente a quienes la experimentan, sino que termina extendiéndose a amigos, parejas y familiares.
Una obra que se apoya en los códigos del cine de aventuras para representar la lucha de sus personajes frente al desafío de dominar la naturaleza. Son intérpretes Carlos Cuevas, Miguel Bernardeau y Miguel Ángel Silvestre, muy bien y conjuntados.
Resultan también fundamentales los dos personajes femeninos interpretados por Candela González y Stéphanie Magnin, parejas que funcionan como un vínculo con el mundo real. Ambas son escaladoras y comprenden el universo interior de sus parejas.
La presencia de la llamada “Fatality List”, que contabiliza anualmente a quienes pierden la vida en este tipo de prácticas, introduce una dimensión siniestra que atraviesa el relato, con docenas de muertes al cabo del año. Esto adquiere un peso especial, pues en el rodaje se produjo la muerte de Carlos Suárez, referente del grupo y “doble” en la película.

La obra resalta las secuencias de vuelo, filmadas en escenarios como los Mallos de Riglos o paisajes de Suiza, con un montaje que alzaprima la sensación de velocidad y la relación directa con el vacío. La cámara vive plenamente cada salto.
La música de Roque Baños, con referencias al flamenco, aporta una capa identitaria al conjunto. El compromiso físico del elenco es evidente y acentúa la credibilidad de las escenas deportivas.
La cinta, siendo interesante, se acerca al documental, pero con personajes dramáticos. Consigue transmitir cierta atracción por los vuelos sin protección y el sentido de comunidad en torno a esa práctica, y aborda la variable subjetiva de quienes deciden exponerse reiteradamente al límite.
EDDIE EL ÁGUILA (2016). En la cinta se detallan las inspiradas hazañas de Eddie Edwards, más conocido como “Eddie el Águila”, el más famoso saltador de esquí en la historia británica, en su lucha por lograr cumplir su sueño de infancia y participar en los Juegos Olímpicos de invierno. En Calgary, 1988, Edwards se convirtió en el primer deportista británico que compitió en la modalidad de salto de esquí, con más optimismo que sentido de realidad.
Tercer largometraje del director y actor Dexter Fletcher, es una película biográfica y de deportes. Fletcher hace una dirección efectista con tintes de nostalgia y elogio, lo que le confiere al film cierto sexappeal. De otro lado, la película tiene un claro barniz conmovedor próximo a la lágrima.

Un guion escrito como historia emotiva sobre el arrojo y la autosuperación, el triunfo ante la adversidad, y un formidable sentido de la contención. Está escrito el libreto por Simon Kelton y Sean Macaulay, adaptando una historia de Kelton basada en hechos reales. La historia es contada por el propio Eddie y resulta ser un caso de libro sobre la idea del triunfo de la voluntad, a pesar de sus dudosas capacidades iniciales.
Entre el reparto Taron Egerton está redondo y se ve que le pone muchas ganas a su trabajo, dando en la tecla de su personaje, un muchacho ingenuo pero perseverante y carismático, que no ceja hasta ver cumplidos sus deseos.
Hugh Jackman está genial en el rol de Peary, el entrenador alcohólico, antiguo saltador por los trampolines de esquí de 70 y 90 metros, excampeón de saltos que perdió su carrera deportiva arruinada por los excesos y su falta de disciplina. Él es quien con mucho corazón se aviene a ayudar al poco dotado Edwards.
El dúo Egerthon-Jackman tiene mucha química. Chrtistopher Walken en su papel de Jersey Boys, en los pocos minutos que tiene, está genial. Música entusiasta de Matthew Margeson y excelente fotografía de George Richmond.

En fin, una entrañable y emotiva cinta. Tenemos a Fletcher como director de una película de saltos y en torno a un singular personaje, sabiendo manejar una sucesión de clichés sobre el cine de deportes y la emotividad.
Película ligera, entretenida y honesta con el espectador. No hay que esperar exagerados milagros deportivos, pero subraya la importancia del tesón, de perseguir los sueños y como decía el Barón Pierre de Coubertain: “Lo mejor que tienen los sueños es que se pueden hacer realidad”.











