Siempre hay puristas que se rasgan las vestiduras por todo, absolutamente por todo: desde una portada distinta a las del siglo XVII hasta el uso de canciones “satánicas” para atraer a la gente joven. Pero la realidad, esa que vemos día a día, puede ser distinta.

Algo que ha evolucionado en la feria ha sido el consumo de alcohol, en sus distintas formas y variantes. La cerveza para apagar calores sigue siendo un clásico, pero las borracheras de vino fino cada día son menos frecuentes. Hoy se imponen las horas en la feria, el calor, a veces, y, sobre todo, el intentar perder el control lo más tarde posible.

Ya nadie recuerda cómo se impuso —aunque yo sí lo recuerdo, cuando los Galán, con los excedentes, se inventaron los “bakimbox” de rebujito allá por el lejano siglo pasado—. Ya nadie se pregunta de dónde vino ni quién es el responsable, pero lo cierto es que las jarras de rebujito son una marea imparable que recorre todo el real de la feria.

Mucho hielo, mucho vino aguado, pero son horas y horas desinhibidos, diciendo tonterías (algunos desde la primera jarra) y llegando a casa sin lucir aquellas etiquetas que se hicieron famosas en los años setenta, donde uno ponía el nombre y la dirección, y que, colgadas en la solapa, ayudaban a la “extradición” de la feria y al retorno al hogar de origen.

Los menos siguen renegando de tan perniciosa bebida, pero no pueden negar que alguna que otra copita de fino rebajado se han tomado. Y todos los que bebemos fino, y de vez en cuando renegamos, comprendemos que aguantar toda la feria con fino es imposible, sobre todo para los que nos intentan escuchar pasadas las seis de la tarde y con más de cuatro medias metiéndonos la papa gorda en la boca.

Hay que claudicar. Y, hasta que no se pase la moda, el rebujito ha civilizado la feria. Ahora la pregunta sería… ¿será necesario cambiar el cartel? Porque la Feria del Vino Fino, vino fino como tal, ya tiende a verse eclipsada por la feria de la jarra de rebujito.

Ya sea con un nombre u otro, llegando a la recta final, lo cierto es que da igual. Es indiferente si se bebe de una u otra bebida, porque la realidad sigue siendo la misma: los colores siguen brillando. Y, gracias a una cosa u otra —será el ruido, será el colorido o será el rebujito—, Boney M sigue despertando en nosotros, pasadas las cuatro copas, esa pérdida de vergüenza que nos lleva a ocupar las pistas de baile para dar taconazos descompasados… pero que nos hacen pasarlo bien.

Señores… buen final de Feria.