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“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

Hay en el cine, un número importante de obras que abordan el abuso del alcohol, algunas ya han pasado a la historia de la filmografía universal como Días de vino y rosas (1961) de Blake Edwards o Días sin huella de Billy Wilder. Pero esta temática y estas películas las comentaré en una entrega de futuro, cintas que abordan los riesgos del abuso en el consumo de alcohol, y cómo esta conducta afecta a las vidas y las relaciones familiares.

Hoy me voy a referir la adicción a la bebida y a su redención-liberación, a través de alguna actividad deportiva, en dos films dirigidos por el director estadounidense Gavin O’Connor, quien parece encontrarse a gusto contando historias deportivas, como El milagro (2004), sobre el triunfo épico del equipo de hockey estadounidense en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980. Pero que también ha sabido relacionar alcoholismo y terapia en el deporte, en obras que ahora comento como Warrior (2011), una cinta sobre artes marciales y el sufrimiento expresado a través de contusiones y golpes en los riñones, con un hombre que fue un gran bebedor que es quien entrena a su hijo, una vez recuperado de su alcoholismo. Y comentaré otra película, esta vez de estreno, también de O’Connor, The way back (2020), en la cual una antigua promesa del baloncesto colegial, con una vida rota, entre otras por la bebida, intenta reformarse entrenando al equipo de baloncesto de su antiguo colegio.

WARRIOR (2011). Trabaja en esta película Nick Nolte, gran actor que es crucial en una obra con momentos tanto de lucha, como de drama. Es un film que relaciona el alcoholismo y sus consecuencias, con el mundo de las artes marciales. Recuerda a la elegante The Fighter (2010) de David O. Russel, y no se pueden evitar comparaciones, pues ambas son películas de lucha y también de hermanos y familia.

En la historia tenemos como vértice a Paddy (Nick Nolte), un hombre mayor, ex alcohólico y que en su momento dio mala vida a su familia, esposa y dos hijos, por sus continuas borracheras y riñas; toda una tragedia con el güisqui como protagonista. Ya rehabilitado de su alcoholismo, Paddy vive solo y convertido a la religión.

En ese contexto aparece su hijo más joven, Tommy Riordan (Tom Hardy), ex combatiente de la guerra en Irak, y tienen un reencuentro difícil y cargado de reproches. El hijo le echa en cara sus borracheras y sus malos tratos en familia, y aunque Paddy le explica que ha cambiado, su hijo no lo cree. Al día siguiente, Tommy se inscribe en un gimnasio donde vence a un luchador profesional llamado Pete “Mad Dog” Grimes (Erik Apple), dejándolo KO en pocos segundos. Un espectador graba la pelea y la sube a la red de Internet, lo cual que Tom se hace popular rápidamente.

Paralelamente, podemos ver la vida del hijo mayor de Paddy, Brendan Conlon (Joel Edgerton), felizmente casado, con hijos y una bonita esposa, Tess (Jennifer Morrison); Brendan se dedica a la enseñanza en un instituto de secundaria. Pero los problemas económicos arrecian.

En el transcurso de la película, el hijo joven decide dedicarse a la lucha y competir en un torneo de artes “marciales mixtas” (MMA o Mixed Martial Arts), llamado Sparta, que tiene un premio único de cinco millones de dólares. En este tipo de lucha vale casi todo. Es entonces cuando le propone a su padre, que fuera luchador también de joven, que lo entrene para el Gran combate.

En el mismo sentido pero en otro lugar, el hijo mayor, quien también fue luchador, decide presentarse a la misma competición para hacer caja y afrontar una hipoteca subprime que amenaza quitarle la casa. Para ello debe abandonar su trabajo como docente, y convencer a su viejo amigo Frank Campana (Frank Grillo) para que lo entrene y lo prepare, lo cual finalmente sucede.

Gavin O’Connor sabe confeccionar una película de calidad que aborda temáticas, todas interesantes y actuales. Además, lo hace imprimiéndole un ritmo narrativo más que aceptable, donde las tramas y subtramas van encajando sus piezas, haciendo de esta película una obra que mantiene la atención.

El guion del propio O’Connor junto a Anthony Tambakis y Cliff Dorfman, está bien escrito y no deja cabos sueltos, lo que le da credibilidad a la historia, un clima de tensión y una elevada vis dramática.

Los actores están suficientemente bien; son sobre todo actores físicos, de gran corpulencia y musculación. Esta película necesita este tipo de actor forzudo. Destacan, entre otros, un Joel Edgerton que exhibe sus habilidades en la lucha a la par que hace una interpretación buena como hijo mayor preocupado por sus necesidades económicas. De otro0 lado, Tom Hardy, el hijo menor, además de evidenciar su forma y cualidades como atleta, sabe representar a un hombre lleno de fuego y odio, lastrado por su pasado de desertor. Quizá el más destacado es el ya consagrado Nick Nolte, que hace un rol trágico en toda regla, es decir, un hombre arrepentido de su pasado como bebedor y pendenciero, clamando perdón y sintiendo de alma la pérdida afectiva de sus hijos, sin perder la esperanza de recuperarlos; gran repertorio interpretativo.

Esta cinta obtuvo una respuesta positiva por parte de la crítica del momento. El norteamericano Bruce Diones llegó a escribir: “La película está tan bien hecha, y las actuaciones son tan convincentemente reales (Hardy es sensacional), que, cuando llega a su final catártico, ganador, logra una sorprendente compasión y honestidad”. A esto se le une el hecho de haber sido una película rentable en lo comercial.

Pero a quien no le guste este tipo de cine violento, no le aconsejo que le vea. Es un film que golpea las cosas muy fuerte, tanto literal como metafóricamente, tanto que es difícil no sentirse aporreado una vez que termina. Luego no es un mero drama, hay violencia. Aunque en su descargo diré que me parecen bien llevadas las peleas, es decir, no son excesivas ni salpican al espectador; además, tienen una carga metafórica: la película golpea de manera precisa, y sabe perfectamente dónde hacerlo.

Resaltan también las diferencias entre los hermanos. Tommy es un joven solitario y hosco, atormentado con recuerdos de la guerra. Brendan sin embargo, es un profesor de Física contento con su profesión y una familia feliz. Son vidas paralelas pero distintas, motivos diferentes, necesidades dispares, y el nexo de la hermandad. Esas diferencias personales las trasladan a su forma de luchar, cada uno tiene su propia manera. Tommy es más rudo, más físico y se lanza a acabar pronto a sus rivales. Brendan es más bien un tipo técnico, más fino en su estilo de lucha y que no se da por vencido, batallando hasta el final.

Película que que aborda temas como la familia desestructurada, el alcoholismo, la guerra, la desavenencia hijos-padres y entre hermanos, la reconciliación, incluso se mete en temas como las hipotecas engañosas; toca también la amistad, así como el amor y la nobleza. A eso cabe unirle su buena realización, razón por la que a pesar de la adrenalina que se hace evidente, sin embargo se asimila bien, dado que va acompañada de las componentes humanas a que me he referido.

Película potente, vibrante, lúcida y de conmovedor final.

 

THE WAY BACK (2020). Jack Cunningham es una antigua estrella del baloncesto escolar y en la actualidad un obrero de la construcción en la ciudad de Los Angeles. A lo largo de su vida tuvo que padecer un a un padre frío y egoísta; también pasó por la muerte de un hijo; excesos con la bebida y matrimonio destruido. En un momento de su triste historia es reclamado por el director de su antiguo colegio católico, el Bishop Hayes High School, para que entrene el equipo del centro del que fue una estrella y que anda en horas bajas.

En un tiempo récord consigue remontar los resultados de la liguilla que hasta entonces eran adversos. Jack acierta a dirigir a un conjunto mediocre compuesto por un variopinto grupo de estudiantes indisciplinados, hasta llevarlos al éxito, inculcándoles un espíritu colectivo y de equipo. Pero el alcohol acecha en cada vuelta del camino.

Fotografía de Eduard Grau tenue y de granulada textura, donde destaca el atormentado Jack junto a un panorama de muchachos humildes en un contexto educativo. Interesante música de Rob Simonsen con su punto de inquietud que acompaña el fondo de la historia.

El reparto es sobre todo y ante todo un Ben Affleck quien con su convincente interpretación, hace más que creíble la historia de un obrero alcohólico y azotado por los reveses de la vida. Podría incluso decirse que es un trabajo muy “personal”, pues Affleck rodó esta película al poco de terminar un período en rehabilitación por su adicción a la bebida. Gavin O’Connor pone frente al espectador a un Affleck hinchado, grasiento, mirada perdida. Affleck da toda la impresión de estar íntimamente familiarizado con la angustia y el disgusto interior que dominan la vida de su personaje.

El film tiene su interés en la insistencia de que la vida no se puede vivir al revés, que no hay vuelta atrás, contrariamente a lo que podría sugerir su título. Este entrenador modesto y conmovedor llamado a redimirse como entrenador, no alcanza a recuperarse de su mal.

Historia dura y salvadora, O’Connor hace un virtuoso juego, junto con el guionista Brad Ingelsby, evitando los lugares comunes del género deportivo, en aras a contar una historia que encuentra el punto dramático en acontecimientos sencillos pero contundentes.

Concluyendo, un drama en toda regla sobre la pérdida, la adicción y la autodestrucción, que solo incidentalmente se centra en dar lecciones de vida o en convertir a un equipo heterogéneo de inadaptados en un club ganador de baloncesto. La luz, la recaída, la entereza, la liberación. Todo esto e incluso más, encierra este film de un inspirado Gavin O’Connor.

Más extenso en la revista de cine Encadenados

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