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Un 5 de junio de 1898 nacía en Fuente Vaqueros, Granada, Federico García Lorca, poeta y dramaturgo de la Generación del 27, cuya obra tiene unas inconfundibles señas de identidad. Fue vilmente asesinado entre Víznar y Alfacar en 1936.

Lorca es un poeta de nacimiento, de un lirismo tan natural como bello. Obras como Romancero gitano (1928), Poeta en Nueva York (1929-1930); Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (1934), una de las elegías cumbre de la literatura española; Sonetos del amor oscuro (1936), de intenso erotismo, dolor y ocultamiento amoroso; o, Poeta en Nueva York, fruto de su estancia en la ciudad de los rascacielos.

Pero, además, tiene obras de teatro como: Yerma, La casa de Bernarda Alba, Bodas de sangre o Doña Rosita la soltera, representadas en escenarios de todo el mundo, convirtiéndose en un símbolo de reivindicación y protesta, que fueron adaptadas con irregular fortuna en películas y series de TV.

Y su vida, pues muchos creadores han tomado la historia de Federico como punto de partida para sus obras en títulos como: Lorca, muerte de un poeta (Juan Antonio Bardem, 1987) o Muerte en Granada (Marcos Zurinaga, 1997), que comento aquí; o la última, que también analizo: La bola negra (2026), de J. Calvo y J. Ambrossi.

LA BOLA NEGRA (2026). Centrada en el redescubrimiento imaginario de una obra del poeta español gay Federico García Lorca, la cinta es una conmovedora y oportuna reivindicación de la cultura queer española, oculta y reprimida a principios del siglo XX.

Le ponen pasión los directores Javier Calvo y Javier Ambrossi a esta historia, con tres líneas temporales, basada en una obra de teatro de 2013 del coguionista Alberto Conejero. Pero La Bola Negra es también un melodrama extenso y desorganizado que aspira a la complejidad de múltiples tramas, pero que carece de seguridad y estilo.

Los dos Javis, el director y coguionista Javier Calvo y Javier Ambrossi han tenido una carrera meteórica en España que los ha llevado del teatro musical experimental a la televisión. Son creadores series exitosas en los últimos años, pro yo no veo series.

Pero esta familiaridad con el público ha impulsado el estreno de esta obra de la mano de Elastica. En otros países, su sólida trayectoria en temas LGBTQ+ podría resultar atractiva para distribuidores especializados, pero está por ver la acogida internacional del melodrama.

Más efectiva como un viaje emocional sincero que como una experiencia visual con partes aleatorias, finalmente compensa en parte el impacto que nos produce la grandilocuente banda sonora orquestal de Raúl Refree. Dicha banda sonora, centrada en los metales y los timbales, es un elemento clásico de una película intensamente cinematográfica.

Pero sus credenciales artesanales se aprecian mejor en un episodio independiente protagonizado por Penélope Cruz como una famosa cantante de cabaret madrileña que ha sido fichada para entretener a las tropas franquistas durante la Guerra Civil.

Federico García Lorca, figura destacada de nuestra literatura, fue asesinado por las fuerzas nacionalistas en 1936, a la temprana edad de 38 años. Y apenas se conservan cuatro páginas de su novela La Bola Negra, lo cual basta para sugerir que esta habría sido la única obra en la que el escritor abordó directamente el tema de la homosexualidad.

Ello, a través de la historia de un joven granadino acomodado al que se le niega la membresía en un casino de lujo por los rumores de que es homosexual. Ambientada en 1932, esta historia conforma una de las tres líneas temporales entrelazadas en este filme.

La segunda parte avanza solo cinco años para narrar el encuentro entre dos soldados de bandos opuestos de la Guerra Civil Española. El sensible y ansioso Sebastián (el cantautor Guitarrica de la fuente) se ve obligado a unirse a los nacionalistas de Franco.

Asignado como guardia en un hospital militar, entabla amistad con uno de los pacientes, el teniente republicano Rafael (Miguel Bernardeau). Hay un enfoque próximo al catolicismo, de los sufrimientos de Rafael, su piel lacerada; y la gradual conversión de Sebastián en discípulo de esta figura mesiánica.

Rafael, como se descubre, era amante de Lorca y secretario de su compañía de teatro. Tardamos un poco más en comprender cómo el protagonista de la línea temporal de 2017, el dramaturgo gay Alberto (Carlos González), se conecta con esas historias anteriores. Es historiador, dedicado a desenterrar historias queer olvidadas o borradas del pasado remoto.

Hay un giro del destino que lo convierte en vehículo que permite a Carlos, el héroe de la novela inacabada de Lorca, encontrar un cierre narrativo y que las historias enterradas de Sebastián y Rafael finalmente salgan a la luz.

Esta trama casi contemporánea es la que introduce la otra breve aparición estelar de la película: la de Glenn Close como una académica de estudios hispánicos claramente inspirada en el experto en Lorca, Ian Gibson.

Resulta más cautivadora cuando se adentra en los recovecos de la música popular, el teatro y la danza española, como en el vibrante episodio de Cruz, o cuando desarrolla personajes secundarios como la mordaz madre de Alberto, Teresa, interpretada brillantemente por Lola Dueñas

También destacan escenas clave, como cuando el comité de selección del casino, donde el personaje de Lorca es literalmente vetado, se representa con gran acidez satírica. O una secuencia en la que soldados desnudos retozan en una playa del norte de España, que rebosa de un atractivo y un deseo queer.

En última instancia, sin embargo, la grandilocuente estructura de esta película se basa en premisas narrativas mínimas. Da la sensación de ser una película construida para transmitir un mensaje bueno y admirable, pero el artificio del ejercicio nunca se destila por completo.

O, como dice J.R. Gabriel: “La película persigue una emotividad en las distancias cortas que no logra alcanzar, pues se exige una fe previa, en lugar de intentar convencernos mediante herramientas artísticas del dolor que supuestamente anida en el corazón humano y homosexual. Por ello, hay toda una panoplia de secuencias más activas, vigorosas o forzadamente poéticas y oníricas, en que los protagonistas son estetizados aún más”.

 

MUERTE EN GRANADA (1996). Esta obra de Marcos Zurinaga no gustó en su momento. Ni crítica ni público entendieron que una película basada en la muerte de Lorca pudiera tener un argumento ficticio. Personajes inventados y otros reales, pero con el nombre cambiado. Y sobre todo un desenlace que, aunque es bueno como resolución de la trama, está muy alejado de la posible verdad de los hechos.

El filme mejora bastante si se lo valora simplemente como un thriller de intriga. Ir conociendo los hechos por medio de flashbacks, incluso con diferentes versiones de lo sucedido, le da un toque casi de cine negro y hace que no decaiga el interés hasta el sorpresivo final.

 

Andy García representa a un Federico muy distinto a como algunos nos lo imaginamos, pero su actuación es excelente. Lástima que sea muy difícil conseguir la versión original en inglés donde se puede apreciar mejor el trabajo de los actores.

A José Coronado en cambio se le ve bastante perdido, y eso que se dobla él mismo. El resto del reparto, correcto.

La película es un recorrido por las últimas horas de vida del poeta, a través de los ojos de un joven escritor granadino (como Lorca), que se exilió con su familia a Puerto Rico al comienzo de la Guerra Civil, y que conoció al poeta cuando era sólo un adolescente.

En su planteamiento, el joven tratará de escarbar en lo más profundo para hallar al culpable (o al que dio la orden final) de acabar con la vida de uno de los mejores poetas del siglo XX.

Ni con la colaboración de Ian Gibson, el historiador experto en Lorca, la película tiene base de verosimilitud. Desde los primeros minutos, adolece de falta de veracidad y de profundidad

El guion (varios autores) es flojo y la historia no funciona: los personajes van aportando su versión de los hechos y, sin remisión, se va cayendo en un final tramposo y maniqueo. Película no hace justicia al poeta ni por asomo.