
“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.
El Steven Spielberg de juventud construyó una película sin lugar a duda extraordinaria, en torno al recurrente tema del individuo manso perseguido por una fuerza o ser superior peligroso.
En psiquiatría se habla de “delirios persecutorios”, cuando un esquizofrénico paranoico siente irracionalmente que es acosado y atenazado por la policía, la CIA, los extraterrestres o cualquier otra ocurrencia o interpretación fantástica de la realidad.
Pero no sólo en los cuadros patológicos se da este fenómeno. En ocasiones, ciertas tendencias paranoides más o menos normales disparan en muchas personas esa sensación de ser hostigadas, cuando por ejemplo en la noche caminan por un sendero arbolado en que las sombras se confunden con una persona amenazante, o similares.

De manera universal, ¿quién no ha soñado que es perseguido por un animal, máquina o persona y no puede escapar porque el miedo lo paraliza? De estos sueños, una afamada psicoanalista llamada Melenia Klein decía que en esas pesadillas el que sueña es el perseguido y a la vez su propio perseguidor.
Y, ¿quién no se ha sentido perseguido interiormente por remordimientos, pesadumbres y, en general, por sentimientos de culpa? Pues bien, estas películas que comento ahora reflejan que esta posibilidad psíquica puede ocurrirle a cualquiera, por eso son tan turbadoras y a la vez tan sugerentes: tocan nuestra fibra sensible, pero con una iconografía que la hace irreconocible.
EL DIABLO SOBRE RUEDAS (DUEL) (1971). Esta película, El diablo sobre ruedas (que en el original tiene un título que recuerda al western: Duel: Duelo), fue pensada para formato TV.
Sin embargo, la brillantez, la intriga, la estética, el tono épico y el pulso narrativo poco visto en TV catapultaron la obra a la categoría de “buen cine”. Lo cual hizo que este filme de un joven Spielberg sea una de las mejores óperas primas jamás realizadas, y significó el salto a la pantalla grande.
Con el tiempo se ha convertido en un auténtico icono que algunos, entre otros yo, la consideran precursora de la terrorífica cinta Tiburón (1975) del propio Spielberg, que rompió moldes con las películas de terror al uso. En ambas hay un elemento persecutorio inevadible.
La cosa es un camión pegajoso y criminal siempre a cola de un pobre conductor de automóvil. En la segunda es un tiburón de enormes proporciones que aparece en el momento más inesperado.

Esta película trata el trepidante relato en el que David Mann (Dennis Weaver), un vendedor de clase media y padre de familia recorre las largas carreteras del sur norteamericano cerca de la frontera con México, con su coche Plymouth, para reunirse con un cliente importante. Es un trayecto rutinario y tranquilo.
Pero el bueno de Mann encuentra en su camino, un enorme y oxidado camión cisterna Peterbilt 281, que parece llevar algún producto inflamable. Al adelantar Mann el camión, el chófer de éste parece sentirse fastidiado y vuelve a adelantar su coche.
De vuelta a adelantar al camión, el misterioso conductor no permitirle rebasarlo, lo cual casi provoca un accidente con un vehículo que viene de frente.
Tras varios intentos con este “diablo sobre ruedas”, para su asombro toma conciencia de que está siendo literalmente perseguido por el monumental artefacto. Esto le provoca una fuerte carga de angustia. Su vida está en riesgo. David emprende una atormentada huida y pasa los peores momentos de su vida, pues no hay forma de quitarse de encima al camión.

En un acelerón se estrella cerca de un café, lo cual hace pensar a los presentes que Mann no está en sus cabales. Finalmente, camión y protagonista, al límite de la cordura éste último, se ven enfrentados en una carretera cerrada ante unos acantilados. El desenlace es sorprendente.
Un detalle muy acertado del filme es el de no mostrar en ningún momento el rostro del conductor del camión (Cary Loftin), algo que hace aumentar la intriga y la congoja a medida que avanza la cinta. Además, el camión infernal suscita más terror que cualquiera de las modernas criaturas hechas por ordenador vemos en las películas de ficción.
Terrorífica “road movie”, basada en una historia de Richard Matheson, que surge a partir de la experiencia personal del famoso escritor y guionista, con un camionero que le persiguió y atosigó hasta que llegó a su casa, un día que volvía de un partido de golf.
Richard Matheson es uno de los más importantes escritores de ciencia ficción y de terror, amén de guionista, con un amplio recorrido en el cine.

Es un libreto sencillo, brillante, prácticamente perfecto, y se puede decir que nada sobra ni falta, siendo que en este filme sólo hay un coche rojo y un camión oxidado que le persigue toda la película; el resto lo completamos nosotros con nuestros miedos más profundos.
Sus 91 minutos están sembrados de un pánico sordo que atraviesa toda la película. Apenas hay diálogos, apenas hay voz en off, recurso éste tan sólo utilizado puntualmente cuando se hace necesario verbalizar los pensamientos del protagonista. Las sensaciones del protagonista se manifiestan a partir de imágenes, lo cual Spielberg consigue muy acertadamente.
Es notable la música cargada de consternación y suspense del compositor neoyorkino Billy Goldenberg; excelente, la fotografía de Jack Marta, con la utilización de hasta siete cámaras. Montaje perfecto, trepidante, provoca que el espectador se quede casi sin aliento.
En el reparto, un tanto difuminado pues lo que resalta es la terrorífica historia, todos cumplen perfectamente. Pero conviene resaltar que Dennis Weaver hace un papel brillante como conductor-vendedor indefenso, crispado y a punto de una crisis de pánico.
El segundo protagonista estrella es el camión que Spielberg mueve ágilmente por las carreteras con sus cámaras. Y cumplen perfectamente los secundarios Tim Herbert o Lou Frizzell.

Estos son los elementos de este zozobrante pastel angustioso y aterrador. No tiene giros en el argumento que es monotemático, no hay efectos especiales, un filme lineal pero espectacular. Se hizo en poco más de diez días, escaso presupuesto y humildad con grandeza.
De cómo, algo tan aparentemente pequeño, llega a ser tan grande al mismo tiempo. Donde se demuestra que el talento tiene más importancia que los medios.
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TIBURÓN (1975). La película se desarrolla en un pequeño pueblo turístico de la costa de Nueva Inglaterra, al este de los Estados Unidos. La apacible vida de la localidad se ve alterada cuando un gran tiburón blanco ataca a varios bañistas.
Steven Spielberg por aquellos entonces era un principiante, un “don nadie” de veintisiete años que únicamente tenía un estreno cinematográfico a sus espaldas (“El diablo sobre ruedas”). Pues bien, este don nadie dio el campanazo con esta película, paradigma del terror, con unos ingredientes sencillos pero inquietantes.
El análisis de este éxito radica en la idea de que el monstruo, más que externo, es el que habita en nuestro interior. Tiburón es el “tiburón” que todos llevamos dentro en forma de culpa, de ansiedad infantil, de pánico irresuelto, etc.

Es muy importante el guion de Peter Benchley (autor de la historia) y sobre todo de Carl Gottlieb, adaptación de la novela homónima de Bentchley (“Jaws”) publicada en 1974. El libreto, de manera lineal y sucinta plantea una sencilla pero inquietante historia.
Gottlieb le confirió una enorme viveza a los personajes y también tuvo el buen instinto de insertar algunos toques cómicos en los diálogos, incluso en mitad de momentos de tremenda tensión.
Intensa e inquietante banda sonora de John Williams, un hito en la música del cine, compases musicales que provocan ansiedad y pánico. La música de “Tiburón” es tan simple, insistente y cautivadora, que parece imparable, como el ataque del esqualo.

El reparto fue seleccionado por Spielberg que se quedó con unos actores de lujo. Roy Scheider está estupendo como jefe de policía. El inestable Robert Shaw, inmenso como el viejo lobo de mar y cazador de tiburones. Richard Dreyfuss, gran interpretación con toques de comicidad. Lorraine Gary muy bien como personaje femenino. Murray Hamilton, alcalde que pretende ocultar el problema.
Tensión, impotencia, agobio, puro terror. La frase promocional de Tiburón -ideada también por Spielberg- era: “Vayan a verla antes de ir a nadar”. A toda una generación se les quitaron las ganas de nadar en mar abierto. A mí no.










