España se encuentra paralizada. Incluso aquellos que pensamos que los árbitros visten de negro, como yo, quedamos a la espera de un incierto resultado. Curiosamente, habiendo llegado a la final, el fútbol cobra protagonismo frente al debate político.
Aun así, no falta quien intenta sacar rédito político. Están quienes piensan que las selecciones nacionales representan un orgullo patrio, la defensa de los colores del país y de su identidad nacional, aunque lo vean todo muy negro; y otros prefieren referirse a la selección nacional como «la Roja», un color que sigue teniendo cierto tufillo revanchista.
Sea como sea, hoy nos jugamos una estrella. E imagínense los millones de camisetas que se venderán. Nadie permanece impasible, pues incluso los parapollas que piensan que el fútbol es una mediocre distracción para mantener entretenido al pueblo —bueno, eso solo pasaba con Franco; hoy es una sana y divertida vía de escape del estrés, según nuestros mandos morales— obedecen ahora y se sientan a ver cómo juega su equipo.
Llegaremos al extremo de que algunos pasarán los próximos meses con una infección en las manos como consecuencia de haber sostenido entre ellas, mientras animaban a la selección, ese trapo fascistoide que algunos llamamos bandera y exhibimos con orgullo, aunque alguno preferiría animar con la de Palestina.
Hoy no se decide el futuro de España. Mañana no se habrán resuelto nuestros problemas y la corrupción no desaparecerá tras la victoria. Quizás mañana no haya nada que celebrar, o puede que sí. De nada servirá buscar culpables, dar explicaciones y analizar el porqué, aunque la próxima semana será tediosa tanto si ganamos como si perdemos.
Porque, si un partido dura noventa minutos, el análisis del mismo, cuando se gana, dura dos mil trescientas cuarenta y cinco horas y dos meses, repasando el acierto, la buena disposición y la gélida torpeza del enemigo.
Pero, si perdemos, si perdemos, y tal y como vemos que piensa actualmente nuestro entorno, no tendremos problema, porque la realidad histórica, la verdad verdadera, será que realmente sí ganamos. Culparán a Donald Trump, y al pato; a Milei, por supuesto. Durante cinco años se analizará cada segundo del partido hasta demostrar al mundo que la realidad, como en tantas y tantísimas ocasiones, es que no perdimos. Y reclamaremos nuestra segunda estrella por derecho justo, libertario e histórico.
En fin, aunque joda a muchos, perdamos o ganemos, la realidad es que durante unas horas remaremos todos en una sola dirección. Y, si ganamos, si ganamos, España parecerá encontrarse en el desfile de la victoria de la segunda estrella triunfal.
Y como esto no va de mejores o peores, ni de moral o pericia, sino de que al final gana el que más goles mete —o sea, el que gana—, espero que sea España la que más goles marque y se lleve el partido, que al final es lo que cuenta, aunque Argentina diga que ganó, como en las Malvinas.











