Puerto Sherry sigue siendo actualidad, y no se me van de la memoria aquellos paseos en moto para tomarme una cerveza en La Huerta, el pequeño almacén de desavío que se convirtió en un improvisado y escondido bar donde parábamos cuando aún no teníamos ni carné de conducir.
Y es que Puerto Churry siempre fue lugar de encuentro, más o menos masificado. Ahora, la rueda vuelve a girar, con mil teorías facebóolicas sobre conspiraciones y justicia, alegrías no contenidas por la desgracia ajena y alguna que otra acusación barriosesca sin pies ni cabeza, pero de las que suelen otorgar el minutito de gloria.
La realidad es que, como ocurre con todo lo que nos rodea, los intereses políticos, las luchas internas y, con toda seguridad, los intereses económicos hacen que se repita una historia que no sabemos cómo acabará.

Trabajadores de Margarita que se quedan en el paro con el cierre en Puerto Sherry.
Todo va camino de convertirse en otro episodio de La Calita, el mítico establecimiento cuyo cierre era inminente, y lo fue durante algunos veranos, en los que la defensa popular y la cabezonería se enfrentaron a la realidad. Hoy se unen el odio al empresario y el dinero, armas tan poderosas como las que defendieron La Calita, y veremos si no asistimos a anuncios y amenazas que durarán alguna que otra temporada.
Lo curioso es que, según quienes sí saben de qué va el tema —que no son ninguno de los que dan lecciones en Facebook—, a finales de año está prevista la concesión de los espacios para la instalación de locales de ocio fijos, y no portátiles como los de ahora. [Puerto Sherry paga el cierre mientras la Autoridad Portuaria impulsa el ocio en Cádiz]

Trabajadores de Phiphi.
Eso me lleva a pensar dónde quedará la alegría de quienes ahora aplauden el cierre, más por odio que por recuperar un espacio que vendieron hace mucho tiempo los herederos de la única y verdadera verdad verdadera mundial, guardianes de su moral y del «mucha salud». Un espacio que la ciudad no volverá a disfrutar y que seguirá siendo un negocio, como ahora.
La historia se repite y tendremos que esperar a la llegada del día 7 para comprobar si tenemos otro barco de Chanquete o si se produce el desmantelamiento del tinglado, donde cientos de personas —entre camareros, limpiadoras, personal de seguridad y recogedores de vasos— ven cómo se frustran sus ilusiones de trabajar durante un verano.
Y todo en aras del nuevo orden mundial, en el que quienes mandan y su corte de palmeros prefieren un sueldo de gerente por cuatro horas de trabajo y un empresario que, en lugar de ganar dinero, sea agente de Cáritas Diocesana, antes que a gente —para ellos, sumisos fachapobres— que piensa que cuanto más se trabaja, más dinero se gana.
Como digo, tendremos que esperar. No sé si me equivocaré o llevaré razón, pero creo que estamos ante el estreno de «Calita II, el desafío».











