Con la Navidad a las puertas, los Reyes Magos a la vuelta de la esquina y la situación actual como telón de fondo, el año se nos agota a toda prisa. Ya habrá tiempo de hacer balance, pero, de la forma más aturrullada posible, los días se nos vienen encima y lo que nos queda se consume. Se agota, igual que la paciencia de muchos, que curiosamente cada día son más.

Podremos decir que la falacia inventada por quienes no gobiernan crea un malestar nunca visto, pero olvidamos que hubo un tiempo en que la mera sospecha, la más mínima indiscreción, provocaba la caída de un gobierno. Hoy acabamos el año entre condenas, imputados y procesados. Imaginen ustedes que un Fiscal General del Estado, en un gobierno del PP, fuera acusado y condenado: no pasaría sin factura política. Aunque se defendieran alegando una trampa o aseguraran haber tomado medidas, daría igual. Las calles arderían.

Y todo por una razón sencilla: las formas. Esas mismas que no se han perdido en más de cien años. Mientras unos tratan de emplear la lógica, otros asesinan, incendian y demuestran los valores en los que se han formado.

Lejos de analizar cómo acabará el año, sin hacer pronósticos sobre qué hará este gobierno con nosotros… y con nuestro dinero, me limitaré a decir que miedo me da cómo será 2026. Porque, normalmente, en el mundo animal, nobles bichos como las ratas destruyen, infectan, cagan y se reproducen, pero no atacan: más por falta de necesidad que por cobardía. Sin embargo, cuando se ven acosadas, sin salida ni escapatoria, hacen lo que tienen que hacer para preservar su espacio sucio e infecto. Atacan, contaminan y, a veces, sobreviven. Aunque, en la mayoría de los casos, gracias a Dios, acaban reventadas.

El año se irá y vendrá uno nuevo, quizás peor que el que hemos pasado. Ya hemos visto que les da igual lo que ocurra, quién caiga o lo que piense la gente. Solo me cabe esperar que, finalmente, hasta los mismos que les votan —y no sean ciegos aborregados— terminen hartándose. Y eso ocurrirá cuando, en detrimento de los suyos propios, vean cómo en sus propias carnes padecen lo que no deberían.

Para terminar el año, me quedo con la imagen de un padre, progresista y ejemplar, cegado de amor por Sánchez y por sus hijas, que vio cómo dos musulmanes —no sé si serían moros, bereberes, argelinos o mauritanos— acosaban a su hija de 18 años, hasta el punto de enfrentarse a ellos para exigir respeto. Resultado: el padre, su hija y su mujer —que suele arreglarles las pagas— expulsados de la discoteca y denunciados por un delito de odio.

Y es que el acoso, como ya hemos visto, solo existe cuando lo comete alguien no afín al régimen. El resto es simpatía islámica o cariño rojo pasión.