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Cada lunes, sobre media mañana, gargantas ya cansadas pedían una justicia merecida, cada lunes, un solo color inundaba las calles, un color que tapaba el color individual de cada uno, y que no entendía de blancos ni amarillos. Aquello calló de repente, primero por imposición de un mal mayor, luego por la prudencia impuesta.

Mañana, supongo que volverán a inundar las calles y ganarse el respeto de aquellos que paso a paso nos iremos acercando a ese destino que a todos nos alcanza.

Hoy, sin saber por qué, y sin ser lunes me acordé y recordé los miles de luchadores que no podrán volver a las calles, los que quedaron atrás, los que seguirán apoyándolos desde una posición más cercana al Sol.

Hoy, sin saber por qué, me acordé de ellos, de sus lunes al Sol, de la fortaleza para soportar la injusticia, una injusticia que ahora se ceba siendo  el blanco fácil no solo de un virus, sino de unos políticos que siguen usándolos como arma arrojadiza.

Hoy especialmente me acordé de los lunes al Sol, los lunes del Puerto, los cercanos, los que fijan la vista en un objetivo común, el respeto, la justicia y el reconocimiento. Hoy comprendía que si la prudencia no los hacía estar esos lunes al Sol, no por ello su presencia no es reconocida o vista.

Sigo sin saber por qué me acordé hoy, porque hoy viernes de los lunes, pero espero que ellos no se olviden de nosotros porque ya los lunes no volverán a ser los mismos sin la presencia de ellos en las calles.

Desde aquí las gracias merecidas, y el recuerdo de que, a pesar de todo, se les echa de menos, porque, los lunes son menos lunes si no vemos quienes, sin rendirse, a pesar de las dificultades, siguen luchando, más por nosotros que por ellos mismos. Nos vemos los lunes… al Sol.

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