
“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.
Quienes leéis mis críticas, sabéis que el tema de la vejez en el cine me interesa particularmente. Hay bastantes películas que tratan el tema de la vejez.
Obras como Fresas salvajes (1957), Muerte en Venecia (1971), En el estanque dorado (1981), A propósito Schmidt (1981), Nebraska, o Justino, un asesino de la tercera edad (1994), de S. Aguilar y L. Guridi:
Hoy me detengo en el estreno: Calle Málaga (2025), de M. Touzani; y Dejad paso al mañana (1937), de L. McCarey.
CALLE MÁLAGA (2025). Esta cinta es la ópera prima en español de la cineasta marroquí Maryam Touzani y está inspirada en parte en la propia abuela hispanohablante de la directora.
La casa de María Ángeles en Tánger es un piso sin ascensor, pero abierto a la calle. Es su querido y genuino hogar, en el barrio de siempre, donde ella atesora su acogedora sencillez.
En ese apartamento, María Ángeles ha pasado cuarenta años de su vida, tiempo en el cual ha ido personalizando su casa, desde los exuberantes geranios escarlata de su balcón, su tocadiscos y sus vinilos.
Aunque en el tiempo de su viudez se siente un poco sola, las paredes color atardecer repletas de cuadros, le brindan consuelo y una especie de compañía hogareña que incluye sus recuerdos y su atención a los detalles.
El delicado y cálido drama de Maryam sobre la madurez es un cántico a los espacios físicos que nos sustentan (el hogar, los objetos y mobiliario, el barrio, etc.), algo que es más cautivador e importante de lo que parece.

La importancia emocional del lugar y el hogar
El antropólogo Graham D. Rowles refiere la importancia de la “experiencia geográfica” dentro del contexto autobiográfico de los sujetos mayores, sobre todo para su salud y estado de ánimo.
Sandra C. Howell refiere, en forma análoga, que la estabilidad emocional de los mayores está ligada de forma paralela a los atributos del lugar y a la integración de la persona en los asuntos comunitarios y del barrio.
Hay una escena donde se ve a la protagonista feliz haciendo sus compras matutinas, en una comunidad vibrante, entre el árabe y el español.
Por lo tanto, esta película está muy bien traída, pues su fondo, al igual que lo dicho, subraya que el lugar y el hogar representan partes de la personalidad de la protagonista.
Una actriz de bandera
Esta obra, además de un cántico al propio hogar, es también una oda aún más conmovedora a la presencia en pantalla de una enorme actriz como Carmen Maura.
Los expresivos rasgos de ojos grandes de la veterana actriz que ayudaron a definir la obra de Pedro Almodóvar hasta "Volver" (2006), desde entonces no habían encontrado un director/a con quien colaborar con tanta generosidad.

Dirección y guion
Touzani, la guionista y directora marroquí sabe exactamente el caudal interpretativo y artístico que tiene en Maura, cómo enfocar la cámara en ella y hasta qué punto debe mantenerse al margen.
El resultado es un vehículo estelar sincero, pero próvidamente elaborado que ha de ser bien recibido por los cinéfilos más veteranos.
El Marruecos de tantos españoles
Tánger es una ciudad en la costa norte marroquí, a la se accede en un breve trayecto en ferry desde España. María Ángeles (Maura), hija de dos de estos inmigrantes, ha vivido en Tánger toda su vida y disfruta de su palpitante energía intercultural.
Se muestra a la protagonista paseando por sus calles empedradas, charlando con los vendedores de especias animadamente y cocinando apasionadamente en su cocina mientras suena María Dolores Pradera.

El egoísmo de la hija
Clara (Marta Etura), la hija, es una enfermera en la medianía de edad, agotada por el estrés, que se marchó hace mucho tiempo a Madrid. De carácter agrio, todo su afán es vender la casa materna de la Calle Málaga para comprar un piso en Madrid y que su madre se vaya con ella dejando atrás su casa y su vida.
Inicialmente la madre se alegra cuando Clara aparece para una visita. Pero la alegría de trueca en disgusto cuando descubre el motivo de la visita. Y aquí, Touzani aborda la mezquindad: el interés de algunos hijos por hacerse cargo de los bienes de sus padres mayores.
Con las mismas, la señora ingresa en una Residencia y al poco se da de baja diciendo que se va a Madrid con su hija, pero a donde se vuelve realmente es de nuevo a su piso que aún no se ha vendido.
Reconquistar su casa y un nuevo amor
Sin hogar tras darse de alta en la institución, María Ángeles planea ocupar de nuevo su querido apartamento que ha sido vaciado de sus pertenencias para su venta. Pero acuerda un trato con el anticuario local Abslam (el actor y director Ahmed Boulane), convenciéndolo de que le vuelva a vender los muebles. Además, no tardan en iniciar un romance ambos.
En la cinta somos testigos de un amor otoñal intenso y a la vez tierno entre María Ángeles y Abslam, una relación sincera, de mutuo amor y admiración, sensual y romántica, un amor con sexo entre dos personas en su senectud, queriéndose como jóvenes, pero con más sentimiento, diría yo.

Cerrando
La película toma una situación que podría haber derivado en un drama desgarrador, sin embargo, la directora hace un abordaje ligero, sutil y con encanto.
El trabajo de interpretación de la Maura dota al personaje de un gran magnetismo y excentricidad, muy auténtico. Con un elenco que acompaña muy bien a la Maura.
La mejor amiga de María Ángeles es Josefa (María Alfonsa Rosso), es una monja con voto de silencio que es un instrumento de escucha; lo compararía a una especie de psicoanalista silente a quien la protagonista cuenta todas sus cosas.
Película delicada, donde Touzani y Maura encuentran el equilibrio perfecto desde el principio.
Revista ENCADENADOS
DEJAD PASO AL MAÑANA (1937). Esta película es una de las más duras sobre el tema de las relaciones hijos-padres mayores. Un matrimonio longevo, Barkley y Lucy, en la Norteamérica pos-depresión, reúnen a sus cuatro hijos para decirles que no pueden afrontar el pago de la hipoteca de la casa y que los van a desahuciar.
Los hijos tratan de ver quién se quedará con los viejos. Lo que deciden finalmente es repartirse a sus padres: uno se queda con la madre y otra con el padre. Esta decisión es cruel, pues ambos padres se quieren, se necesitan y se van a echar en falta.
Pero manda el pragmatismo filial, no la lógica de los sentimientos. Así que el trato que recibirán los padres de sus hijos será separarlos. Los padres aparecen más como un incordio que como personas queridas.
Además, el padre se pone enfermo y debe trasladarse con otra de sus hijas a California, separándose aún más de su esposa, con la que se verá al final del filme por "última" vez en Nueva York. Un golpe muy importante que sin embargo asumen con estoicismo.
Esta es una obra maestra de Leo McCarey, una película en la que, sin alardes técnicos, hay una utilización discreta pero efectiva del espacio y el tiempo, amén de una excelente dirección de actores, auténtica obra mayor del cine.
Tiene un guion magistral escrito por mujeres, adaptación de la novela homónima de Josephine Lawrence. Excelente música de George Antheil y Victor Young; y gran fotografía en blanco y negro de William C. Mellor.

McCarey trabajó con un enorme reparto. Sobresaliente Victor Moore como Barkley, padre anciano; Beulah Bondi superlativa como Lucy, madre-abuela; y grandes actuaciones de Fav Mainter, Thomas Mitchel, Porter Hall y Barbara Read. Todos convincentes para una película dura y emotiva.
Al principio sale una leyenda conmovedora: “La vida pasa tan rápidamente que pocos de nosotros nos paramos a pensar en aquellos que perdieron el compás. La penosa brecha solo puede unirse con las antiguas palabras: HONRARÁS A TU PADRE Y A TU MADRE”.
Es una película difícil de ver por su cercanía temática, que resulta ser una puñalada al alma de muchos hijos con padres mayores. Y quizá porque a nadie le gusta ver su propia realidad en pantalla.
Hay una escena en que la abuela Lucy le dice a su adolescente nieta: “Cuando se tienen 17 años uno piensa en divertirse. Cuando tienes 70, la máxima diversión consiste en fingir que no te importa enfrentarte a los hechos... ¿te importaría que siguiera fingiendo?”. ¡Para enmarcarla!
Eso es lo que hacen muchas personas mayores: fingen para no desvelar el terrible juego de desafecto al que son sometidos por la familia más joven, o en general por una sociedad que descarta lo viejo como caduco.
McCarey maneja sabiamente los mecanismos de la emoción. Lo cual es el resultado de una puesta en escena invisible, sencilla, pero donde nada es espontáneo o improvisado. El director dibuja las emociones en profundidad, sin artificios.
Igualmente, el filme nos pone ante un drama, pero rodado con una alegría de fondo que palía el malestar de la tragedia. Esto se comprueba en los minutos últimos, antes que Barkley viaje a California y la madre sea internada en un Asilo.
Es cuando los hijos les permiten estar juntos unas horas por las calles de Nueva York durante cinco horas. Caminan agarrados de la mano, recuerdan sus días felices, se pasean en un auto, vuelven al Hotel donde pasaron la Luna de Miel, los invitan a cenar y a bailar. Como si volvieran a ser novios. Orson Welles dijo que: “quien no llore en esa parte final, es una piedra”.
En estos minutos finales, Barkley menciona a Lucy un viejo poema de amor, que es agradecimiento; y ella recuerda el contenido del poema: “Un hombre y una doncella estaban cogidos de la mano, / y sonaba una pequeña banda nupcial. / Ante ellos había años inciertos/ que prometían alegría o tal vez lágrimas. / ¿Te arrepientes de tu elección? / Querido, dijo, la suerte está echada, / se ha tirado el arroz/ en el futuro viajaremos solos. / Contigo no tendré miedo”.

Esta película, además de la vejez, desglosa elementos como el amor, la aceptación y el rechazo... toda una lección de lo que es la vida a través de una de las parejas de ancianos más entrañables de la historia del cine.
Un hombre y una mujer, que, a pesar de su edad, siguen perdidamente enamorados. Que sufren por la distancia impuesta por sus hijos. Que se emocionan como niños por una llamada telefónica o una carta. Dos seres humanos que no merecen el mundo cruel que les toca.
En la película hay escenas inolvidables, como la llamada de teléfono entre ambos; la escena del baile; o el final en la estación, la escena del "no beso", cuando están a punto de besarse y Lucy mira a la cámara y frena el beso al ser algo demasiado personal como para compartirlo; como un pudor por la cámara.
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