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Albert Camus murió a los 46 años en un accidente automovilístico. Era el 4 de enero de 1960. Siete años más tarde, el célebre Luchino Visconti rodaba El Extranjero, sobre la célebre obra de Camus.

Varios años transcurrieron desde entonces, hasta que en 1992 el argentino Luis Puenzo adaptó para el cine la novela también de Camus, La Peste, con un elenco plurinacional, en el que figuraban William Hurt y Sandrine Bonnaire.

En 2014, con una brillante actuación de Viggo Mortensen, el director francés David Oelhoffen llevó al cine la novela póstuma de Camus, El primer hombre, un filme injustamente olvidado.

Camus considera que se debe aceptar el absurdo de la existencia, pero no es un cínico: cada hombre debe darle sentido a esa existencia mediante la búsqueda de la justicia, de la libertad y  la denuncia de los males de su época.

Albert Camus nació en Argelia cuando ésta era una colonia francesa. Su padre murió en la Primera Guerra y su madre, analfabeta, debió trabajar duro para sacar adelante a la familia.

Gracias a la perspicacia de un maestro -al que Camus le dedicaría su Premio Nobel de Literatura, 1957- pudo seguir sus estudios y convertirse en el filósofo, periodista, novelista y dramaturgo que fue.

El Extranjero, publicada en 1942, es la gran novela de Camus. Icónica. Original. Ineludible. Profunda.

Mis comentarios de hoy van para: El extranjero (2026), de F. Ozon; y El extranjero (1967), de L. Visconti.

EL EXTRANJERO (2026). Semiautobiográfica en un sentido y melancólica en otro, la novela de Camus lanzó su carrera a la cúspide de los autores más relevantes del pasado sigo. Se convirtió luego en lectura obligatoria en centros de enseñanza, en Francia como en el extranjero.

La adaptación del escritor y director francés François Ozon, acierta en muchos aspectos. Encuentra una forma exquisita de llevar las palabras de Camus a la pantalla. Imágenes en blanco y negro de asombroso contraste (fotografía belga de Manu Dacosse) transmiten la atención del autor al detalle, sumergiéndonos en un mundo mediterráneo de mar, sexo y sol que se sobrelleva hasta que se vuelve insoportable.

Ozon se aparta del texto en algunos puntos clave para ofrecer una lectura poscolonial de una novela que se publicó dos décadas antes de que Argelia se liberara del dominio francés.

El director, a diferencia de Camus, opta por dar mayor protagonismo a los argelinos, aunque de forma concisa, comentando la indiferencia de los franceses ante una situación que no tardó en desembocar en una violenta revolución.

Aunque Camus no fue defensor de la independencia argelina, el director encuentra una manera de actualizar el texto para una generación que ha llegado a rechazar el colonialismo, tanto del pasado como del presente.

Meursault, interpretado por Benjamin Voisin, es arrestado por disparar a quemarropa a un joven argelino (Abderrahmane Dehkani) en la playa, en un festín de imágenes, sonidos y angustia existencial.

Hay un noticiero inicial que muestra el desprecio con el que los franceses veían a los argelinos en aquella época; luego encontramos a Meursault solo en su apartamento cuando se entera de la muerte de su madre (Mireille Perrier). Apuesto y retraído, el taciturno oficinista se dirige al campo para velar el cuerpo de su madre, que yace en una lúgubre residencia de ancianos.

Ozon transmite la soledad de Meursault, y la desolación de las personas con las que se encuentra. Hay impactantes planos que los encuadran en paisajes áridos o interiores, en una recreación de la época impecable.

Cuando Meursault regresa a Argel tras el funeral, la película cambia de tono para mostrar la belleza de una capital colonial bañada por el sol, intercalando escenas de una población árabe tratada como ciudadanos de segunda clase.

Mersault conoce a Marie (excelente Rebecca Marder), aun con el luto por la muerte de su madre, y no tarda en iniciar una aventura más centrada en el sexo que en el amor. Meursault empieza a frecuentar a su turbio vecino francés, Raymond (Pierre Lottin), que tiene una relación turbulenta con una mujer argelina (Hajar Bouzaouit).

El libro de Camus divide un antes y un después del asesinato, mientras que la película dedica más tiempo a narrar la vida de Meursault hasta el momento de su arresto.

Hay escenas que resaltan la profunda desesperación de esa vida, enfatizando cómo Meursault es un extraño (o forastero) en una tierra ocupada. Si bien esto no coincidía con la opinión de Camus, Ozon insinúa que la alienación de Meursault proviene de la opresión por estar en un país en estado de preguerra de independencia.

El último acto del filme cuenta la historia del joven durante su encarcelamiento, el juicio y las semanas previas a su ejecución, incluyendo una larga y exagerada conversación con un sacerdote (Swann Arlaud).

Al igual que en el libro, comprendemos que Meursault es condenado a muerte no solo por su acto, sino también por su incapacidad para mostrar emociones humanas normales, ya sea por el crimen cometido o por la reciente muerte de su madre.

Diálogos extensos en escenas de interiores, Ozon pierde algo de ritmo durante los últimos minutos, aunque los actores ayudan a mantener la intensidad. Voisin lleva el peso de todo el drama como un alma perdida cuya belleza física apenas oculta el vacío que siente en su interior.

Meursault es un nombre sobradamente conocido en centros de enseñanza de toda índole. En ese sentido, la mayor genialidad de la película reside en dar nombre al anónimo «árabe» al que Meursault asesina, forjando una identidad para alguien que siempre había permanecido en el anonimato.

El formidable antihéroe de Camus puede estar consumido por sus propios demonios, así como por los del colonialismo, pero Ozon sugiere que la memoria de su víctima argelina perdurará como presagio de lo que está por venir: una época en la que rebeldes como Meursault ya no existan, en un país que finalmente se libre de ellos.

 

EL EXTRANJERO (1967). Argelia 1935, Mersault, un modesto empleado que vive y trabaja en Argel, recibe la noticia de la muerte de su madre. Sin estar particularmente angustiado, va a velar el cuerpo y acompañarla al cementerio.

A su vuelta, prácticamente el mismo día, coincide con su amiga Marie, una bella mujer con la que inicia un idilio inesperado.

En el bloque de apartamentos donde Arthur vive, su vecino Raymond, un tipo despreciable, trata muy mal a la última de sus parejas, una mujer árabe a la que acaba echando del piso. La escandalosa disputa entre ambos hace que los vecinos los que llamen a la policía para poner orden.

Raymond, pasado el trámite con la justicia, le ofrece a Arthur el ser amistad y, por ende, le pide, en cierto modo, un respaldo a lo acontecido.

Raymond siente que el hermano de la mujer árabe lo vigila y para escapar un poco de todo ello decide partir con Arthur y Marie, este último invitado por su jefe, a una casa junto al mar. Allí se descubre que el acoso que sentía Raymond es cierto, pues el hermano y otro andan merodeando por allí.

En un paseo en solitario, Arthur se cruza con el árabe y, en un destello de luz, reacciona apuntando y disparando, hasta vaciar el arma, acabando así con la vida del joven.

Arthur es detenido y acusado del asesinato. Durante el juicio los testigos van pasando, y se pone de manifiesto la insensibilidad, la falta de sensibilidad y empatía, la frialdad y la indiferencia que Arthur tuvo desde la muerte de su madre. Los testigos declaran la falta de escrúpulos del acusado.

Acaba siendo condenado a muerte, pero el sigue estando totalmente impasible pues no se siente para nada culpable, ni ante el cura que mandan para que se arrepienta y sane su alma, pero el condenado no evoca sentimientos ni por su propia vida. Eso sí, siente que la vida vivida no ha sido más que una farsa comedida.

Luchino Visconti adapta la novela, protagonizada por Marcello Mastroianni y Anna Karina, con el interés amoroso del joven asesino. Se rodó con el estilo característico del maestro italiano, demasiado exuberante y épico para capturar la sensación de soledad y abandono, con su voz interior áspera que describe un mundo cruel y a veces hermoso.

Gran guion, un elenco excepcional con interpretaciones magistrales de Mastroniani, Anna Karina, Georges Wilson o Bernard Bilier. Es una de las películas muy conseguida en cuanto a recrear una atmósfera opresiva, a pesar de desarrollarse en gran parte en exteriores.

El calor es un personaje más que influye directamente en el ánimo y las reacciones de los personajes, sobre todo en la secuencia culminante del asesinato, y no nos abandona ni en el juicio ni en la cárcel, escenarios donde se va a explicitar el sinsentido de la existencia que se nos revela a raíz del acto criminal cometido.

Marcello Mastroianni ofrece una de sus mejores interpretaciones, encarnando a un asesino que, sin embargo, es un personaje honesto y sincero además de desganado, una persona que no encaja en las estrictas e hipócritas reglas sociales porque se atreve a decir lo que piensa. Su voz en off es todo el tiempo, realmente conmovedora.

El texto es extraordinario y Visconti rescata lo esencial, la apatía de Meursault que por momentos parece aturdido por lo que le ocurre y lo que lo rodea. Pero la primera mitad del filme no refleja de forma suficiente existencialismo de la obra.

Quiero, para terminar, aclarar que a Visconti no le interesaba Camus, sino el personaje de Meursault, un obrero modesto en Argel, un indiferente ante la vida, un auténtico indiferente, un apático. Visconti lo ve así: «No es un esquizofrénico ni un neurótico, sino todo lo contrario: es un hombre perfectamente normal que no acepta simplificar su vida y que no pide excusas a la sociedad que ha ofendido. En mi opinión, en toda la literatura contemporánea no hay ningún héroe más actual que éste».