Quizás la mayor expresión de la libertad sea poder decidir quién dirige nuestra vida, quién se encargará de administrar nuestros bienes y guiarnos en nuestro devenir diario. Y esto, que es una auténtica utopía, está dando paso a algo que cada día se aleja más de la libertad.
Lo que pensamos, sentimos o deseamos; cómo queremos vivir, en qué queremos trabajar o cuáles son nuestras prioridades, apenas tiene importancia. Nuestros deseos personales son sustituidos por algo que ahora llamamos “bienestar común”, lo cual no sería del todo un mal negocio si no fuera porque, al parecer, hoy en día el bien común no es más que el bienestar de unos pocos, cuyos esfuerzos se centran más en gobernarnos para perpetuarse que para progresar.
Los objetivos se han perdido, las injusticias son ficciones inventadas y nuestras necesidades son las que otros consideran oportuno que deban ser. Y cada día que pasa podemos ser un poco menos “yo” y más una pieza de un sistema que, con el tiempo, nos resulta cada vez más ridículo.
Quizás sea algo globalizado y no seamos los únicos, pero resulta paradójico que, para que seamos felices y gocemos de bienestar y libertad, tengamos que mantener a una legión de inútiles que disparan a tontas y a ciegas, dirigidos por otra legión de inútiles que se supone que son expertos y que, a su vez, tienen otros expertos que les indican cómo deben encauzar cada problema.
Cada cual llega con sus ideas, la mayoría de las veces inventos absurdos que solo pretenden dejar huella en la historia y que, normalmente, solo dejan huella en unos bolsillos cada día más esquilmados. Y, de todos ellos, los más peligrosos son quienes, además de todo eso, cobran y manipulan conciencias y mentes, tratando de imponernos una visión del bien y del mal totalmente ridícula.
Claro está, esto pasa porque la mayoría de ellos apenas sabe lo que es el Derecho Natural, esa rama del Derecho que, cuando estudiamos, nos parece ridícula, pero que finalmente es la base de todo. Porque lo que está bien, está bien; y lo que está mal, está mal. Luego, como en una rueda de colores, por necesidades del bien común, de la supervivencia o de los objetivos marcados, las ideas se van difuminando. Lo importante parece ser no llegar al caos, hasta el extremo de que se confunda lo que está bien con lo que está mal.
Como, por ejemplo, ocurre ahora, cuando ya se pretende que no nos preguntemos qué es mejor o peor: justificar el asesinato de una sindicalista o el de una monja. Evidentemente, ambas cosas están en el lado del mal, pero tratar de polarizarlo justificando una de las dos muertes nos conduce al caos.
Por eso, quizás lo mejor no sea revolver constantemente el pasado, sino preguntarnos dónde hemos llegado y, sobre todo, hacia dónde llegaremos.












