La invasión de las grandes superficies supuso un antes y un después en nuestro estilo de vida. Luego llegó la compra online y nuestra rutina consumista dio un nuevo giro y, sobre todo, una nueva vuelta de tuerca al mercado tradicional. Sin embargo, como todo en esta vida, las modas cambian y las opiniones, mucho más.
Así, el mercado de abastos, la plaza de toda la vida, se ve inmerso en un debate que no pasa desapercibido para nadie. Si nos fijamos en algunos comentarios, hay quienes han pasado, por puro interés protagonista, de considerar el mercado central un nido de ladrones y un espacio sucio, en nada comparable al Pryca de toda la vida, a convertirlo en una vergüenza política por el abandono que padece y, al mismo tiempo, elevar a sus moradores a la categoría de héroes del castizo costumbrismo. A pesar de ello, ni la mitad de sus críticos acuden allí, ni siquiera para darse una vuelta.
Sin embargo, el mercado sigue teniendo su público: el incondicional de más edad, con el que me cruzo todos los días porque vivo al lado, y también, cuando llegan los fines de semana o los periodos vacacionales, esos jóvenes que ya empiezan a tener obligaciones y que acuden buscando ese consumo cercano y personal, casi romántico.
En una sociedad marcada por la falta de tiempo, el estrés y las prisas, el consumo se convirtió en una necesidad sin emoción. Y, sin embargo, cada día valoramos más los olores de un mercado, ver sin envases lo que nos llevamos a casa y disfrutarlo todo aderezado con un desayuno sin prisas. Porque no hay nada mejor que tener tiempo para perderse en el relativo bullicio de una plaza y luego pararse en uno de los bares que la rodean para reponer fuerzas.
Pero al estilo del sur, porque aquí no somos mucho de beans ni de huevos, revueltos o escalfados. Esta es la tierra del Sherry Breakfast, para los que vienen de fuera y no saben si pedir un English Breakfast, un Continental, un Clásico o un Europeo. Y ese paseo matutino comprando en el mercado requiere de un desayuno completo, el mismo que uno se toma cuando viene de sacarse sangre.
La fórmula es sencilla. Se empieza con un café, en cualquiera de sus muchas modalidades, suficiente para acompañar una tostada de pan de pueblo —ya no quedan cortijos que hagan pan— enfoscada con una capa al gusto y terminación ibicenca, con manteca de cerdo en alguna de sus modalidades, con o sin zurrapa, y a ser posible de tonos rojizos anaranjados, con o sin asiento. Algunos la acompañan con una ración de churros, porque hay gente pato.
Y, para dejar el estómago perfecto, admitiéndose la ingesta de un zumo de naranja como opción, se remata —solo para mayores de edad— con una copita de amontillado o de ponche.
Tras el proceso, uno se vuelve a casa con sus mandados, no solo con fuerzas, sino también con ganas de seguir el día… y de volver a la Plaza de Abastos.











