Llegamos a un punto en el que todo empieza a dar un poco todo igual, un punto sin retorno que poco nos afectará a la mayor parte de la población, y que no es más que el ejemplo de lo que hace ya muchos años se fue fraguando.

Hay, aún, alumnos adelantados de esa nueva generación que encuentra mejor ejemplo en un futbolista que en un físico; que ven más interesante la vida de un rapero que suelte mierdas que la de un divo de la música; la generación que prefiere  las series enlatadas, que ve en un fin de semana, que aquellas en que esperaban una semana para ver que le pasaba a Kunta Kinte.

Hemos perdido la ilusión, la pasión por el esfuerzo o el hacernos merecedores de nada porque todo está al alcance de la mano. Somos lo que somos, la sociedad sin valores que miente cuando hace falta y que carece de paciencia.



Un todo vale, pero para todos, porque todos hacemos lo mismo. Eso nos lleva a ver que no hay nada extraño, zafio o traicionero, es simplemente lo que vivimos.

No sé a dónde nos conducirá, hacia dónde marcharemos, o si nos salvaremos o cambiaremos, pero la realidad, la pura realidad es que la sociedad ha cambiado, de valores de metas, de ilusiones y de forma de pensar, sentir y actuar, y eso, sencillamente, es lo que hay.

Los tiempos del lamento, de las vestiduras rasgadas o de las pataletas forman parte del espectáculo, pero este, es tan lamentable, que confío en que quienes vienen detrás vuelvan a darle el oportuno giro a esta sociedad.

Poco a poco, y desde cierta distancia, comienzo a confiar más en la gente joven que en la de mis generaciones. Veo, asombrado, que la gente que empieza a pensar tiene más valores, ilusiones y metas que nosotros. Poco a poco, muchos jóvenes llevan en sus ojos la ambición de mejorar, son conscientes de que ya no tienen contra que rebelarse, ni contra quien discutir, comienzan a ver como payasos a quienes admiraban sus padres, a ver como titiriteros aprovechados los que alzaban la bandera ideológica de esa generación.

Quizás lo que ocurre en España no sea más que el empujón que necesitaban esos jóvenes para darse cuenta en que no deben convertirse, para crear su nuevo código de valores, quizás, basado en el ganar dinero y triunfar, pero vedado como les está la mamadera de quienes aún tiene fuerza ven en su esfuerzo e inteligencia la única salida, porque hoy, para mi alegría, hay jóvenes terminado carreras que son capaces de poner en ridículo hasta al mismo presidente.