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“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

Umberto Eco escribió que vendría un día en que la guerra sería un tabú, una prohibición universalmente aceptada, un acontecimiento repudiado por la humanidad, el momento de una nueva era.

Este tiempo de Navidad es el momento ideal para que todos los seres de bien, que somos la gran mayoría, levantemos la voz para repudiar el drama de la guerra y proclamar el mensaje de Jesús de Nazaret, el niño Dios que vino a proclamar lo que luego tantas veces repitió: “Paz a vosotros”.

Volviendo a Eco: “El primer deber del ser humano es proclamar que la guerra anula toda iniciativa humana”. La ciudadanía sintiente que sufre y padece la beligerancia. Como afirmó Arthur Miller: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano” y “una masacre entre gentes que se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen y que no se masacran” (Paul Valéry).

No es difícil entender las palabras de Jean Paul Sarte: “cuando los ricos hacen la guerra, son los pobres los que mueren”. Por todo esto y por más, es preciso gritar airadamente con la fuerza interior de la paz: ¡No a la guerra!

En entregas anteriores ya hablamos sobre esta temática: Cine Antimilitarista o Películas Antibelicistas.

Este rotundo NO a la guerra lo ilustro con dos películas. Johnny cogió su fusil (1971), de D. Trumbo. Y una joya de I. Bergman: Vergüenza (1968).

JOHNNY COGIÓ SU FUSIL (1971). Un filme desasosegante, brutal, que te hará repugnar cualquier contienda bélica que hayas podido vivir o de la que hayas tenido noticia.

Estaba yo estudiando en la Universidad, cuando una noche decidí ir por mi cuenta a ver esta película, en un cine que, a pesar de ser enorme, estaba repleto de público.

Es sin duda la película de la que tengo un recuerdo de gran amargura, de enorme desazón, de angustia, incluso de temor personal. Porque, aunque no sea de miedo, da miedo lo que vemos en la pantalla.

Recuerdo como si fuese ayer, que al terminar, apenas se oía hablar a la mucha gente que asistió. A la salida había un silencio sepulcral; yo ídem, pues aparte de que fui sin compañía, salí reflexivo y queriendo llegar a mi casa cuanto antes.

La he vuelto a ver hace poco y continúo pensando, que hay pocas películas tan difíciles de digerir como esta. No diré entre las películas de guerra, sino en general: película espeluznante y no apta para espíritus impresionables.

El padre de esta cinta fue nada menos que Dalton Trumbo, un escritor, guionista, y director de cine nacido en Colorado (EE. UU.), en 1905. En su momento firmó como guionista éxitos sonados en Hollywood (Espartaco, Vacaciones en Roma o Papillon). Pero fue represaliado en la “caza de brujas” y considerado uno de los llamados “10 de Hollywood”. Estuvo en la cárcel y luego exiliado en México por sus ideas de izquierda.

Estamos en 1917, EE. UU. ha entrado en la I Guerra Mundial. Joe (Timothy Bottons) se alista voluntario para combatir en Europa, a pesar del gran disgusto de su novia. La explosión de un obús en una trinchera deja al joven soldado gravemente herido: sin brazos ni piernas, sin rostro, ciego y sordo. Los médicos militares concluyen que no puede sentir ni pensar nada.

Poco a poco, él se va dando cuenta de la situación en que se encuentra y su desgarrador desespero hace cómplice al espectador cuando se oye su voz en off.

En esta su única película como director, Trumbo construye un film escalofriante sobre este joven de nombre Johnny, un soldado convertido en gran mutilado, por decir algo, pues tanto en su novela, como en su propio guión y en el producto filmado, lo que vemos es la historia de Johnny reducido a un mero tronco sin extremidades, ni visión, ni oído, ni olfato, alimentado por vía nasogástrica, y cuya mente de cerebro mermado confunde sueños, ensoñaciones, recuerdos y la lamentable realidad en que se encuentra, de la que va tomando conciencia poco a poco.

Conmovedora y brutal, meritoria la dirección de Trumbo, pues a pesar de las críticas que se le pueden hacer a algunos aspectos formales, lo que vemos en el filme es un producto tan explosivo, que deviene película que te queda en la retina de por vida.

El guion del propio Trumbo es adaptación de su novela homónima. Libreto cargado de reivindicación, humanismo, antibelicismo y una apología de la eutanasia en casos tan extremos como el que vemos.

Del maltrecho soldado sólo se insinúa en la película su cuerpo mutilado tapado con una blanca sábana. Escenas que nos empujan hasta el borde del precipicio de la vida, que nos agota la mente, se nos exprimen los afectos ante la visión de ese simple trozo de tela blanca. No apta para corazones sensibles. Pero hete aquí que Johnny empieza a recordar sus conocimientos de código morse y se comunica con la enfermera y su entorno, golpeando con su nuca en la cama, al compás de este lenguaje.

Excelente música de Jerry Fielding y una espléndida fotografía en blanco y negro mayormente de Jules Brennen,  que muestra en presente del joven postrado en la cama de una lúgubre habitación.

Entre los actores, muy bueno con un magnífico Timothy Bottoms en su primera película, que fue elogiado por público y crítica como promesa de futuro (luego se dedicaría sobre todo a la TV). Marsha Hunt y Jason Robards, pero sobre todo éste último, están sensacionales en los roles de los padres de Johny.

Donald Sutherland, genial como Jesucristo. Kathy Fields muy bonita y bien como Kareen, la novia de Joe. Charles McGraw como padre de Kareen. Trumbo actúa como el orador Robert Col. Y destaco especialmente el papel dramático de Diane Varsi como la joven enfermera que se apiada del muchacho con todas sus ganas y todo su amor, deseándole incluso feliz Navidad por señas con su dedo sobre su piel, escribiendo letras.

Aquí la escena cuando descubren que habla morse y él pide que lo exhiban por las ferias de los pueblos.

El título de la novela y la película de Trumbo es producto, paradójicamente, de una canción de George M. Cohan, en defensa de la guerra. La canción Over there, de 1917, comienza con la frase «Johnny, get your gun» (“Johnny, coge tu fusil”), alentando a alistarse e ir deprisa a la batalla. Así, el título se puede interpretar como un cruel sarcasmo de Trumbo, que viene a querer decir: «Johnny cogió su fusil, fue a la guerra y volvió mutilado y jodido de por vida».

Pero también, por debajo de estas evidencias, en lo latente del filme hay toda una crítica al ideal americano que antepone como elementos radicales e incluso integristas ciertos valores como el Estado, la Libertad, la Religión, etc.; y es que todo se viene abajo como un castillo de naipes ante la figura de absoluta soledad y desamparo de un soldado joven aniquilado, física y moralmente, al que no le permiten su deseo de ser mostrado en las ferias, para denunciar la guerra y sus atrocidades.

Ni siquiera su deseo de acabar con su terrible existencia de hombre inerme sobre una camilla, apenas tronco. Trumbo critica la monstruosidad a la que nos pueden empujar nuestras ideas fanáticas en la guerra, siendo que es el Amor la principal víctima de este desatino.

Destaca el trabajo de Donald Sutherland y la luz cetrina en las escenas en blanco y negro. Película cargada de simbolismo en su lenguaje, y por una gran carga psicológica y múltiples elementos oníricos.

Esta no es una de tantas películas antibelicista, en ella hay un enfoque más profundo que utiliza dicha temática como un hilo conductor para entrelazarla de forma crítica con ciertos valores de la sociedad: la patria, la bandera, la religión o el estamento militar.

No he visto obra filmada semejante en su crudeza y en su mensaje. No diré que la disfrutéis, pues no es para eso. A esta película se va a sufrir, sí, lo advierto. Nada tiene de entretenimiento. Por lo tanto, más que deleitaros, aprovechad su duro mensaje, sobre todo cuando estéis en esa colosal y vibrante escena en la que Johnny logra comunicarse por Morse.

 

LA VERGÜENZA (1968). En el tiempo en que se estrenó esta obra, cuando la guerra de Vietnam estaba en su apogeo. Ingmar Bergman dirige con sabiduría y furia este relato sombrío en contra de toda guerra, argumentando que poco importa en qué bando se está.

Jan y Eva Rosenberg huyen de una guerra fratricida. Son dos músicos y se han marchado a una isla apartada, llevando una vida plácida y sencilla con su música.

Eva Rosenberg (Ullmann) está preocupada por el peligro que corren sus vidas y su deseo de tener hijos. Su marido, Jan (von Sydow), cree erróneamente que la guerra pasará de largo.

Pero un día llegan unos soldados, con ellos la brutalidad y la violencia. Todo cambia para la pareja. Son arrestados por colaboracionistas. Al frente de la unidad militar de la isla está un antiguo amigo los músicos. Pero la guerra sigue su curso: incendios de napalm, ejecuciones, redadas y torturas.

Está ambientada en un entorno decididamente neutro que puede ser igual una granja en Suecia, un campo de batalla alemán o un paisaje de Goya con presagios de desastre.

Reparto de lujo donde destacan una Liv Ullman preciosa y expresiva y un magnífico Max von Sydow joven en el rol de un hombre cobarde y pusilánime: una pareja torturada.

En la historia se pinta el retrato de una pareja sacada de su confort y forzada a afrontar una realidad nueva y siniestra. Sumidos en la desesperación, probándose ambos para descubrir quiénes son y qué sienten realmente. La forma en que la pareja se ve obligada a mirarse es darse cuenta de que el único sentimiento honesto que tienen sobre su relación es la vergüenza.

Los dolorosos pasajes finales, interrumpidos por tomas de un cielo gris y nubloso, se encuentran entre los más desolados en la filmografía de Bergman.

Cinta antibelicista y carente de una ideología precisa. Sólo contra la guerra, estaría muy bien que se repusiera, con tanta amenaza de guerra nuclear y miedo flotando en el aire.