A decir verdad, la ciudad me parecía igual de hermosa que cuando la dejé, cierto que había cosas por hacer, como en todas las ciudades, y cosas que se estropeaban y que no se arreglaban.

Aun así, no observé los cambios hasta que mi amigo llegó. Desde mi mesa, tomaba el café de la mañana, tranquilo, sin sobresaltos, hasta que, descubierto por mi amigo Pepe Falo, que lucía su chaleco de Scalpers a juego con la camisa, él mismo se incorporó a mi mesa dispuesto a su tertulia monotemática.

Lo primero que me advirtió fue que ni me imaginaba lo dejada que estaba la ciudad con los de extrema derecha en el poder, lo cual me sorprendió, ya que pensé que para él esos eran los de Vox, corrigiéndome para advertirme que cualquier persona que no fuera de izquierdas era un facha.



Tras eso me relató un sinfín de calamidades, las cuales, como era de esperar eran las mismas que se veían el año pasado, algunas de ellas, incluso eran de antes de la pandemia. Como es normal, la dejadez de los niñatos que habían usurpado el ayuntamiento, estaba llevando a la ciudad a la ruina. Calles sin luces, mierda en los bordillos, barandillas caídas, calles sin luces, luces sin calles… vamos, una nefasta, negligente y casi delictiva gestión de la ciudad.

Ante su asombro, le comenté que la ciudad me parecía igual de hermosa que siempre, con sus problemas y sus cosas, pero al fin y al cabo bonita. En su percepción de la gestión política decidí no entrar, ente otras cosas por ser aún un vecino advenedizo. Aun así decidí mojarme, y le comenté que me sorprendió la barandilla de mi querido paseo hacia La Puntilla. Su respuesta fue fulminante, era natural que hicieran obras, para poder embolsarse el dinero de las contratas y así seguir robando a manos llenas.

En definitiva, su conclusión o más bien la mía, fue que si no hacían nada eran unos ineptos y si hacían algo eran unos delincuentes que se llevaban el dinero.

El café se me enfrió mientras su lógica seguía bombardeándome con insultos e improperios, amaños de elecciones, y acciones a las que la ciudadanía debía acudir por el bien de la democracia, pues si no gobernaba los de su agrado, no podía ser democracia. Aún no sabía por qué, pero los disparates de mi amigo comenzaban a parecerme interesantes, como si una realidad distópica se tratase.

Sobre el autor: Paolo Vertemati representa a un personaje ficticio, un extranjero que ha venido a El Puerto de Santa María, y a través de sus capítulos narra a modo novelesco sus sensaciones y experiencias con las tradiciones y la propia idiosincrasia del lugar, con historias entre reales e imaginarias. [Lee aquí los anteriores capítulos]