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“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

La espiritualidad y la experiencia religiosa implican una vivencia de lo sublime. Lo cual no siempre se puede verbalizar, pues “las limitaciones del lenguaje, son los límites del mundo”, como advirtió Wittgenstein; el cual filósofo austríaco afirmó también: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”.

La espiritualidad, en su dimensión humana y psicológica, no se expresa bien con palabras. Más bien se experimenta en momentos de silencio y paz interior. Sentimientos sublimes que la Psicología Humanista con autores como Abraham Maslow denomina «experiencias cumbre». Instantes de profundo amor y entendimiento, durante los cuales la persona se siente plena. Momentos en los que descubrimos una esfera culminante y tranquilizadora que nos trasciende.

Antropológicamente es conocido que desde el inicio de los tiempos hay una disposición en los hombres a vivenciar y desarrollar las cosas del espíritu y de lo “superior”. Según mi reconocido amigo y gran profesor que fue José Lorenzo, hay vivencias denominadas «cúspide», que «todos poseemos pero que no todos conocen, y que son tan naturales y universales como pensar o hablar; son la llave del reino transcendente y el secreto de cómo llegar a la prueba de la realidad de Dios y de la supervivencia eterna de la mente».

Un tiempo para la espiritualidad

Toda civilización y religión o civilización tiene por costumbre dedicar algún tiempo del año a ejercitar la vida espiritual y transpersonal. Son ejemplos de ello el Diwali o Deepawali, la entrada del nuevo año hindú, fiesta religiosa en India y Nepal que celebra la victoria del bien sobre el mal. El Rosh Hashaná o año nuevo judío, que llama a la meditación y el arrepentimiento. El Ramadán islámico, mes de ayuno y oración para los musulmanes. Y entre los cristianos católicos la Cuaresma, tiempo de conversión y preparación para la Pascua de Resurrección.

A propósito de nuestra Cuaresma, el año pasado, con motivo del confinamiento por C19, publiqué una entrega titulada Jesucristo en el cine, por si alguien tuviera ganas de repasarla y ver imágenes filmadas de Cristo, ya que no hay pasos procesionales.

En esta Semana Santa que viene quiero dejar un reflejo cinematográfico sobre lo espiritual y lo trascendente en el marco del cristianismo. Ejemplos filmados con historias de fe y dedicación. Estas películas que hoy comento son, Silencio (2016), una gran película de Scorsese que narra las duras experiencias de los misioneros jesuitas en el Japón del siglo XVII. El gran silencio (2006), un impresionante documental sobre la vida contemplativa y de oración de los monjes cartujos.

SILENCIO (SILENCE) (2016). Scorsese es ya un clásico de la cinematografía universal, un director para los más exigentes. A lo cual se une su gran sensibilidad hacia los temas espirituales y el sentimiento religioso. Él mismo ha declarado haber tenido vocación para el sacerdocio.

Se desarrolla la película en el Japón del siglo XVII, cuando en esa zona de Asia se cerraron las puertas a toda influencia social o religiosa proveniente de occidente. Ocurrió por la presión de los señores feudales que dominaban la región.

Dos jesuitas portugueses son enviados a Japón, el padre Sebastiao Rodrigues (Gardfield) y el padre Francisco Garupe (Driver), pues había llegado a Roma la noticia de que su mentor el padre Cristóvão Ferreira (Neeson), tras ser torturado, había renegado de su fe. Esta noticia creó gran desazón en la Iglesia y en la Orden jesuítica, pues era un grave escándalo la apostasía de un sacerdote.

El film es una adaptación de la magnífica novela de ficción histórica del escritor Shiseku Endo, “Chinmoku” (1966) (“Silencio”). La novela reconstruye el camino de los mencionados jesuitas desde el tormento a la apostasía.

Película evangélica muy bella e inequívocamente piadosa. Una sutil y profunda reflexión sobre temas fundamentales de la fe cristiana y la vocación sacerdotal. La vocación como llamada que el hombre recibe de parte de un Dios en quien cree firmemente.

Fantástica música de Kim Allen Kluge y Kathryn Kluge, que envuelve la tragedia del film. La fotografía de Rodrigo Prieto es imponente, recreando paisajes y lugares selváticos a la vez que siniestros.

Un reparto con un Andrew Garfield que da lo mejor en el papel de padre Rodrigues. Adam Driver con escenas sobrecogedoras del padre Garupe. La figura central del padre Ferreira magistralmente interpretada por un carismático Liam Neeson. Shin´ya Tsukamoto como personaje perverso a la hora de infligir sufrimiento. Issei Ogata, brillante como inquisidor nipón.

Película que habla de la fe en Jesucristo-Dios. La palabra de Jesús que seduce a unos jesuitas con una vocación sin límite, un seguimiento radical a Cristo. Scorsese deja claro que es una fe que carece de lógica; más bien es una llamada que empuja a la entrega. La fe como don inquebrantable. Por esto la apostasía es considerada una falta incomprensible, tanto para los predicadores del film como para los fieles que les siguen.

El contexto es una sociedad regida por un feudalismo atroz como la japonesa del siglo XVII, donde el cristianismo llevaba un mensaje rompedor, humanista e igualitario, que no convenía a los tiranos.

Película, dura, llena de intriga y episodios conmovedores, que subraya el valor de la fe frente a los caciques y el poder budista. Con hombres fortalecidos por su fe, capaces de afrontar el martirio, que viven la desesperación, no del suplicio físico, sino del silencio de Dios. No en vano la novela y el film se titulan Silencio, un Dios silente para solucionar asuntos arduos y terminantes, un mutismo trágico, unamuniano, un silencio turbador.

Más extenso en revista Encadenados.

EL GRAN SILENCIO (2005). “¡Oh Señor! tú me sedujiste y fui seducido”. Esto proclama este documental conmovedor.

En 1984 el director alemán Phillip Gröning solicitó la venia a la Orden de los Cartujos, para poder hacer una película dentro de uno de sus monasterios. La respuesta afirmativa tardó dieciséis años en llegar: Y por fin llegó la hora. No contó el tiempo social, el tiempo extramuros, sino el intramuros. Pasaron veintiún años desde el inicio de las gestiones hasta el estreno de esta joya del cine documental religioso. Por primera vez un film muestra la cotidianeidad dentro de un monasterio, concretamente el “Grande Chartreuse”, monasterio en los Alpes franceses, de la legendaria Orden de los Cartujos.

Luego vinieron los reconocimientos y los premios. Fue presentado el film en el Festival de Venecia y premiada en el Festival de Sundance (Gran Premio del Jurado) y en los Premios del Cine Alemán (Mejor Documental). Gran éxito en Europa de público y crítica.

Es una cinta austera próxima a la meditación, a la oración y al silencio en estado puro. No hay banda sonora; sólo suenan las campanas, las pisadas y los cantos de los monjes.

No hay entrevistas ni comentarios: se ve y cada cual saca sus conclusiones. Ciento sesenta y cinco minutos de beatífico mutismo. Un remanso de paz sin ruido, prisa, ni bullicio: el silencio se acaricia, se escucha.

Un cine insólito de una hermosura sin par que reclama la imperturbabilidad, la serenidad y la armonía. Un gran hueco que nos conduce a la dimensión del mundo dentro de los muros de Dios. Sobrecogedor, impresionante y místico aún en la mundanidad, esos monjes que cocinan, cultivan el huerto, hacen de peluqueros, de sastres con sus humildes hábitos o caminan por los pasillos. Imágenes que estremecen el alma, porque sus obras sólo cobran un sentido desde la trascendencia.

Desde un Sentido Transpersonal del Yo más allá de la mera “identidad existencial y humana”, una visión religiosa evidente, que diría el psicoanalista Erik Erikson (1902-1994). O como dijo otro gran psicoanalista, Heinz Kohut (1913-1981): desde un sentido de “narcisismo cósmico”, en un proceso de expansión del ser hacia una identidad universal, infinita, más que como una mortal e individualista.

La posibilidad de realizar el valor supremo, la ocasión de cumplir el más profundo de los sentidos, el de trascender. Una película sin movimientos de cámara, ni efectos especiales, ni música, meras imágenes cotidianas (fotografía excelente) que impresionan. Dos horas dentro de un monasterio mirando, a la vez que a la pantalla, a tu interior. Y al final, en unas tomas que apenas duran unos pocos minutos, un sencillo monje anciano ciego habla brevemente. Lo hace antes de su inminente encuentro con el Padre y dando gracias por la ceguera con que Dios le ha obsequiado para el bien de su alma. Palabras memorables. El monje habla y contesta a la pregunta de si teme morir:

“No, ¿por qué tener miedo a la muerte? Es el destino de todos los humanos. Cuanto más se aproxima uno a Dios, más feliz se es. Es el fin de nuestras vidas. Cuanto más se apresura alguien para encontrar a Dios…

No hay que temer a la muerte, al contrario. Para nosotros es una gran alegría encontrarnos al Padre de nuevo. El pasado, el presente, son humanos. En Dios no hay pasado, sólo el presente prevalece. Y cuando Dios nos ve, Él ve nuestra vida entera. Él es un Ser de infinita bondad. Eternamente procura nuestro bienestar. Así que no hay que preocuparse con qué sucederá con nosotros.

Con frecuencia agradezco a Dios que me haya dejado ser ciego. Tengo la certeza de que dejó que esto sucediera para el bien de mi alma.

Es una pena que el mundo tenga perdido todo sentido de Dio, pues sin él no se tiene razón para vivir. Cuando se elimina el pensamiento de Dios, ¿para qué continuar viviendo en esta tierra?

Se debe partir del principio de que Dios es infinitamente bueno y que todas sus acciones son de nuestro interés.

Por causa de esto, un cristiano debe estar siempre contento, nunca descontento. Porque todo lo que acontece es voluntad de Dios, para el bien de nuestra alma.

Bien, esto es lo más importante. Dios es infinitamente bueno, todo-poderoso, y nos ayuda. Esto es todo lo que cada uno debe pensar, y así cada uno será feliz”.

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