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“Nuestra harina El Vaporcito siempre apoya la cultura, el deporte y el arte”.

Conviene recordar que en la historia de nuestro cine ha habido pocas producciones de cine bélico del bueno. Incluso, quitando las regularmente malas y maniqueas películas de nuestra guerra civil de 1936 (Ver 80º Aniversario, pocas han sido las películas de guerra en la industria española, por comparación con otras como la francesa, la alemana o los estudios de Hollywood (aunque últimamente ha habido alguna cinta meritoria como Mientras dure la guerra (2019).

Escasas y mediocres películas han descrito las contiendas donde han participado nuestras tropas. El clima político tampoco ha estado predispuesto para realizar exaltaciones sobre los militares españoles y sobre el oficio de las armas en nuestro país. Pensar que un militar puede matar o morir roza la incorrección política. Es más, cuando se han enviado tropas españolas a los lugares más lejanos, se ha alegado que era para repartir bocadillos, interponerse entre las partes o ejercer funciones de ONG, casi de «soldados sin fronteras».

Se puede afirmar y con razón que en España, gracias al cine, se conoce más al ejército norteamericano que al nuestro propio. Pero además, hablar de la milicia hispana se considera una temática desatinada, en tanto la yanqui está bien vista.

Y es curioso porque en la contemporaneidad, nuestro país se ha visto envuelto en guerras como las de Cuba, Filipinas, África (Annual, etc.); la de los veinticinco mil voluntarios españoles que entre 1941 y 1943 combatieron junto a Alemania y contra la URSS en el frente oriental de la denominada División Azul; el conflicto de Ifni (1957-1958) frente Marruecos; la guerra del Sahara (1970-1975) contra el Frente Polisario saharaui; los médicos españoles que marcharon a Vietnam. Amén de la aportación de nuestro ejército en guerras como las de Bosnia-Herzegovina, Kosovo y los Balcanes en general, Irak o Afganistán. Prácticamente poca parte de este historial ha sido llevado al cine con mínimos de calidad.

Sólo recientemente, se han realizado algunas películas de guerra buenas. Para ilustrar esto que cuento comentaré tres de estas obras que por orden son: Zona hostil (2017) del director Adolfo Martínez Pérez. 1898. Los últimos de Filipinas (2016), de Salvador Calvo, un film bueno y sólido sobre la Guerra de Filipinas. Y de Daniel Calparsoro, Guerreros (2002).

ZONA HOSTIL (2017). Película que puede considerarse un hito en el cine bélico español, es la Ópera Prima del español venido de Norteamérica, Adolfo Marínez Pérez. Una aventura de guerra basada en hechos reales, protagonizada por actores y actrices españoles, con una sólida y sorprendente base técnica y gran pericia narrativa.

La cinta no pretende ofrecer segundas lecturas ni análisis ideológicos sobre el conflicto en ciernes, y contó con el apoyo del Ministerio de Defensa y de las Fuerzas Armadas Españolas. Los portavoces del Ministerio subrayaron que la intención de la película fue «lograr que la gente se ponga en la piel de los soldados y que descubra su lado humano».

Está inspirada en un hecho verídico en el que estuvieron implicados varios soldados de nuestro ejército durante una misión al norte de Bala Murghab (Afganistán) en agosto de 2012. Al paso de un convoy americano escoltado por la Legión Española estalla una mina, dejando dos heridos americanos. El teniente Conte (Raúl Mérida) y un militar de escasa experiencia quedaron al mando de la dotación que protegerá a los heridos hasta que sean evacuados.

Acude en su rescate un Medevac o helicóptero medicalizado de las Fuerzas Armadas españolas, donde vuela la capitana médica Varela (Ariadna Gil). Pero durante el aterrizaje el terreno cede y el helicóptero vuelca quedando inutilizado, lo que hará que tanto los rescatadores como los legionarios se vean de súbito perdidos y atrapados en medio medio de la nada.

Martínez sabe tomar las riendas del film y dotarlo de una impresionante solidez y tensión, resultando un producto que, salvando nuestra idiosincrasia hispana, nada tiene que envidiar a cintas bélicas provenientes de Hollywood. Un film de gran factura que luce en las escenas de riesgo como pocas películas españolas.

Tiene un gran guion de Luis Arranz y Andrés M. Koppel, que apuesta por una especie de fusión entre el hombre y el entorno, haciendo valer el compañerismo, que prevalece en la unión de hombres y mujeres legionarios que entonan su credo valiente, en que: «lo más horrible es vivir siendo un cobarde». Se centra en la esencia humana de un grupo de soldados que trata de sobrevivir a una maniobra militar suicida.

El reparto está lleno de actores y actrices españoles de primera fila donde destacan Ariadna Gil, en un excelente trabajo como capitán médico del operativo. Roberto Álamo, muy metido en su rol de duro capitán. Raúl Mérida pasa el corte como el inexperto, pero valiente, teniente. Buen hacer de un reparto solvente y creíble.

Esta película es casi un documental sobre nuestra participación en la guerra de Afganistán, lugar donde tuvimos que estar por intereses políticos. La película cuenta qué hacían, cómo y quiénes eran esos soldados españoles que se «batían el cobre» en misiones internacionales tan arriesgadas.

Excelente film de guerra que es una “rara avis” para el cine español, que en estos últimos tiempos ha ido de la comedia al thriller sin paradas por medio. Además, este film no encaja en una sociedad y en unas productoras que, por su pretensión de corrección política, han querido aparecer antimilitaristas, poco dados a investigar hechos y muy proclives a opinar por derecho, sin conocer los acontecimientos ni querer hacerlo.

Más extenso en la revista de cine Encadenados.

 

1898. LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS (2016). El 1 de mayo de 1898 la fuerza naval estadounidense infligió una vergonzosa derrota a la armada y las tropas españolas que fueron aniquiladas. La película se desarrolla en este contexto histórico, cuando España daba sus últimos coletazos coloniales en ultramar. Un destacamento español desembarca en aquellas costas orientales y se dirige al pueblo de Baler, en la isla filipina de Luzón. Cuando llega la nueva tropa, deciden atrincherarse en la iglesia y allí resisten durante 337 días el asedio, la artillería enemiga, el hambre y la enfermedad, en un lamentable estado, mezcla de disciplina militar y desesperación. Ya en diciembre de 1898, se había puesto fin a la guerra entre ambos países y España cedía la soberanía sobre Filipinas a Estados Unidos. Pero la noticia no había llegado al fortín, el cual defendieron heroicamente. Los pocos supervivientes que quedaron fueron conocidos como «los últimos de Filipinas».

Salvador Calvo, uno de los realizadores españoles significados del momento, crea una obra asfixiante, muy angustiosa en la que un puñado de hombres resisten de una forma inhumana, al borde del colapso, hambrientos y enfermos. Calvo retrata esta epopeya del último bastión militar español en Luzón, un episodio histórico conocido como «el sitio de Baler».

El guión de Alejandro Hernández es un libreto muy elaborado, complejo, con escenas y diálogos inquietantes que sabe trasladar al su texto la verdad de aquella España pobre y depauperada por una crisis sin precedentes en nuestra Historia. Y Hernández lo hace, no recurriendo a elevadas odiseas de otros films sobre el tema, sino ciñéndose al drama de un pobre puñado de soldados aislados en la nada, que aguantaron calamidades, manu militari, a mayor gloria de un Imperio que era ya solo humo.

En el reparto están en plenitud un Luis Tosar que a mí me ha parecido en su mejor papel hasta ese momento, teniente al mando, ciego por una empresa vana. Impecable Javier Gutiérrez como sargento de hierro. Karra Elejalde imponente como el sacerdote-fraile escarchado en opio. Magnífico Eduard Fernández como capitán pusilánime. Muy bien Carlos Hipólito, el doctor de campaña. Y acompañando unos actores jóvenes que están muy bien y realizando trabajos meritorios: Emilio Palacios, Álvaro Cervantes o la sensual Alexandra Masangkay, la bonita actriz barcelonesa de origen filipino que se hace notar, sobre todo cuando canta “Yo te diré”.

Esta película me trajo a la memoria nuestra llamada generación del ´98, que expresó con diferentes nombres la ineficaz y decadente España durante aquella crisis moral, política y social del momento. Abundaron calificativos como la «abulia» que Ángel Ganivet diagnosticó; el «marasmo» que angustió a Unamuno; la «depresión enorme de la vida» que Azorín advirtiera, quien también escribe: «De nuestro amor a España responden nuestros libros»; Baroja y Maeztu y el concepto de «regeneración»; la visión de una España «vieja y tahúr, zaragatera y triste» que asqueó a Antonio Machado, quien en su poema «Por tierras de España» escribe, a propósito de la pobreza física y cultural, y la ignorancia de su gente: «Abunda el hombre malo […]/ capaz de insanos vicios y crímenes bestiales».

Película muy interesante que concentra gran parte de su logro en desentrañar el alma de una nación escurriéndose por el desagüe: el militar íntegro, el oficial pragmático, el soldado soñador, el suboficial desquiciado y odioso, el oficial médico barojiano, que debate consigo mismo, el cura que arroja la cruz con tanta fuerza y devoción como la recoge luego. El fin del imperio y la alegoría de la iglesia que sirve de trinchera, como último refugio y valor a defender.

Más extenso en la revista de cine Encadenados.

 

GUERREROS (2002). En 1999 tras un bombardeo de la OTAN, las fuerzas de la KFOR desempeñan tareas humanitarias y procuran mantener la neutralidad entre los albano-kosovares y los serbios. En este contexto, un pelotón de ingenieros del Ejército Español se ve envuelto en la violencia desencadenada por ambos bandos.

Gran dirección de Daniel Calparsoro, con un excelente guion bien organizado del propio Calparsoro junto a Juan Cavestany, que vertebra la cinta. Aceptable la lóbrega fotografía de Josep M. Civit, acorde al relato. Buena puesta en escena, buena ambientación y efectos especiales, que fueron nominados a los Premios Goya en 2002.

El reparto con magníficas interpretaciones de Eloy Azorín, Edurado Noriega (con la mirada perdida mientras los soldados a los que debe guiar son consumidos por el miedo y la confusión), Ruben Ochandiano y otros.

Película de un mando que no está a la altura para serlo, soldados que son sólo son muchachos con uniforme perdidos en un inesperado territorio enemigo, un lugar donde la confusión centuplica el miedo. Y los soldados españoles que pasan de ser fuerzas internacionales pacificadoras, a ser simples supervivientes que se ven obligados a matar para preservar sus vidas.

Daniel Calparsoro tomó a un grupo de actores españoles, los vistió de militares del ejército español y retrató con acidez y angustia el choque entre la propaganda blando-militarista (el ejército como ONG) y la realidad bélica (el puro espanto del fuego y la furia).

No es ficción, es la guerra: el punto terminante y fatal. Esta película es la beligerancia cruda de un cenagal sin héroes, imágenes muy impactantes y fuertes con personajes humanos que, lejos de la heroicidad, transmiten incertidumbre y miedo.

Calparsoro merece una felicitación, no es un director que venga a hacer tópicos o hablar de lugares comunes; es un hombre culto al que le interesa el mundo. Da caña a diestro y siniestro, por igual a serbios y a albanokosovares, y a los nuestros no los santifica, pero tampoco los humilla ni menosprecia como es costumbre entre muchos de nuestros “cultos” y “puros” intelectuales para quienes hablar de guerras les parece odioso. Pero al final, la guerra existe y el cine debe hablar de eso como realidad fehaciente.

Como dice Fernández Santos: Un puñetazo entre ojo y ojo […] Calparsoro filma con guión solvente una construcción precisa, viva […] saca cine, buen cine. Sin embargo, a pesar de ser un ejemplo fresco e interesante de nuestro cine actual, ha sido lamentable e injustamente olvidada por distribuidores y público.

Más extenso en la revista de cine Encadenados.

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