La enorme sombra me acompañó durante un trecho, apenas podía alzar la vista, cegada por el Sol, y aun así, sentí su compañía cuando abandoné las últimas columnas que dieron refugio a galeotes.
El ladrillar quedo atrás, y enfilé una calle amplia, a las afueras, la vena que unía la tradición, Iglesia y Toros, España, al fin y al cabo.
Me di cuenta de que las ciudades se unen por venas invisibles que conducen a sitios que ahora desconocemos. Venas, ríos que fueron importantes, y viendo mi frontal, la Plaza de Toros miraba con sus enormes ojos el reloj de la Iglesia. Las campanas, como pupilas dilatadas, miraban las banderas que ondeaban sobre el coso, y así, como dos enamorados, la Plaza Real y la Plaza De España, se miraban, se unían, y dormitaban en las noches solitarias.
Mi paso de hizo lento, y mi sombra me seguía y me adelantaba, llegaba al ruedo y volvía, como si quisiera unir con finos hilos con su vuelo las dos tradiciones.
Mis pasos llegaban al Coso, la iglesia quedaba a atrás, lo canalla y lo sagrado, el castigo y el perdón, tradiciones en Lucía, que atraviesa el corazón. Resumen de nuestra vida, que convive amando el luto, el negro, y hasta el honor, que duerme como los niños, con ángeles del Señor.
Mi vista miró a lo lejano, a lo sagrado, y a mi espalda, el mito mas profano, el Minotauro. Curiosa mezcla indivisible, mezcladas en el corazón, unidas por una calle, mirándose constantemente. Y es que El Puerto, miremos donde miremos, encierra misterios, bellezas ocultas, trazados indefinidos y con sentidos mágicos incomprensibles.
Cuánto misterio, la vista, la patrona de la vista nos dice que miremos, protege lo que debemos ver, y sus ojos se posan en el Tauro y en el Cristo, bases de ese particular puerto, Puerto de Santa María, donde hasta las calles dan sentido a los monumentos que se unen.











