Tras las intensas lluvias llegó el clima que me atraía de esta tierra. La humedad que acumulaban los muros se fue despejando, y subir hasta la azotea era algo agradable, sobre todo a las doce del medio día. [Lee aquí los capítulos anteriores]
Mi bolsillo vibró en silencio, y atendí la llamada, el anuncio de que mi empadronamiento ya estaba tramitado sin problema me alegró el día, sobre todo porque pensé que los trámites serían mucho más lentos y tediosos. Al menos, oficialmente, y aun sin serlo de nacimiento, podía considerarme un portuense más.
Cuando se lo comenté a mi compañero me informó que no era portuense, sino porteño, algo que me extrañó sumamente. Siempre pensé que el gentilicio de los habitantes de El Puerto de Santa María eran portuenses, a lo que me contestó que no era Puerto de Santa María, sino El Puerto, de Santa María.
Me quedé un poco pensativo. Se me vino a la cabeza solo Buenos Aires, cuyo verdadero nombre era Puerto de Buenos Aires, y a los que se les conocía también como porteños.
Todo aquello, aun siendo lógico y sencillo de entender me parecía en parte complicado. Tenía sentido, El Puerto, y de Santa María, sería por lo de Alfonso X el Sabio, un nombre inalterable incluso en los tiempos de la República. Seguramente más de uno diría que Santa María no se refería a la Madre de Dios, sino a la Carabela de Colón, cuyo nombre tampoco tenía nada que ver con algo religioso.
Tras aquella conversación, miré la ciudad con otra perspectiva, tratando de ver ese río como un Puerto Comercial, al resguardo de vientos, si su nombre lo decía no podía ser un río cualquiera, sino que sería más parecido al Tíber que al Po.
A estas alturas, con los kilómetros de playa, y el río, la ciudad en el pasado debió de ser una joya estratégica, atrincherada en el río, y con sus playas protegidas por la entrada de la Bahía, debió prosperar como ninguna otra. Su río, además, debió ofrecer abrigo a buques militares y de comercio.
Mi amigo me explicó que al final Sevilla, y su cabecera en Sanlúcar terminaron por llevarse el comercio. Me propuse investigar más sobre aquello, sobre su importancia en el descubrimiento y su papel en el comercio de aquellos tiempos.
Aparte del estudio, comencé a fijarme en las hornacinas que adornaban algunas fachadas, vacías algunas, y recuperadas otras; me fijé en pequeñas cruces en algunas calles, y en sus conventos e iglesias. Me fijé que verdaderamente era una ciudad muy vinculada a la Virgen, y al mar.











